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Compañía

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(fragmento de la novela)
¡Qué visiones en la obscuridad
de la luz! ¿Quién exclama así? ¿Quién pregunta quién es quien exclama:
«¡Qué visiones en la obscuridad sin sombra de la luz y la sombra!»?
¿Otro más aún? Imaginándolo todo para hacerse compañía. ¡Qué aportación
a la compañía sería! Otro más aún imaginándolo todo para hacerse
compañía. Déjalo rápido. Para acabar a toda costa
y como fuera, cuando ya no podías salir, te sentabas acurrucado en la
obscuridad. Tras haber hecho desde los primeros pasos unas veinticinco
mil leguas o tres veces, más o menos, el recorrido. Sin sobrepasar ni
una vez un radio de una de tu hogar. ¡Tu hogar! Así se encontraba
sentado, esperando a quedar purificado, el fabricante de laúdes que
arrancó a Dante su primer cuarto de sonrisa y ahora tal vez cantando
alabanzas esté por fin con alguna sección de los bienaventurados. Al
cual, en todo caso, decimos adiós aquí. El lugar carece de ventana.
Cuando, como haces a veces para evacuar el fluido, abres los ojos, la
obscuridad disminuye. Así, pues, tú, ahora boca arriba en la obscuridad,
antes te sentaste acurrucado ahí, tras haberte tu cuerpo demostrado que
no podía salir más. A caminar por los serpenteantes senderos vecinales y
pastos interyacentes, tan pronto llenos de rebaños y tan pronto
desiertos. Durante muchos años con la sombra, a tu lado, de tu padre en
sus viejos harapos de vagabundo y después durante años solo. Añadiendo
paso a paso a la suma, siempre en aumento, de los ya dados. Deteniéndote
de vez en cuando con la cabeza gacha para grabar en la memoria el total.
Después en marcha de nuevo a partir de cero. Así acurrucado, te
descubres imaginando que no estás solo, aun sabiendo de sobra que nada
ha ocurrido que lo haga posible. No obstante, el proceso continúa
envuelto, por así decir, en su absurdo. No murmuras palabra por palabra:
«Sabía que estaba condenado al fracaso y, aun así, persisto.» No, porque
la primera persona del singular y, a fortiori, la del plural nunca han
figurado en tu vocabulario. Pero, sin decir palabra, te ves a ti mismo
en ese sentido, como verías a un extraño que padeciera la enfermedad de
Hodgkin, pongamos por caso, o, si prefieres, la de Percival Pott,
sorprendido en plena oración. De vez en cuando, con gracia inesperada,
te tumbas. Simultáneamente las diferentes partes se ponen en marcha. Los
brazos sueltan las rodillas. La cabeza se alza. Las piernas se estiran.
El tronco se echa hacia atrás. Y, junto con otros innumerables,
continúan a su modo respectivo hasta que no pueden seguir y se
inmovilizan a un tiempo. Boca arriba ahora, reanudas tu cuento en el
momento en que lo interrumpió el acto de tumbarte. Y prosigues hasta que
la operación opuesta lo vuelve a interrumpir. Conque en la obscuridad,
ora acurrucado ora tumbado boca arriba, te esfuerzas en vano. Y así como
el paso de la primera posición a la segunda te resulta cada vez más
fácil con el tiempo y te sientes más dispuesto a darlo, así sucede lo
contrario con el paso de la segunda posición a la primera. Hasta que la
posición boca arriba, de alivio ocasional que era, pasa a ser habitual
y, al final, se convierte en la regla. Tú, ahora boca arriba en la
obscuridad, no volverás a erguirte para rodear las rodillas con los
brazos y bajar la cabeza hasta más no poder. Sino que, con la cabeza
vuelta hacia arriba para siempre, te esforzarás en vano con tu cuento.
Hasta que al final oigas, las palabras tocar a su fin. Cada fútil
palabra un poco más cerca de la última. y con ellas el cuento. El cuento
de otro contigo en la obscuridad. El cuento de alguien contando un
cuento contigo en la obscuridad. Y cuánto mejor, a fin de cuentas, las
penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado.
Solo.
Samuel
Beckett
COMPAÑÍA
editorial Anagrama 1982
Texto completo en los archivosdel Albergue
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Textos para nada (I)
Bruscamente, no, a la fuerza, a la fuerza, no pude más, no pude
continuar. Alguien dijo, No puede permanecer ahí. No podía permanecer allí y no podía
continuar. Describiré el lugar, carece de importancia. La cima, muy llana, de una
montaña, no, de una colina, pero tan salvaje, tan salvaje, basta. Fango, brezo hasta las
rodillas, imperceptibles senderos de ovejas, erosiones profundas. Fue en el hueco de una
de ellas donde me tendí, al abrigo del viento. Hermoso panorama, sin la niebla que lo
velaba todo, valles, lagos, planicie, mar. ¿Cómo continuar? No era necesario empezar,
sí, era necesario. Alguien dijo, quizá el mismo. ¿Por qué ha venido? Hubiera podido
quedarme en mi rincón, al calor, al abrigo de la humedad, no podía. Mi rincón, lo
describiré, no, no puedo. Simplemente, no puedo nada más, como suele decirse. Digo al
cuerpo, ¡Vamos, arriba!, y siento el esfuerzo que realiza, para obedecer, cual vieja
carnaza caída ,en mitad de la calle, que ya no hace, que aún hace, antes de renunciar.
Digo a la cabeza, Déjalo tranquilo, quédate tranquila, cesa de respirar, después jadea
a más y mejor. Me siento lejos de esas historias, no debería ocuparme de ellas, no
necesito nada, ni ir más lejos, ni quedarme en donde estoy, todo me resulta
verdaderamente indiferente. Debería volverme, del cuerpo, de la cabeza, dejar que se
arreglen, dejar que se acaben, no puedo, sería necesario que sea yo quien se, acabe. Ah
sí, diríase que somos más de uno, sordos todos, ni siquiera, unidos de por vida. Otro
dijo, o el mismo, o el primero, todos tienen la misma voz, todos los mismos pensamientos.
Debiera haberse quedado en su casa. Mi casa. Querían que regresara a mi casa. Mi morada.
Sin niebla, con buenos ojos, con un catalejo, la vería desde aquí. No se trata de simple
fatiga, no estoy simplemente fatigado, a pesar de la ascensión. Tampoco de que quiera
permanecer aquí. Había oído, debí haber oído hablar del panorama, el mar allá lejos,
de plomo repujado, el llano llamada de oro tan frecuentemente cantado, los repetidos
lomos, los lagos glaciares, los humos de la capital, no se hablaba de otra cosa. A ver,
¿quiénes son esa gente? ¿Me han seguido, precedido, acompañado? Estoy en la
excavación que los siglos han cavado, siglos de mal tiempo, tendido cara al suelo
negruzco donde se estanca, lentamente bebida, un agua azafranada. Están arriba,
alrededor, como en el cementerio. No puedo levantar la vista hacia ellos, lástima. No
veré sus rostros. Las piernas quizás, inmersas en el brezo. ¿Me ven ellos, qué pueden
ver de mí? Quizá ya no haya nadie, quizá se hayan ido, asqueados. Escucho y son los
mismos pensamientos lo que oigo, quiero decir los mismos de siempre, curioso. Decir que en
el valle brilla el sol, en un cielo desmelenado. ¿Desde cuándo estoy aquí? Qué
pregunta, me la planteo con frecuencia. Y con frecuencia he sabido responder, Una hora, un
mes, un año, cien años, según qué entendía por aquí, por mí, por estar, y ahí
dentro nunca he ido a buscar nada extraordinario, ahí dentro nunca he cambiado gran cosa,
poco había aquí con aspecto de cambiar. O decía, No debe hacer mucho tiempo, no lo
habría soportado. Oigo los chorlitos, significa que cae la tarde, que cae la noche, pues
los chorlitos son así, gritan al llegar la noche, tras permanecer mudos durante toda la
tarde. Así, así es entre criaturas salvajes y de tan corta vida, en relación a la mía.
Y esta otra pregunta, que me es conocida, Por qué he venido, que no tiene respuesta, de
modo que respondía, Para variar, o, No soy yo, o. Es el azar, o incluso, Para ver, o en
fin, la edad del fuego, Es el destino, siento que llega, la pregunta no me hallará
desprevenido. Todo es ruido, negra turba saturada que aún debe beber, marejada de
helechos gigantes, brezo con simas en calma donde se ahoga el viento, mi vida y sus viejos
estribillos. Para ver, para variar, no, está visto, todo visto, hasta llenarse los ojos
de legañas, ni a la intemperie, el mal está hecho, el mal fue hecho, un día que salí,
a rastras de mis pies hechos para ir, para dar pasos, que había dejado ir, que me
arrastraron hasta aquí, por eso vine. Y lo que hago, lo esencial, resoplo, diciéndome,
con palabras como de humo, No puedo quedarme, no puedo irme, veamos qué ocurre. ¿Y como
sensación? Dios mío, no puedo quejarme, es él, pero con sordina, como bajo la nieve,
menos el calor, menos el sueño, las sigo bien, todas las voces, todas las partes,
bastante bien, el frío me gana, también la humedad, en fin lo supongo, estoy lejos. Mis
reumatismos, no pienso en ellos, no me hacen sufrir más que los de mi madre, cuando la
hacían sufrir. Ojo paciente y fijo, a flor de esta cabeza huraña de roñoso, ojo fiel,
es su hora, quizá sea su hora. Estoy arriba y estoy aquí, tal como me veo, encenagado,
los ojos cerrados, la oreja pegada formando ventosa contra la multitud que chupa, estamos
de acuerdo, todos de acuerdo, en el fondo, desde siempre, nos queremos, nos lamentamos,
pero ay, nada podemos. Seguro, dentro de una hora será demasiado tarde, dentro de media
hora será de noche, y aun, no es seguro, entonces qué, qué no es seguro, absolutamente
seguro, que la noche impide cuanto permite el día, a quienes saben apañárselas, a
quienes quieren apañárselas, y pueden, aún pueden intentarlo. La niebla se disipará,
lo sé, por mucho que uno esté desprevenido, el viento refrescará, al caer la noche, y
el cielo nocturno cubrirá la montaña, con sus luminarias, los astros, que me guiarán,
una vez más, guiarán mis pasos, esperemos la noche. Todo se enreda, los tiempos enredan,
antes sólo había estado, ahora estoy siempre, dentro de unos instantes aún no estaré,
penando en mitad de la vertiente, o entre los helechos que rodean el bosque, son los
alerces, no intento comprender, nunca más intentaré comprender, como suele decirse, de
momento estoy aquí, desde siempre, para siempre, ya no temeré a las palabras
importantes, no son importantes. No recuerdo haber venido, nunca podré irme, mi pequeño
mundo, tengo los ojos cerrados y siento en la mejilla el humus áspero y húmedo, mí
sombrero ha caído, no ha caído lejos o el viento se lo ha llevado lejos. Lo apreciaba
mucho. Ora es la mar, ora la montaña, a veces ha sido el bosque, la ciudad, también el
llano, también probé en el llano, me he dejado por muerto en todos los rincones, de
hambre, de vejez, acabado, ahogado, y después sin razón, muchas veces sin razón, por
hastío, rebifa, un último suspiro, y los aposentos, de mi hermosa muerte, en la cuna,
hundiéndose bajo mis penates, y siempre refunfuñando, las mismas frases, las mismas
historias, las mismas preguntas y respuestas, ingenuo, basta, al límite de mi mundo de
ignorante, jamás una
imprecación, no tan tonto, o quizá no recuerde. Sí, hasta el
final, en voz baja, meciéndome, haciéndome compañía y siempre atento, atento a las
viejas historias, como cuando mi padre sentándome en sus rodillas, me leía la de Joe
Breem, o Breen, hijo de un torrero, noche tras noche, durante todo el invierno.
Era un
cuento, un cuento para niños, transcurría en un peñón, en medio de la tempestad, la
madre había muerto y las gaviotas se despachurraban contra el fanal, Joe se tiró al
agua, es cuanto recuerdo, un cuchillo entre los dientes, hizo lo que tenía que hacer y
regresó, es cuanto recuerdo esta noche, terminaba bien, empezaba mal y terminaba bien,
todas las noches, una comedia, para niños.
Sí, he sido mi padre y he sido mi hijo, me he
planteado preguntas y las he contestado lo mejor que pude, me he hecho repetir, noche tras
noche, la misma historia, que me sabía de memoria sin poder creerla, o nos íbamos,
cogidos de la mano, mudos, sumergidos en nuestros mundos, cada uno en sus mundos,
con las manos olvidadas, una en la otra. Así he sobrevivido, hasta el presente. Y aún
esta noche parece que todo marcha bien, estoy en mis brazos, me sostengo entre mis brazos,
sin mucha ternura, pero fielmente, fielmente. Durmamos, como bajo aquella lejana lámpara,
embrillados, por haber hablado tanto, escuchado tanto, penado tanto, jugado tanto.
Samuel
Beckett
Textos para nada, 1955 (Tusquets Cuadernos Marginales 22)
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