el arte del despojamiento

Samuel Beckett

Cuando se tiene el pensamiento en alguna parte todo está permitido

Samuel Beckett

 

Compañía

El actor Jordi Dauder en su interpretación de Compañía en la Sala Beckett de Barcelona

.../... (fragmento de la novela)

¡Qué visiones en la obscuridad de la luz! ¿Quién exclama así? ¿Quién pregunta quién es quien exclama: «¡Qué visiones en la obscuridad sin sombra de la luz y la sombra!»? ¿Otro más aún? Imaginándolo todo para hacerse compañía. ¡Qué aportación a la compañía sería! Otro más aún imaginándolo todo para hacerse compañía. Déjalo rápido. Para acabar a toda costa y como fuera, cuando ya no podías salir, te sentabas acurrucado en la obscuridad. Tras haber hecho desde los primeros pasos unas veinticinco mil leguas o tres veces, más o menos, el recorrido. Sin sobrepasar ni una vez un radio de una de tu hogar. ¡Tu hogar! Así se encontraba sentado, esperando a quedar purificado, el fabricante de laúdes que arrancó a Dante su primer cuarto de sonrisa y ahora tal vez cantando alabanzas esté por fin con alguna sección de los bienaventurados. Al cual, en todo caso, decimos adiós aquí. El lugar carece de ventana. Cuando, como haces a veces para evacuar el fluido, abres los ojos, la obscuridad disminuye. Así, pues, tú, ahora boca arriba en la obscuridad, antes te sentaste acurrucado ahí, tras haberte tu cuerpo demostrado que no podía salir más. A caminar por los serpenteantes senderos vecinales y pastos interyacentes, tan pronto llenos de rebaños y tan pronto desiertos. Durante muchos años con la sombra, a tu lado, de tu padre en sus viejos harapos de vagabundo y después durante años solo. Añadiendo paso a paso a la suma, siempre en aumento, de los ya dados. Deteniéndote de vez en cuando con la cabeza gacha para grabar en la memoria el total. Después en marcha de nuevo a partir de cero. Así acurrucado, te descubres imaginando que no estás solo, aun sabiendo de sobra que nada ha ocurrido que lo haga posible. No obstante, el proceso continúa envuelto, por así decir, en su absurdo. No murmuras palabra por palabra: «Sabía que estaba condenado al fracaso y, aun así, persisto.» No, porque la primera persona del singular y, a fortiori, la del plural nunca han figurado en tu vocabulario. Pero, sin decir palabra, te ves a ti mismo en ese sentido, como verías a un extraño que padeciera la enfermedad de Hodgkin, pongamos por caso, o, si prefieres, la de Percival Pott, sorprendido en plena oración. De vez en cuando, con gracia inesperada, te tumbas. Simultáneamente las diferentes partes se ponen en marcha. Los brazos sueltan las rodillas. La cabeza se alza. Las piernas se estiran. El tronco se echa hacia atrás. Y, junto con otros innumerables, continúan a su modo respectivo hasta que no pueden seguir y se inmovilizan a un tiempo. Boca arriba ahora, reanudas tu cuento en el momento en que lo interrumpió el acto de tumbarte. Y prosigues hasta que la operación opuesta lo vuelve a interrumpir. Conque en la obscuridad, ora acurrucado ora tumbado boca arriba, te esfuerzas en vano. Y así como el paso de la primera posición a la segunda te resulta cada vez más fácil con el tiempo y te sientes más dispuesto a darlo, así sucede lo contrario con el paso de la segunda posición a la primera. Hasta que la posición boca arriba, de alivio ocasional que era, pasa a ser habitual y, al final, se convierte en la regla. Tú, ahora boca arriba en la obscuridad, no volverás a erguirte para rodear las rodillas con los brazos y bajar la cabeza hasta más no poder. Sino que, con la cabeza vuelta hacia arriba para siempre, te esforzarás en vano con tu cuento. Hasta que al final oigas, las palabras tocar a su fin. Cada fútil palabra un poco más cerca de la última. y con ellas el cuento. El cuento de otro contigo en la obscuridad. El cuento de alguien contando un cuento contigo en la obscuridad. Y cuánto mejor, a fin de cuentas, las penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado.

 Solo.

Samuel Beckett
COMPAÑÍA
editorial Anagrama 1982

NUEVOTexto completo en los archivosdel Albergue 
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Textos para nada (I)

Textos para nadaBruscamente, no, a la fuerza, a la fuerza, no pude más, no pude continuar. Alguien dijo, No puede permanecer ahí. No podía permanecer allí y no podía continuar. Describiré el lugar, carece de importancia. La cima, muy llana, de una montaña, no, de una colina, pero tan salvaje, tan salvaje, basta. Fango, brezo hasta las rodillas, imperceptibles senderos de ovejas, erosiones profundas. Fue en el hueco de una de ellas donde me tendí, al abrigo del viento. Hermoso panorama, sin la niebla que lo velaba todo, valles, lagos, planicie, mar. ¿Cómo continuar? No era necesario empezar, sí, era necesario. Alguien dijo, quizá el mismo. ¿Por qué ha venido? Hubiera podido quedarme en mi rincón, al calor, al abrigo de la humedad, no podía. Mi rincón, lo describiré, no, no puedo. Simplemente, no puedo nada más, como suele decirse. Digo al cuerpo, ¡Vamos, arriba!, y siento el esfuerzo que realiza, para obedecer, cual vieja carnaza caída ,en mitad de la calle, que ya no hace, que aún hace, antes de renunciar. Digo a la cabeza, Déjalo tranquilo, quédate tranquila, cesa de respirar, después jadea a más y mejor. Me siento lejos de esas historias, no debería ocuparme de ellas, no necesito nada, ni ir más lejos, ni quedarme en donde estoy, todo me resulta verdaderamente indiferente. Debería volverme, del cuerpo, de la cabeza, dejar que se arreglen, dejar que se acaben, no puedo, sería necesario que sea yo quien se, acabe. Ah sí, diríase que somos más de uno, sordos todos, ni siquiera, unidos de por vida. Otro dijo, o el mismo, o el primero, todos tienen la misma voz, todos los mismos pensamientos. Debiera haberse quedado en su casa. Mi casa. Querían que regresara a mi casa. Mi morada. Sin niebla, con buenos ojos, con un catalejo, la vería desde aquí. No se trata de simple fatiga, no estoy simplemente fatigado, a pesar de la ascensión. Tampoco de que quiera permanecer aquí. Había oído, debí haber oído hablar del panorama, el mar allá lejos, de plomo repujado, el llano llamada de oro tan frecuentemente cantado, los repetidos lomos, los lagos glaciares, los humos de la capital, no se hablaba de otra cosa. A ver, ¿quiénes son esa gente? ¿Me han seguido, precedido, acompañado? Estoy en la excavación que los siglos han cavado, siglos de mal tiempo, tendido cara al suelo negruzco donde se estanca, lentamente bebida, un agua azafranada. Están arriba, alrededor, como en el cementerio. No puedo levantar la vista hacia ellos, lástima. No veré sus rostros. Las piernas quizás, inmersas en el brezo. ¿Me ven ellos, qué pueden ver de mí? Quizá ya no haya nadie, quizá se hayan ido, asqueados. Escucho y son los mismos pensamientos lo que oigo, quiero decir los mismos de siempre, curioso. Decir que en el valle brilla el sol, en un cielo desmelenado. ¿Desde cuándo estoy aquí? Qué pregunta, me la planteo con frecuencia. Y con frecuencia he sabido responder, Una hora, un mes, un año, cien años, según qué entendía por aquí, por mí, por estar, y ahí dentro nunca he ido a buscar nada extraordinario, ahí dentro nunca he cambiado gran cosa, poco había aquí con aspecto de cambiar. O decía, No debe hacer mucho tiempo, no lo habría soportado. Oigo los chorlitos, significa que cae la tarde, que cae la noche, pues los chorlitos son así, gritan al llegar la noche, tras permanecer mudos durante toda la tarde. Así, así es entre criaturas salvajes y de tan corta vida, en relación a la mía. Y esta otra pregunta, que me es conocida, Por qué he venido, que no tiene respuesta, de modo que respondía, Para variar, o, No soy yo, o. Es el azar, o incluso, Para ver, o en fin, la edad del fuego, Es el destino, siento que llega, la pregunta no me hallará desprevenido. Todo es ruido, negra turba saturada que aún debe beber, marejada de helechos gigantes, brezo con simas en calma donde se ahoga el viento, mi vida y sus viejos estribillos. Para ver, para variar, no, está visto, todo visto, hasta llenarse los ojos de legañas, ni a la intemperie, el mal está hecho, el mal fue hecho, un día que salí, a rastras de mis pies hechos para ir, para dar pasos, que había dejado ir, que me arrastraron hasta aquí, por eso vine. Y lo que hago, lo esencial, resoplo, diciéndome, con palabras como de humo, No puedo quedarme, no puedo irme, veamos qué ocurre. ¿Y como sensación? Dios mío, no puedo quejarme, es él, pero con sordina, como bajo la nieve, menos el calor, menos el sueño, las sigo bien, todas las voces, todas las partes, bastante bien, el frío me gana, también la humedad, en fin lo supongo, estoy lejos. Mis reumatismos, no pienso en ellos, no me hacen sufrir más que los de mi madre, cuando la hacían sufrir. Ojo paciente y fijo, a flor de esta cabeza huraña de roñoso, ojo fiel, es su hora, quizá sea su hora. Estoy arriba y estoy aquí, tal como me veo, encenagado, los ojos cerrados, la oreja pegada formando ventosa contra la multitud que chupa, estamos de acuerdo, todos de acuerdo, en el fondo, desde siempre, nos queremos, nos lamentamos, pero ay, nada podemos. Seguro, dentro de una hora será demasiado tarde, dentro de media hora será de noche, y aun, no es seguro, entonces qué, qué no es seguro, absolutamente seguro, que la noche impide cuanto permite el día, a quienes saben apañárselas, a quienes quieren apañárselas, y pueden, aún pueden intentarlo. La niebla se disipará, lo sé, por mucho que uno esté desprevenido, el viento refrescará, al caer la noche, y el cielo nocturno cubrirá la montaña, con sus luminarias, los astros, que me guiarán, una vez más, guiarán mis pasos, esperemos la noche. Todo se enreda, los tiempos enredan, antes sólo había estado, ahora estoy siempre, dentro de unos instantes aún no estaré, penando en mitad de la vertiente, o entre los helechos que rodean el bosque, son los alerces, no intento comprender, nunca más intentaré comprender, como suele decirse, de momento estoy aquí, desde siempre, para siempre, ya no temeré a las palabras importantes, no son importantes. No recuerdo haber venido, nunca podré irme, mi pequeño mundo, tengo los ojos cerrados y siento en la mejilla el humus áspero y húmedo, mí sombrero ha caído, no ha caído lejos o el viento se lo ha llevado lejos. Lo apreciaba mucho. Ora es la mar, ora la montaña, a veces ha sido el bosque, la ciudad, también el llano, también probé en el llano, me he dejado por muerto en todos los rincones, de hambre, de vejez, acabado, ahogado, y después sin razón, muchas veces sin razón, por hastío, rebifa, un último suspiro, y los aposentos, de mi hermosa muerte, en la cuna, hundiéndose bajo mis penates, y siempre refunfuñando, las mismas frases, las mismas historias, las mismas preguntas y respuestas, ingenuo, basta, al límite de mi mundo de ignorante, jamás una imprecación, no tan tonto, o quizá no recuerde. Sí, hasta el final, en voz baja, meciéndome, haciéndome compañía y siempre atento, atento a las viejas historias, como cuando mi padre sentándome en sus rodillas, me leía la de Joe Breem, o Breen, hijo de un torrero, noche tras noche, durante todo el invierno. Samuel BeckettEra un cuento, un cuento para niños, transcurría en un peñón, en medio de la tempestad, la madre había muerto y las gaviotas se despachurraban contra el fanal, Joe se tiró al agua, es cuanto recuerdo, un cuchillo entre los dientes, hizo lo que tenía que hacer y regresó, es cuanto recuerdo esta noche, terminaba bien, empezaba mal y terminaba bien, todas las noches, una comedia, para niños.
Sí, he sido mi padre y he sido mi hijo, me he planteado preguntas y las he contestado lo mejor que pude, me he hecho repetir, noche tras noche, la misma historia, que me sabía de memoria sin poder creerla, o nos íbamos, cogidos de la mano, mudos, sumergidos en nuestros mundos, cada uno en sus mundos, con las manos olvidadas, una en la otra. Así he sobrevivido, hasta el presente. Y aún esta noche parece que todo marcha bien, estoy en mis brazos, me sostengo entre mis brazos, sin mucha ternura, pero fielmente, fielmente. Durmamos, como bajo aquella lejana lámpara, embrillados, por haber hablado tanto, escuchado tanto, penado tanto, jugado tanto.

Samuel Beckett
Textos para nada, 1955 (Tusquets Cuadernos Marginales 22)

Una tarde

Samuel Beckett

Mal visto mal dicho
(fragmento)
Pintura de Bram van Velde
Samuel Beckett

Una conversación con Georges Duthuit

Samuel Beckett Tal Coat

B.- Objeto total, completo con partes que faltan, en vez de objeto parcial. Cuestión de grado.

D.- Más. La tiranía de lo discreto destruida. El mundo un flujo de movimientos participando de un tiempo vivo, el del esfuerzo, creación, liberación, la pintura, el pintor. El efímero instante de sensación devuelta, divulgada, se nutrió con contexto del continuum.

B.- En cualquier caso un empuje hacia una más adecuada expresión de la experiencia natural, como revelado a la atenta coenaesthesia. Tanto si conseguido a través de sumisión como si a través de maestría, el resultado es ganancia en naturalidad.

D.- Pero lo que este pintor descubre, ordena, trasmite no está en la naturaleza. ¿Qué relación entre una de estas pinturas y un paisaje visto a una cierta edad, una cierta estación del año, una cierta hora? ¿No estamos en un plano bastante distinto?

B.- Por naturaleza entiendo aquí, como el realista más ingenuo, un compuesto de percibidor y percibido, no un dato, una experiencia. Todo lo que deseo sugerir es que la tendencia y el logro de esta pintura son fundamentalmente los de una pintura previa, esforzándose en ampliar el estado de un compromiso.

Pintura de Tal CoatD.- Olvida Vd. la inmensa diferencia entre el significado de la percepción para Tal Coat y su significado para la gran mayoría de sus predecesores que, como artistas, aprehendían como el mismo utilitario servilismo que en un embotellamiento de tráfico y embellecían el resultado con una pincelada de geometría euclidiana. La percepción global de Tal Coat es desinteresada, no comprometida ni con la verdad ni con la belleza, tiranías gemelas por naturaleza. Puedo ver el compromiso de la pintura del pasado pero no el que deplora en el Matisse de un cierto período y en el Tal Coat de hoy.

B.- Yo no lo deploro. Estoy de acuerdo en que el Matisse en cuestión, al igual que las orgías franciscanos de Tal Coat, tenga un valor prodigioso, pero un valor afín a los ya acumulados. Lo que tenemos que considerar en el caso de los pintores italianos no es el que midiesen el mundo con ojos de contratista de obras, un lindero significa lo mismo que otro, sino que nunca se movieron del campo de lo posible, por mucho que puedan haberlo ampliado. Lo único alterado por los revolucionarios Matisse y Tal Coat es un cierto orden en el plano de lo factible.

Samuel Beckett
Detritus: Tres conversaciones con Georges Duthuit, 1949/Dante, Bruno, Vico, Joyce, 1929
(Tusquets Marginales 60)

 

Encuentros con Samuel Beckett
Charles Juliet
(fragmento del libro)
La editorial Siruela con motivo del centario de la muerte de Samuel Beckett ha editado este librito que contiene cuatro encuentros de Charles Juliet con Beckett. Hemos seleccionado la descripción apasionada que hace Juliet de la obra y el personaje de Beckett.

Primer Amor
J
osé Sanchís Sinisterra

Del programa de mano, del estreno de la obra el 24 de Mayo de 1985

Beckett, el proceso de despojarse
Celia Duañez

Beckett, mi amigo
Radomir Konstantinovic

reseña del libro por Christian Martí-Menzel


 

Textos en la red

Albergue de la Memoria de Zerkalo
SAMUEL BECKETT

TEATRO
- Cascando
- La última cinta de Krapp
- Esperando a Godot
NOVELA
- Como es (primer capítulo) 
- Compañía

acceso a los archivosdel Albergue 
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Samuel (Barclay) Beckett nació el 13 de abril de 1906 en Foxrock, localidad de las afueras de Dublín y murió en París el 22 de diciembre de 1989

                  

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