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Mal
visto mal dicho

Desde su jergón ve
alzarse Venus. Una vez más. Desde su jergón con tiempo claro ve alzarse
Venus seguida del sol. Se desata entonces en improperios contra el
origen de toda vida. Una vez más. A la tarde con tiempo claro goza con
su revancha. Sobre Venus. Ante la otra ventana. Sentada rígida en su
vieja silla espía a la radiante. Su vieja silla de abeto con barras y
sin brazos. Emerge de los últimos rayos y cada vez más brillante decae y
se abisma a su vez. Venus. Una vez más. Erguida y rígida permanece allí
en la sombra creciente. Toda vestida de negro. Mantener esa posición es
más fuerte que ella. Dirigiéndose de pie hacia un punto preciso a menudo
se detiene súbitamente. No pudiendo continuar hasta mucho más tarde. Sin
saber ya hacia dónde ni con qué motivo. De rodillas sobre todo le duele
no permanecer así para siempre. Las manos una encima de la otra sobre un
apoyo cualquiera. Como el pie sobre el jergón. Y su cabeza sobre ellas.
Hela ahí pues como convertida en piedra de cara a la noche. Solos el
blanco de los cabellos y el blanco ligeramente azulado del rostro y las
manos huellan la oscuridad. Para un ojo que no tuviese necesidad de luz
para ver. Todo esto en presente. Como si tuviese la desgracia de estar
aún con vida.
La cabaña.. Su
emplazamiento. Cuidado. Ir. La cabaña. Hacia el inexistente centro de un
espacio sin forma. Más bien circular que otra cosa finalmente. Llano
claro está. Salir de él en línea recta le lleva de cinco a diez minutos.
Según la velocidad y el radio. A ella le gusta -a ella que no sabe más
que errar no erra nunca aquí. Abundan los guijarros cada vez más
abundantes. La cizaña es cada vez más rara. Un enclave en mitad de una
campiña rala el que ella conquista lentamente. Sin que nadie se oponga.
Sin que se haya opuesto nunca. Como si se tratase de una fatalidad. ¿Qué
hace una cabaña en semejante sitio? ¿ Qué puede haber venido a hacer
allí? Cuidado. Antes de responder que en la época lejana de su erección
el trébol llegaba hasta sus muros. Sobreentendiendo quien más lo es que
él es el defectuoso. Y a partir de él como de un foco maléfico que el
cómo decido mal que el mal se ha extendido. Sin que nadie haya
preconizado nunca su demolición. Como si una fatalidad lo protegiese.
Eso es. Guijarros calizos con un efecto extraño bajo la luna. Supuesto
que con tiempo claro ella antagonice. Rápidamente entonces la anciana
apenas recuperada de la puesta de Venus rápidamente a la otra ventana
para ver surgir la otra maravilla. Como cada vez más blanca a medida que
se eleva blanquea los guijarros cada vez más. Rígida en pie rostro y
manos apoyados contra el cristal ella se maravilla durante largo tiempo.
Las dos zonas forman
un contorno vagamente circular. Como esbozado por una mano temblorosa.
¿Diámetro? Cuidado. Mil metros. Menos. De media. Más allá lo
desconocido. Felizmente. Impresión a menudo de estar bajo el nivel del
mar. Sobre todo durante la noche con tiempo claro. Mar invisible aunque
próximo. Inaudible. Bajo la hierba toda la superficie. Una vez
sobrepasada la zona de guijarros. Salvo allí donde ella se ha retirado
del suelo calizo. Mil manchas blancuzcas de importancia desigual.
Espectáculo sobrecogedor bajo la luna. De hecho unas bestias solas unos
ovinos. Luego de muchas vacilaciones. Son blancos y se contentan con
poco. ¿De dónde venidos de repente? misterio y ¿adónde igualmente
vueltos a ir? Sin pastos divagan a su manera. ¿Flores? Cuidado. Sólo
algunos azafranes aún. En temporada de corderos. ¿Y el hombre? ¿Quitado
de encima al fin completamente? Ah no. Pues ¿no se sorprenderá ella un
día de no ver ninguno más? Sorprendida no ella no puede estar
sorprendida. ¿Cuántos? Una cifra adviene que podría. Doce. Con los que
llenar el pequeño círculo del horizonte. Alza los ojos del suelo a sus
pies y ve uno. Se gira y ve otro. Así sucesivamente. Siempre a lo lejos.
Inmóviles o alejándose. Nunca los vio venir hacia ella. O lo olvida.
Ella olvida. ¿Son siempre los mismos? ¿La ven? Basta.
Un páramo habría
solucionado mejor la cuestión. Pero no se trata de solucionarla mejor.
Hacían falta corderos. Con razón o sin ella. Un páramo los habría
permitido. Corderos para la blancura. Y por otras razones todavía
oscuras. Otra razón. Y para que pudiese de repente no haber ninguna más.
En temporada de corderos. Que de pronto ella pudiese alzar los ojos y no
ver ninguno. Un páramo no los habría excluido. En fin lo hecho hecho
está. Y qué corderos. Sin vivacidad alguna. Manchas blancas en la
hierba. Apartados de madres indiferentes. Estáticos. Luego un momento de
extravío. Luego estáticos de nuevo. Así sucesivamente. Decir que aún hay
quien vive en estos tiempos. Tranquilidad.
Un lugar
la atrae. Por momentos. En él se yergue una piedra. Blanca desde lejos.
Ella es lo que la atrae. Rectángulo curvado tres veces más alto que
ancho. Cuatro veces. Su estatura ahora. Su pequeña estatura. Cuando le
sucede esto debe ir allí. No la ve desde el refugio. Sabría
ir hasta allí con los ojos cerrados. Ya no se habla. Nunca se ha hablado
mucho. Ahora nada en absoluto. Como si tuviese la desgracia de estar aún
con vida. Pero en esos momentos a sus pies la plegaria. LIeváosla. Sobre
todo por la noche con tiempo claro. Con o sin luna. La llevan y la
detienen delante. Allí ella también como de piedra. Pero negra. Bajo la
luna a veces. Las estréllas a menudo. ¿Le tiene envidia?
Para el imaginario
profano la casucha parece deshabitada. Vigilada sin cesar no traiciona
ninguna presencia. El ojo pegado a una u otra ventana no ve más que
cortinas negras. Mucho tiempo inmóvil contra la puerta él escucha. Nada.
Golpea. Nadie. Espía en vano por la noche el mínimo resplandor. Regresa
de nuevo a su lugar y confiesa, Nadie. Ella no se muestra más que a los
suyos. Pero no tiene suyos. Sí sí tiene uno. Que la tiene a ella.
Hubo un tiempo en que
ella no aparecía sobre los pedregales. Mucho
tiempo. No se dejaba pues ver salir ni regresar.
En el que ella no aparecía más que en los campos.
No se dejaba ver pues al abandonarIos. Sino como por encantamiento.
Pero poco a poco empezó a aparecer. Sobre los
pedregales. Al principio oscuramente. Luego cada vez más nítidamente.
Hasta dejarse ver en detalle franquear el umbral en ambas direcciones y
volver a cerrar la puerta tras ella. Más tarde un tiempo en que no
aparecía dentro de sus muros. Mucho tiempo. Pero poco a poco empezó a
aparecer. Oscuramente. A decir verdad ese tiempo aún dura. Pese a que
ella ya no esté allí. Desde hace mucho.
Sí dentro de su casa
hasta aquí solamente en la ventana. En una u otra ventana. Absorta ante
el cielo. Y sólo mal entrevistos hasta aquí un lecho en la noche y una
silla espectral. Y en sus menudas idas y venidas esta forma repentina de
plantarse allí. Y sus interminables genuflexiones. Pero poco a poco
empieza a aparecer allí más nítidamente. Al mismo tiempo que otros
objetos. Como bajo la almohada -como al fondo de un cajón cualquiera ese
álbum que sale de la sombra. Que alguna vez él podrá quizás hojear con
ella. Ver los viejos dedos pasar las hojas como puedan. Y cuáles podrán
ser las imágenes que hacen inclinarse aún más la cabeza y dejada así
mucho tiempo. Entretanto quién sabe no son más que flores desechadas.
Aplastadas. Nada más.
Pero asirla vivamente
allí donde se presta mejor. En los campos lejos de su casa. Franquear el
pedregal y allí está. Siempre más nítida a medida que. Vivamente visto
que ella sale cada vez menos. Por así decido únicamente durante el invierno. Invierno ella
vaga
por
su casa durante el
invierno. Lejos de su
casa. Cabeza baja recorre la nieve a paso lento cambiando de sentido sin
cesar. Es de noche. Aún hay una. Su larga sombra sobre la nieve la
acompaña. Los demás están ahí. Todos alrededor. Los doce. A lo lejos.
Inmóviles o alejándose. Alza los ojos y ve uno. Se gira y ve otro. Y de
pronto se queda estática. Ahora es el momento o nunca. Pero algo se lo
impide. Justo el tiempo de creer entrever el comienzo de una franja
negra. Más tarde el rostro. Justo antes de que el ojo baje. Luego no ver
en el sol rasante más que la nieve. Y corno todo alrededor las huellas
de sus pasos se borran poco a poco.
¿Qué es lo que la
protege? Incluso del suyo. Hace bajar la mirada en el acto de
aprehender. Incrimina lo adquirido. Se impide adivinar. Ella sin
defensa. Es la vida lo que acaba. La suya. La del otro. Pero tan
diferentemente. Ella no necesita nada. De decible. Pero ¿y el otro?
¿Cómo tener necesidad al fin? ¿Cómo? ¿Cómo tener necesidad al fin?
Períodos en los que
ella desaparece. Largos períodos. En época de azafranes sería en
dirección a la tumba lejana. Tener aún eso en la imaginación.
Sosteniendo por la rama inferior o sobre el brazo la cruz o la corona.
Pero sus eclipses no tienen estación. De no importa qué momento
del año a otro ella puede no estar ya allí. De repente ningún
otro sitio que ver. Ni con el ojo de la carne ni con el otro. Luego de
repente todo también allí de nuevo. Mucho tiempo después. Así
sucesivamente. Cualquier otro renunciaría. Confesaría, Nadie. Nadie más.
Cualquier otro que no fuese el otro. El otro espera que ella reaparezca.
Para poder seguir. Seguir él -¿cómo decirlo? ¿Cómo decirlo mal?
El ojo mirando
fijamente con dureza un detalle del desierto se llena de lágrimas. La
loca de la casa se abandona a penas del corazón. Llega una noche en que
la ausente oye el mar. Se recoge la falda para ir más deprisa y deja al
descubierto sus botas y sus medias hasta la pantorrilla. Lágrimas.
Ultimo ejemplo ante su puerta la baldosa que a fuerza de pisar su
pequeño peso ha hollado. Lágrimas.
Antes de ser dejadas por las medias las botas tienen
tiempo de ser mal abrochadas. Agotadas las lágrimas como así ocurre he
aquí una hebilla más grande de lo normal. De plata deslustrada cuelga
pisciforme de un clavo por el broche. Oscila apenas sin cesar. Como si
la tierra temblase sin cesar en este sitio. Apenas. Una manija ovalada
la abolladura evoca unas escamas. El ojo seco siempre remonta por la
espinilla hasta el broche o gancho. De tanto estirar ha perdido su
curvatura. Hasta el punto de parecer por momentos en desuso. Deformación
fácil de corregir con unas tenazas. ¿Se habrá ocupado de eso alguna vez?
Cuidado. Cada vez más lejos. Hasta ya no poder. No poder ya pesar sobre
las ramas. Oh no por debilidad. Desde que cuelga inútilmente de un
clavo. Vacilando insensiblemente sin cesar. Reflejos plateados ciertas
tardes con tiempo claro. En ese momento primer plano. En el que contra
toda razón domina el clavo. Mucho tiempo esta imagen hasta que
bruscamente se difumina.
Ella está ahí. De
nuevo ahí. Que el ojo fuera se deje distraer un momento. Al alba o
durante el crepúsculo. Distraer por el cielo. Por algo en el cielo. Para
que cuando se recobre la cortina ya no esté echada. Vuelta a abrir por
ella para que pueda ver el cielo. Pero incluso sin eso ella está allí.
De nuevo allí. Sin que la cortina se abra. De pronto está abierta. Un
flash. ¡Lo repentino de todo! Ella rígida sin detenerse. En marcha sin
arrancar. De ida sin irse. Sin regresar regresada. De pronto es de
noche. O aurora. El ojo mira fijamente la ventana desguarnecida. Nada en
el cielo la volverá a distraer. Mientras el suyo se queda en su cubil.
¡Crac! obturada. Nada se ha movido.
Ya todo se mezcla.
Cosas y quimeras. Como en todas las épocas. Se mezcla y se anula. Pese a
las precauciones. Si ella pudiese al menos no ser más que sombra. Sombra
sin mezcla.
.../... (fragmento del relato)
Samuel
Beckett
traducción de Jenaro Talens
«Manchas
en el silencio»
Tusquets Marginales 106

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