siempre
en la dirección opuesta
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Uno nunca sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué es
¿no? Y como esto uno lo oye millones de veces en su vida, por poco que ésta
sea larga, acaba por no saber en absoluto quién es. Todos dicen algo
distinto. Incluso uno mismo está siempre cambiando de parecer

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Maestros
antiguos
(.../...)
Durante
esas seis semanas de encierro sólo sostuve algunas conversaciones
telefónicas con el administrador de mis bienes y leí a Schopenhauer, eso
me salvó probablemente, así Reger, aunque no estoy seguro de si es
acertado haberme salvado, probablemente, así Reger, hubiera sido
mejor no haberme salvado, haberme matado. Pero la verdad es que sólo el
hecho de que, en relación con el entierro, hubiera tenido que hacer tantas
gestiones, no me dejó tiempo para matarme. Si no nos matamos enseguida, la
verdad es que no nos matamos ya, eso es lo espantoso. Tenemos el deseo de
estar muertos exactamente como nuestro ser querido, pero sin embargo no nos
matamos, pensamos en ello, pero no lo hacemos, dijo Reger. Curiosamente, en
esas seis semanas no soportaba ninguna clase de música, ni una sola vez me
senté al piano, una vez, con el pensamiento, hice un intento con un
pasaje de El clave bien temperado, pero renuncié inmediatamente a ese
intento, no fue la música lo que me salvó en esas seis semanas, fue Schopenhauer,
una y otra vez unas líneas de Schopenhauer, así Reger. Tampoco fue
Nietzsche, sólo Schopenhauer. Me sentaba en la cama y leía unas
líneas de Schopenhauer y reflexionaba sobre ellas y volvía a leer unas
frases de Schopenhauer y reflexionaba sobre ellas, así Reger. Después de
cuatro días de sólo beber agua y leer a Schopenhauer, comí por primera
vez un pedazo de pan, que estaba tan duro que tuve que cortarlo de la hogaza
con un hacha de cortar carne. Me senté en el taburete de la ventana del
lado de la Singerstrasse, ese espantoso asiento de Loos, y miré abajo a la
Singerstrasse. Figúrese, finales de mayo y había una ventisca de nieve,
dijo. Me espantaban los hombres. Los contemplaba desde el piso, allí abajo
en la Singerstrasse, yendo de un lado a otro, bien forrados de prendas de
vestir y de comestibles, y me daban asco. Pensé, no quiero volver con esos
hombres, no con esos hombres y al fin y al cabo no hay otros, así
Reger. Mientras miraba abajo a la Singerstrasse tuve conciencia de que no
había otros hombres que los que iban de un lado a otro allí abajo en la
Singerstrasse. Miraba abajo a la Singerstrasse y aborrecía a aquellos
hombres y pensaba, no quiero volver con esos hombres, así Reger. A esa
bajeza y esa mezquindad no quiero volver, me dije, así Reger. Saqué varios
cajones de varias cómodas y miré en ellos y cogí una y otra vez
fotografías y escritos y correspondencia de mi mujer y los fui poniendo
sobre la mesa y lo fui mirando poco a poco todo, mi querido Atzbacher, como
soy sincero, tengo que decir que mientras tanto lloraba. De pronto dejé
libre curso a mis lágrimas, hacía decenios que no lloraba y de repente
dejé libre curso a mis lágrimas, así Reger. Estaba allí sentado y daba
curso libre a mis lágrimas y lloraba y lloraba y lloraba, así Reger.
Durante años no había llorado, no desde mi infancia, y de repente dejé
libre curso a mis lágrimas, me dijo Reger en el Ambassador. Al fin y al
cabo no tengo nada que esconder ni nada que callar, dijo, a mis ochenta y
dos años no tengo lo más mínimo que esconder ni que callar, dijo
Reger, y por lo tanto tampoco tengo que callar que, de repente, lloré a
lágrima viva y una y otra vez lloré a lágrima viva, durante días enteros
lloré a lágrima viva, así Reger. Estaba allí sentado y miraba las cartas
que había escrito mi mujer en el transcurso del tiempo y leía las notas
que había tomado en el transcurso del tiempo y lloraba a lágrima viva. Nos
acostumbramos naturalmente durante decenios a un ser humano y lo amamos
durante decenios y lo amamos en definitiva más que a cualquier otro y nos
encadenamos a él y, cuando lo perdemos, es realmente como si lo hubiéramos
perdido todo. Siempre había creído que era la música la que lo
significaba todo para mí, a veces al fin y al cabo también que era la
filosofía, la literatura elevada y más elevada y elevadísimo, lo mismo
que, en general, que era sencillamente el arte, pero todo eso, todo el arte,
el que sea, no es nada en comparación con ese único ser querido. Cuántas
cosas hemos hecho a ese único ser querido, dijo Reger, en cuántos miles y
cientos de miles de sufrimientos hemos precipitado a ese ser al que, más
que a cualquier otro, hemos querido, cómo hemos atormentado a ese ser y,
sin embargo, lo hemos querido más que a cualquier otro, dijo Reger. Cuando
el ser querido por nosotros más que cualquier otro del mundo ha muerto, nos
deja con horribles remordimientos, dijo Reger, con espantosos
remordimientos, con los que tenemos que existir después de su muerte y en
los que un día nos asfixiaremos, dijo Reger. Todos esos libros y escritos
que he reunido durante mi vida y que he llevado a mi piso de la
Singerstrasse, para abarrotar todas esas estanterías, no me habían servido
al final de nada, mi mujer me había dejado solo y todos esos libros y
escritos eran ridículos. Creemos que podemos aferrarnos entonces a
Shakespeare o a Kant, pero es un error. Shakespeare y Kant y todos los
demás que hemos levantado en el curso de nuestra vida como lo que llamamos
Grandes nos dejan en la estacada precisamente en el momento en que los
hubiéramos necesitado tanto, así Reger, no son ninguna solución para
nosotros ni son para nosotros ningún consuelo, de repente sólo nos
resultan repugnantes y extraños, todo lo que esos, así llamados, Grandes e
Importantes, pensaron y por añadidura escribieron nos deja fríos, así
Reger. Creemos siempre que podemos confiar en esos, así llamados,
Importantes y Grandes, lo que sean, en el momento decisivo, es decir, en el
momento decisivo para nuestras vidas, pero es un error, precisamente en el
momento decisivo para nuestras vidas todos esos Importantes y Grandes y,
como suele decirse, Inmortales, nos dejan solos, no nos dan más que
el hecho de que también entre ellos estamos solos, abandonados a
nosotros mismos en un sentido totalmente horrible, así Reger. única y
exclusivamente Schopenhauer me ayudó, porque sencillamente abusé de él
para mi objetivo de sobrevivir, así Reger a mí en el Ambassador. Si
todos los otros, incluidos por ejemplo Goethe, Shakespeare, Kant, me
repugnaban, me precipité sencillamente sobre Schopenhauer en mi
desesperación y me senté con Schopenhauer en el taburete del lado de la
Singerstrasse para poder sobrevivir, porque la verdad es que de repente
quería sobrevivir y no morir, no seguir a mi mujer en la muerte sino
quedarme ahí, permanecer en el mundo, me oye, Atzbacher, así
Reger en el Ambassador. Pero naturalmente sólo tuve con Schopenhauer una
oportunidad de sobrevivir porque abusé de él para mi objetivos y lo
falsifiqué realmente de la forma más innoble, así Reger, al
convertirlo sencillamente en un medicamento de supervivencia, lo que en
realidad no es en absoluto, lo mismo que tampoco los otros que ya he
nombrado. Nos confiamos durante toda la vida a los Grandes Ingenios y a los,
así llamados, Maestros Antiguos, así Reger, y nos vemos luego mortalmente
decepcionados por ellos, porque no cumplen su finalidad en el momento
decisivo. Atesoramos los Grandes Ingenios y los Maestros Antiguos y creemos
que podremos luego, en el momento decisivo de supervivencia, usarlos para
nuestros fines, lo que no quiere decir otra cosa que abusar de ellos para
nuestros fines, lo que resulta ser un error mortal. Llenamos nuestra caja
fuerte espiritual de esos Grandes Ingenios y Maestros Antiguos y recurrimos
a ellos en el momento decisivo para nuestras vidas; pero cuando abrimos esa
caja fuerte espiritual, está vacía, ésa es la verdad, nos quedamos ante
esa caja fuerte espiritual vacía y vemos que estamos solos y realmente por
completo sin recursos, así Reger. El hombre atesora en todos los campos
durante toda la vida y al final se encuentra vacío, así Reger, también en
lo que se refiere a su patrimonio espiritual. Qué monstruoso patrimonio
espiritual he atesorado, así Reger en el Ambassador, y al final me
encuentro totalmente vacío.
(.../...)
Thomas
Bernhard
Maestros
antiguos, 1985 (Alianza Tres 253)
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El
sótano
Todo es movimiento irregular y continuo,
sin dirección y sin objeto.
Montaigne
A los otros
hombres los encontré en la dirección opuesta, al no ir ya al odiado
instituto sino al aprendizaje que me salvaría, al ir, contra toda sensatez,
muy de mañana, no ya con el hijo del alto funcionario al centro de la ciudad
por la Reichenhaller Strasse, sino con el oficial de cerrajero de la casa de
al lado a la periferia, por la Rudolf-Biebl-Strasse, no tomando el camino a
través de los jardines descuidados y por delante de las artísticas villas,
al colegio de la gran y la pequeña burguesía, sino por delante del asilo de
ciegos y del asilo de sordomudos y por encima de los terraplenes del
ferrocarril y a través de los jardincillos de las afueras y por delante de
las vallas del campo de deportes de las proximidades del manicomio de Lehen,
a la Alta Escuela de los marginados y los pobres, a la Alta Escuela de los
locos y de los tenidos por locos del poblado de Scherhauserfeld, al barrio
absoluto de los horrores de la ciudad, fuente de casi todos los procesos
judiciales de Salzburgo, y al sótano como tienda de comestibles de Karl
Podlaha, que era un hombre aniquilado y tenía un sensible carácter vienés, y
que quiso ser músico y fue siempre un pequeño tendero. Los trámites de mi
admisión en su establecimiento fueron de lo más breve. El señor Podlaha
entró en la trastienda, en la que yo lo esperaba, y me echó una rápida
ojeada y dijo que, si quería, podía quedarme en seguida, y abrió la puerta
del armario y sacó uno de sus sobretodos y dijo que quizá me estaría bien
ese sobretodo, y yo me puse el sobretodo, y el sobretodo, desde luego, no me
estaba bien, pero podía llevarlo provisionalmente, varias veces dijo Podlaha
provisionalmente, y entonces reflexionó brevemente y me llevó, a través de
la tienda repleta de clientes, a la calle y a la casa de al lado, en la que
estaba instalado el almacén. Allí debía barrer yo, hasta las doce del
mediodía, con una escoba que mi patrón había descolgado súbitamente de la
puerta del almacén y me había puesto en la mano. A las doce, él, Podlaha,
hablaría conmigo de todo lo demás. Me dejó solo en el oscuro almacén, con su
mezcla perversa de olores y con la humedad de todos los almacenes de
comestibles, y tuve tiempo entretanto de meditar acerca de todo lo ocurrido.
Yo no había dejado en paz a la funcionaria de la oficina de empleo y, en una
hora, había conseguido lo que quería, un puesto de aprendiz en el poblado de
Scherzhauserfeld, ocuparme de forma útil, como pensaba, entre los hombres y
para los hombres. Tenía la sensación de haber escapado a uno de los mayores
absurdos humanos, el instituto. De pronto sentía que mi existencia era otra
vez una existencia útil. Había escapado a una pesadilla. Me veía ya
rellenando de harina y manteca y aúcar y patatas y sémola y pan las bolsas
de la compra, y era feliz. Me había vuelto en mitad de la Reichenhaller
Strasse y había ido a la oficina de empleo y no había dejado en paz a la
funcionaria. Ella me dio muchas direcciones pero, durante mucho tiempo,
ninguna en la dirección opuesta. Yo quería ir en la dirección opuesta. Le di
un barrido al almacén y, a las doce, cerré, como me habían encargado, y fui
a la tienda del otro lado, como habíamos convenido. El señor Podlaha me
presentó al dependiente (Herbert) y al aprendiz (Karl), y me dijo que no
quería saber nada de mí ni sobre mí, yo sólo tenía que cumplir las
formalidades y, por lo demás, hacerme útil. Realmente pronunció de pronto la
palabra útil de forma espontánea, sin ningún énfasis, como si la palabra
útil fuera una de sus palabras favoritas. Para mí fue mi lema. Había
terminado un período de inutilidad, me parecía, un período infeliz, una
época horrible. Tenía dos posibilidades, eso me resulta evidente todavía
hoy, una, matarme, para lo que me faltaba el valor, y/o dejar el instituto,
en un instante, y no me maté y me hice aprendiz. Las cosas seguían adelante.
En casa reaccionaron apáticamente (mi madre, mi tutor), y con la mayor
disposición para entender y comprender (mi abuelo). Se conformaron al
instante con la nueva situación, no hubo ni la discusión más mínima. Al fin
y al cabo, yo había estado ya durante muchísimo tiempo abandonado a mí
mismo. En ese momento vi claro qué solo había estado realmente. Coger mi
existencia y tirarla por la ventana o a los pies de mis parientes hubiera
tenido en cualquier caso el mismo efecto. Coloqué mi cartera de colegial,
como estaba, en un rincón y no la volví a tocar. La decepción de mi abuelo
la supo disimular bien por sí mismo; ahora soñaba con un hábil, gran
comerciante, en el que, según él, mi genio podría quizá encontrarse a sí
mismo de forma aún más ideal que con cualquier otra disposición intelectual.
Echó la culpa de mi fracaso a las circunstancias de la época, al hecho de
haber nacido yo en el más desgraciado de todos los períodos, directamente en
el abismo, del que, por lo que podía verse humanamente, no había ya
escapatoria. De repente los comerciantes eran para él, que durante toda su
vida los había odiado siempre y con todo el empeño de su experiencia, dignos
de estima, y un comerciante no carecía de grandeza. Por mi parte, no tenía
ninguna idea sobre mi futuro, no sabía lo que quería ser, no quería ser
nada; sencillamente me había hecho útil. De pronto e inesperadamente me
refugié en ese pensamiento. Durante años había ido a una fábrica de aprender
y me había sentado ante una máquina de aprender, que me había dejado sordos
los oídos y había hecho de mi razón una razón demente; ahora estaba de
pronto otra vez entre hombres, que nada sabían de esa fábrica de aprender y
no habían sido corrompidos por esa máquina de aprender, porque no habían
entrado en contacto con ella. Me gustaba lo que veía ahora, y me lo tomé en
serio. Los días en que había cientos de personas en la tienda y en que el
sótano era asaltado a las ocho de la mañana exactamente como una fortaleza
de comestibles por los hambrientos y los medio muertos de hambre, alternaban
con los días que pertenecían a los viejos solitarios y las mujeres
borrachas. El sótano como tienda de comestibles de Karl Podlaha era, sin
embargo, el centro del poblado; no había allí ningún otro lugar de
distracción, ningún hostal, ningún café, sólo los edificios construidos
exclusivamente para la aniquilación y el condicionamiento de sus habitantes,
con cuya monotonía y repulsividad todo el mundo, cualquiera que fuese su
temperamento, tenía que degenerar y extinguirse y perecer. Al sótano iban
las mujeres, aunque no tuvieran nada que comprar, absolutamente sin ningún
motivo para comprar, una y otra vez, de pronto, casi todas en cualquier
momento, por desconcierto, sólo para poder intercambiar unas palabras; era
ya evidente cuando aparecían en la escalera de cemento, y totalmente
evidente cuando habían bajado y entrado en el sótano, que sólo habían huido
de sus espantosos hogares buscando un consuelo, una posibilidad de vivir. El
sótano era, para muchas de esas personas del poblado, una y otra vez la
única y última salvación. Muchas habían convertido su visita al sótano en
costumbre y aparecían día tras día, no era por falta de dinero por lo que,
llegado el caso, entraban varias veces al día en el sótano, para comprar una
pequeñez, por ejemplo cincuenta gramos de mantequilla, sino porque, de ese
modo, tenían la posibilidad de bajar al sótano con intervalos más breves
que, según parecía, necesitaban para vivir, y de escapar a su entorno, en
muchos casos mortal. Sólo ahora, en esos días de mi nuevo entorno, tenía yo
otra vez acceso directo, inmediatamente directo a los hombres, ese acceso
inmediato, directo a los hombres no me era posible ya desde hacía años; mi
mente primero y luego también mi ánimo se habían asfixiado casi bajo el
manto mortal del colegio y las coacciones de su enseñanza, y todo lo que
estaba fuera del colegio y sus coacciones no lo había percibido durante años
mas que de forma imprecisa, a través de la niebla de lo que se enseñaba.
Ahora veía otra vez a los hombres y tenía contacto inmediato con ellos.
Había existido durante años en medio de libros y escritos y entre mentes que
no eran otra cosa que libros y escritos, en medio del olor enrarecido de una
Historia mohosa y desecada, continuamente como si yo mismo fuera ya
Historia. Ahora existía en el presente, en medio de todos sus olores y
grados de dureza. Había tomado esa decisión y hecho ese descubrimiento.
Vivía; durante años había estado muerto. La mayoría de mis cualidades, de
las ventajas absolutas de mi carácter, reaparecieron ya en mis primeros días
en el sótano, después de haber estado sepultadas durante años y cubiertas
por la repugnancia de los métodos de educación, se desarrollaron como por sí
mismas en el nuevo entorno, que estaba marcado por una parte por mis
compañeros de trabajo de la tienda, y por otra por los clientes como seres
humanos o por los seres humanos como clientes y, sobre todo, en la, como
observé en seguida, inmensa utilidad de las relaciones de tensión entre esos
dos grupos de seres humanos, en medio de las cuales yo realizaba mi trabajo,
un trabajo que me agradó desde el primer instante. Como empecé a trabajar
como aprendiz en el momento de un anuncio de distribución de víveres, mi
trabajo, sólo unas horas después de entrar como aprendiz, no consistió ya en
dar barridos y poner orden. Hacia la noche, cuando se hizo visible el
cansancio de mis compañeros, fui puesto ya a prueba y vendí, y superé la
prueba. Desde el principio no sólo quise ser útil, fui útil, y se apreció mi
utilidad, lo mismo que, hasta mi entrada en el sótano, se apreciaba mi
inutilidad.
(.../...)
Thomas
Bernhard
El sótano, 1976
(Anagrama 53)
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La
risa
Miguel
Sáenz
Fragmento de un
capítulo del libro Thomas Berhnard, Una biografía
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La
farsa de la desolación
Javier
Marías
Artículo publicado en
El País/Babelia en 1996 |
 

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Thomas
Bernhard nació el 9 de febrero de 1931 en Heerlen
(Paises Bajos) y murió en su piso de Lerchenfeldgasse 11, en
Gmunden, el 12 de febrero de 1989
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