De
una catástrofe a otra

-Uno
nunca sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué
es ¿no? Y como esto uno lo oye millones de veces en su vida, por poco que
ésta sea larga, acaba por no saber en absoluto quién es. Todos dicen
algo distinto. Incluso uno mismo está siempre cambiando de parecer.
-¿Hay seres de los que usted
dependa, que tengan una influencia decisiva en su vida?
-Uno siempre es dependiente de
las personas. No hay nadie que no dependa de algún ser. El hombre que
estuviera siempre a solas consigo mismo acabaría hundiéndose al cabo de
muy poco tiempo, se moriría. Yo soy de la creencia que para cada uno de
nosotros existen seres decisivos. Yo he conocido a dos en mi vida; mi
abuelo paterno y una persona a la que conocí un año antes de la muerte
de mi madre. Fue una relación que duró más de treinta y cinco años.
Todo lo que a mí se refería provenía de esta persona, de ella lo he
aprendido todo. Y con su muerte también desapareció todo. Entonces uno
se encuentra solo. Al principio a uno le gustaría morirse también;
después se pone a buscar. A todas las personas que todavía se tienen, a
las que se ha dejado olvidadas en el transcurso de la vida. Entonces se
encuentra uno muy solo. Hay que aprender a vivir con ello.
Cuando me encontraba solo, fuese
donde fuese, siempre he sabido que esta persona me protegía, me
mantenía, y también que me dominaba. Después, todo desapareció. Uno
está en el cementerio. Están cerrando la tumba. Todo lo que tuvo algún
significado se ha ido. Entonces se despierta cada día por la mañana con
una pesadilla. No se trata forzosamente de que se quiera seguir viviendo.
Pero uno tampoco quiere pegarse un tiro, o colgarse. A uno eso le parece
feo, y desagradable. Entonces sólo quedan los libros. Se precipitan sobre
uno con todos los horrores que en ellos se pueden escribir. Pero de
puertas afuera se sigue viviendo como si nada, para evitar que el entorno,
que siempre está al acecho de nuestras debilidades, nos devore. Por poco
que uno las deje aflorar, abusará de nosotros y nos sumergirá en un mar
de hipocresía. Entonces la hipocresía se llama compasión. Es la
definición más bella de la hipocresía.
Tal como he dicho antes, es
difícil, tras treinta y cinco años de convivencia con una persona,
encontrarse de repente solo. Esto sólo lo entienden las personas que han
vivido una experiencia parecida. Uno se vuelve de repente cien veces más
desconfiado que antes. Uno se vuelve más frío de lo que antes ya se le
catalogaba. Aún más reservado. Lo único que le salva a uno es que no
hay que morirse de hambre.
En realidad, lo que se dice
agradable, esta vida no lo es. Sin contar con la propia decrepitud. Un
derrumbe total. Uno sólo se mete en casas con ascensor. Ingiere un cuarto
de litro de vino para comer, otro cuarto para cenar. Más o menos se hace
soportable. Pero cuando para comer se bebe ya medio litro, entonces, se
pasa muy mala noche. La vida se reduce a este tipo de problemas. Tomar
pastillas, no tomarlas, cuándo tomarlas, para qué tomarlas. Uno va
enloqueciendo de mes en mes, porque las cosas se van embrollando.
-¿Cuándo tuvo usted alguna
alegría por
última vez?
-Uno se alegra cada día de
seguir viviendo y de no estar todavía muerto. Esto constituye un capital
inapreciable.
Aprendí, del ser que se me ha
ido, que uno se agarra a la vida hasta el final. En el fondo, todos
estamos contentos de vivir. La vida no puede ser tan mala hasta el puntode
no aferrarse a ella. La curiosidad es el estímulo. Uno desea saber:
¿qué más falta aún? Es más interesante saber lo que ocurrirá
mañana, que lo que está pasando hoy. Cuanto mayor se hace uno, más
interesante se vuelve la vida. Tras la destrucción del cuerpo, la mente
se desarrolla sorprendentemente bien.
Lo que más me gustaría es
saberlo todo. Siempre trato de robar a la gente, de sacarle todo lo que
lleva dentro. En la medida en que esto se puede practicar a escondidas.
Cuando la gente se da cuenta de que la estás robando, entonces se cierra.
Como cuando se ve a un sospechoso acercarse a la casa, se atranca la
puerta. Aunque también se puede forzar la puerta, cuando no queda más
remedio. Todo el mundo puede dejarse una ventana abierta en el desván.
Esto puede ser muy estimulante.
-¿Ha deseado usted alguna vez
fundar una familia?
-Sencillamente me he limitado a
sentirme feliz de sobrevivir. Fundar una familia, ni se me podía pasar
por la cabeza. No tenía salud, y por lo tanto, tampoco ganas de pensar en
estas cosas. No me quedó más alternativa que refugiarme en mi capacidad
de raciocinio, y tratar de sacarle algún provecho ya que mi cuerpo estaba
agotado. Estaba vacío. Y así ha seguido, durante años y años. ¿Es eso
bueno, o malo? ¿Quién lo sabe? Pero es una forma de vivir, La vida puede
asumir infinitas formas.
Mi madre murió a los cuarenta y
seis años. Fue en 1950. Conocí a mi compañera un año antes. Al
principio sólo fue una amistad y una relación muy fuerte con una persona
mucho mayor que yo. En cualquier lugar del mundo donde me encontrase, ella
era el punto central del cual yo lo extraía todo. Yo siempre sabía que
esta persona era totalmente mía en los momentos difíciles. No tenía
más que pensar en ella, sin siquiera buscarla, y todo se arreglaba.
Incluso ahora, sigo viviendo con esta persona. Cuando estoy preocupado
pregunto: ¿Qué harías tú? Así he conseguido apartarme de algunas
atrocidades integrales, que no se pueden excluir con la edad, ya que todo
está dentro de uno. Para mí, ella fue el elemento de moderación y de
disciplina. Y por otra parte también el elemento de apertura al mundo.
-En algún momento de su vida
¿se ha
sentido usted satisfecho?
-Nunca me he sentido satisfecho
de mi vida. Siempre me he sentido muy necesitado de protección. Con mi
amiga encontré protección, y siempre me impulsó a trabajar. Ella se
sentía feliz de verme hacer algo. Por eso fue maravilloso. Viajábamos.
Yo le llevaba sus pesadas maletas, pero aprendí muchas cosas, por poco
que se pueda decir esto refiriéndose a uno mismo, pues de todas maneras
siempre es poco, o casi nada. Pero para mí lo fue todo.
Cuando yo tenía diecinueve
años, en Sicilia, me enseñó donde vivía Pirandello, pero sin la
pedantería empalagoso de la persona muy culta. Como de pasada. Fuimos a
Roma, a Split, pero lo importante entonces eran sobre todo los viajes
interiores que hicimos. Vivíamos en un sitio perdido en el campo, con
mucha sencillez. Por las noches la nieve caía encima de nuestra cama.
Sentíamos esta predilección por la sencillez. Las vacas pastaban junto
al dormitorio, tocando a donde vivíamos, donde tomábamos la sopa
rodeados de libros.
-¿Usted está conforme con su
vida de
escritor?
-Bueno, uno siempre anhela
mejorar escribiendo, sino sería para volverse loco. Es un fenómeno que
aparece con la edad. Las composiciones deberían irse volviendo más
rigurosas. Yo siempre he tratado de mejorar progresando. Partir del
último paso para dar el siguiente. Evidentemente, los temas son siempre
los mismos, claro está. Cada uno sólo tiene su propio tema, y se mueve
dentro de él. Y entonces se hacen las cosas bien. Siempre se tienen
muchas ideas: hacerse monje, ferroviario, o leñador, quizá. Pertenecer a
la gente muy sencilla. Lo que evidentemente es un error, porque uno no
pertenece a ella. Cuando uno es como yo, no puede convertirse en monje o
en ferroviario, claro está. Siempre he sido un solitario. A pesar de este
fuertísimo lazo siempre he estado solo. Al principio, claro, aún creía
que tenía que ir a los sitios y participar. Pero por lo menos desde hace
un cuarto de siglo apenas me relaciono con otros escritores.
-Uno de sus temas principales es
la música.
¿-Qué significa para usted?
-Estudié música cuando era
joven. Me ha perseguido desde la infancia. Aunque siempre me ha gustado,
la música ha sido como una caza y un acoso para mí. Sólo estudiaba para
poder estar con gente de mi edad. Probablemente esta necesidad era la
consecuencia de mi relación con esta persona mucho mayor que yo. He
jugado, cantado, hecho teatro con mis colegas del Mozarteum. Después la
música se volvió imposible debido a motivos puramente físicos. Sólo se
puede hacer música cuando se está permanentemente con más gente. Como
precisamente era esto lo que yo no quería, el problema se resolvió por
sí solo.
-Sus ataques, principalmente
contra el Estado y contra la Iglesia,
son a menudo muy fuertes. En Extinción (Auslóschung)
describe usted el catolicismo como «lo que destruye el alma del
niño, lo que le asusta, lo que anega su carácter». Para usted,
su país, Austria se ha convertido en «un negocio sin
escrúpulos donde sólo se comercia con todo y donde todos
estafan a todos por todo». ¿ Escribe usted desde una posición de odio
universal?
-Yo amo a Austria. Esto no se
puede negar. Pero la estructura del Estado y de la Iglesia es tan horrible
que sólo se puede odiarla.
Soy de la opinión que todos los
países y todas las religiones, a la que se los conoce de cerca, son igual
de horribles. Con el tiempo se descubre que la estructura es en todas
partes la misma, tanto en las dictaduras como en las democracias; en el
fondo, para el individuo son igual de horribles. Por lo menos vistas de
cerca. Pero más vale no dejarse llevar y no proclamar este tipo de cosas,
para que no me echen los perros.
-¿Para usted no es importante el
reconocimiento, como escritor y como
ser humano en su propia patria?
-El hombre, desde el principio,
está sediento de amor por naturaleza. Sediento del cariño, del don que
el mundo tiene por ofrecer. Cuando a uno le privan de esto, por mucho que
repita mil veces que es un ser frío, que nada ve ni nada oye, le golpea
con toda dureza. Pero esto es así, es inevitable. Cuando se dan voces en
el bosque, el eco las devuelve. Cuando se conoce el bosque, también se
conoce el eco. En el fondo, tambie@n se está enamorado del odio y del
desdén.
-¿Es quizá por esta razón que
de entrada, en sus libros, empieza
usted por hacer tabla rasa? Da la
impresión de un ajuste de cuentas algo brutal con determinadas personas.
¿Recibe usted las reacciones consecuentes ?
-Sí. A veces se vuelve casi
insoportable. Ayer, cuando estaba en la ciudad, una mujer se me echó
literalmente encima. Se puso a gritar: «Si sigue usted por este camino
reventará». Se está indefenso ante este tipo de cosas. O, por
ejemplo, está uno tranquilamente sentado en un banco en el parque, y
recibe de repente un golpe por la espalda. Aún no has tenido tiempo de
reaccionar y apenas alcanzas a oír cómo alguien grita: «Muy bien,
siga por este camino.» Uno mismo provoca estos incidentes. Lo que
pasa, es que no se contaba con ello. Apenas puedo seguir viviendo en
Ohlsdorf, mi lugar de residencia. Los atropellos por todas partes se me
hacen insoportables. Por lo demás, las alabanzas son tan siniestras,
falsas, hipócritas y egoistas como los insultos. Se da el caso, que la
gente, si no abro en seguida la puerta, se enfada y me rompe los
cristales. Primero llaman, después pican, después gritan, y acaban
rompiéndome las ventanas. Después se oye el rugido de un motor que se
aleja. Porque fui lo suficientemente estúpido, hace veintidós años, de
dar mi dirección, ahora ya no puedo seguir viviendo en Ohlsdorf. La gente
se sube al muro que rodea mi casa. Cuando por la mañana bajo hasta el
portal, ya hay gente encaramada. Dicen que quiere hablar conmigo. O, los
fines de semana, la gente va a ver al escritor, como antes iban al parque
a ver los monos. Esto es más divertido. Se acercan hasta Ohlsdorf y
asedian mi casa. Yo los observo escondido detrás de las cortinas como un
preso o como un loco. Insoportable. Desde hace doce años ya no doy
más,conferencias. Ya no me siento capaz de sentarme y ponerme a leer mis
cosas. Tampoco soporto a la gente que aplaude. El aplauso es la recompensa
del actor. Vive de ello. Yo, por mi parte, prefiero las transferencias de
mi editorial. Pero las marchas, los desfiles y la gente que aplaude en los
teatros o en los conciertos me son insoportables. Las calamidades siempre
las provoca la masa enfervorizado que aplaude. Todos los horrores
provienen de los aplausos.
-Usted ha dicho, en Extinción que
uno debería dejarse erigir en viejo bufón a los cuarenta. ¿Por
qué?
-Este método es el único que
permite soportarlo todo. Usted me ha preguntado por la imagen que tengo de
mí. Sólo puedo decir lo siguiente: la del bufón. Entonces funciona. La
imagen del bufón, del viejo bufón. Un bufón joven carece de interés,
ni siquiera se le reconoce como bufón.
-¿Fue para usted la escritura,
sobre todo en sus libros primerizos
como El Aliento o El Frío , también un medio de superar su
enfermedad?
-Mi abuelo era escritor. Hasta
después de su muerte no me atreví a ponerme a escribir. Cuando yo tenía
dieciocho años, se descubrió en el ,pueblo donde había nacido mi abuelo
una placa en recuerdo suyo. Después de la ceremonia todos fueron al
albergue de mi tía. Yo también estaba allí, y mi tía, dirigiéndose a
unos periodistas que cubrían la información, dijo: «Allí está el
nieto, que nunca será nada, aunque a lo mejor también sabe
escribir». Entonces uno dijo: «Mándemelo el lunes». Así
recibí el encargo de escribir sobre un campo de refugiados. Al día
siguiente mi reportaje ya figuraba en el diario. No he vuelto a sentirme
tan entusiasmado en mi vida. Es una sensación maravillosa: escribir algo
que se imprime durante la noche, aunque sea mutilado y recortado. Pero en
fin, ahí estaba. De Thomas Bernhard. ¡Sangre había sudado para
escribirlo! Durante dos años escribí la crónica judicial, que me
volvió a la memoria cuando me puse a escribir prosa. Un tesoro
inestimable. Creo que de ahí surgen mis raíces.
-¿Qué siente ahora, cuando
críticos como Reich-Ranicki o
Benjamín Henrichs escriben sobre usted con admiración?
¿También se siente entusiasmado?
-Con las críticas no me he
vuelto a entusiasmar más. Al principio, sí, porque me las creía; pero
cuando se llevan treinta años viendo estos cambios de valoración, estas
devoluciones de favores con intereses, uno acaba descubriendo los
mecanismos. Uno manda a su criado y le dice: «Ahora quiero que me hagas
una crítica negativa». Así funciona.
-¿Le molestan las críticas
feroces?
-Sí, hoy en día todavía sigo
cayendo en todas las trampas. Los periódicos siempre me han fascinado,
desde mi juventud hasta hoy. Apenas puedo soportar un día sin
periódicos. Al cabo del tiempo se acaba conociendo a la gente en las
redacciones. A lo mejor no los he visto en mi vida, pero sé cuáles son
los entresijos de un teatro, el trasfondo de una redacción, conozco a los
editores, a los lectores, los negocios. El espíritu siempre se pierde por
el camino, el sabor también se queda en el camino, y la poesía. Por
encima pasan los ejércitos de redactores y críticos. Pasan por encima de
los cadáveres de todos los que hacen algo creativo. Volvemos a topar con
algo fascinante: me hiere, pero ya no me molesta en mi trabajo.
-En una conferencia usted
dijo: «Nada tenemos que decir, excepto que somos
miserables». ¿Escribe usted para dejar constancia de sus derrotas?
-No. Todo lo que hago, lo hago
sólo para mí. Todo el mundo lo hace todo sólo para sí, tanto el
funámbulo, como el panadero, o el revisor de tren, o el acróbata del
aire. Con la salvedad de que en las acrobacias aéreas, durante el
espectáculo, el público mira al cielo, y, mientras el aeroplano está
volando la gente ya espera que se estrelle. Con los escritores pasa lo
mismo, con una diferencia importante: mientras el aviador sólo se
estrella una vez, en cuyo caso suele matarse o quedar muy mal parado, el
escritor también suele salir muerto o mal parado-, pero siempre resucita.
Siempr e vuelve a dar el espectáculo. Y cuando más viejo se hace, más
alto vuelta, hasta que un día se le pierde de vista. Entonces la gente se
pregunta: ¡Qué raro! ¿Cómo es que no se ha vuelto a
estrellar?
Yo gozo escribiendo, lo que no es
nada nuevo. Escribir es el único lazo que todavía me ata. Claro que la
cuerda está algo deshilachado. Pero en fin, así es. Nadie es eterno.
Pero mientras dure mi vida, viviré escribiendo. La escritura es mi
existencia. Hay meses, o años, en los que no puedo escribir. Es horrible.
Pero en algún momento siempre vuelve, y entonces algo se fragua. Este
ritmo es terrorífico y extraordinario a la vez: es algo que los demás
probablemente no conocen.
-En sus libros, salvo contadas
excepciones, no da usted una imagen muy
favorable de la mujer. ¿Es un fiel
reflejo de su experiencia personal?
-Sólo puede decir que, desde
hace un cuarto de siglo, me relaciono exclusivamente con mujeres. No
soporto a los hombres, ni las conversaciones de hombres. Me vuelven loco.
Los hombres siempre hablan de lo mismo: de su profesión o de mujeres. Es
imposible escuchar algo original en boca de los hombres. Las reuniones de
hombres me son insoportables. Prefiero la cháchara de las mujeres. Para
mí, las únicas relaciones provechosas han sido con mujeres. Después de
mi abuelo, lo he aprendido todo con las mujeres. No creo haber aprendido
nada de los hombres. Los hombres siempre me han puesto de mal humor.
Curioso. Después de mi abuelo, se acabó, ni un hombre más. Siempre he
buscado protección y salvación entre las mujeres, que también se han
mostrado superiores a mí en muchas cosas. Y además saben dejarme en paz.
Yo puedo trabajar rodeado de mujeres. En cambio, sería totalmente incapaz
de producir nada en un entorno de hombres.
-Tras la muerte de la compañera
de su
vida, ¿existe alguien de quien usted no puede prescindir?
-No, podría rodearme de cientos
de personas, bailar en mil bodas, pero no imagino nada peor. Hace poco
soñé que el ser que perdí, volvía. Yo le dije: «el tiempo que no
has estado aquí ha sido el más horríble». Como si sólo hubiese
sido un intermedio y los muertos ahora siguieran viviendo conmigo. Fue
algo tan fuerte, irrepetible. Ya no es posible. Ahora me sitúo en el
punto de vista del espectador, en un ángulo muy cerrado desde donde
observo el mundo. Punto.
-¿Cree usted en la posibilidad
de otra
forma de existencia tras la muerte?
-No. Gracias a Dios no. La vida
es maravillosa, pero lo más maravilloso es pensar que tiene fin. Este es
el mejor consuelo que me guardo en la manga. Pero tengo muchas ganas de
vivir. Siempre las he tenido, salvo en los momentos en que he acariciado
la idea del suicidio. Me ocurrió a los diecinueve años, otra vez a los
veintiséis con muchas fuerza, y otra más a los cuarenta. Ahora,
sin-,embargo, tengo ganas de vivir. Cuando se ha visto a alguien que se
está muriendo, agarrarse con todas sus fuerzas a la vida, se comprende
esto.
Lo más extraordinario que me ha
ocurrido en mi vida es sostener la mano de este ser en mi mano, notar su
pulso, notar que late más despacio, notar otro latido más lento aún, y
se acabó. Es tan increíble. Cuando todavía retienes su mano entre las
tuyas, entra el enfermero con la etiqueta numerada para el cadáver. La
enfermera le vuelve a echar, diciendo: «Vuelva un poco más tarde». En
seguida te vuelves a enfrentar a la vida. Uno se levanta sin hacer ruido,
recoge las cosas; entre tanto vuelve ya el enfermero y pone la etiqueta
numerada en el dedo gordo del pie del cadáver. Acabas de vaciar el
cajoncito de la mesita de noche, y la enfermera dice: «También tiene
que llevarse el yogurt». Fuera croan los cuervos. Como en una obra de
teatro.
Entonces aparece la mala
conciencia. Los muertos le dejan a uno con un inmenso sentimiento de
culpa.
Me siento incapaz de volver a los
sitios donde estuve con ella, donde escribí mis libros. Yo he escrito
todos mis libros en lugares diferentes: en Viena, en Bruselas, en
cualquier lugar de Yugoslavia, en Polonia. En sentido estricto, tampoco he
tenido nunca mesa de escribir. Si se me daba escribir, me daba lo mismo
donde lo hacía. Incluso he escrito sumido en el máximo ruido ' Nada me
molestaba. Ni el ruido de una grúa, ni los gritos de la multitud, ni los
chirridos de un tranvía, ni una lavandería o un matadero debajo de mi
piso. Siempre me ha gustado trabajar en países donde no entiendo el
idioma. Es un estímulo increíble.
Sentirme perfectamente en mi casa
en medio de la extrañeza más absoluta. Para mí lo ideal era alojarnos
en un hotel; y mientras mi amiga paseaba durante horas, yo podía
trabajar. A menudo, sólo nos veíamos durante las comidas. Verme
dispuesto a trabajar la llenaba de felicidad. Nos quedábamos con
frecuencia cinco meses, o más, en un país. Eran los momentos
culminantes. Muchas veces, cuando se escribe, se tiene una sensación
maravillosamente bella. Si además se puede compartir con alguien que sabe
apreciarla y que sabe dejarle a uno en paz, es perfecto. Nunca he tenido
mejor crítico que ella. Nada que ver con las tonterías de la crítica
oficial que no profundiza. Esta mujer sacaba siempre una crítica fuerte,
positiva, que me era útil. Ella me conocía a fondo. Con todos mis
errores. Lo echo de menos.
Me sigue gustando estar en
nuestra vivienda de Viena. Allí me encuentro protegido, probablemente
porque vivimos allí muchos años juntos. Es el único nido que queda de
toda nuestra vida en común. El cementerio tampoco está lejos.
Es una gran ventaja haber vivido
esto una vez en la vida. Las cosas después ya no te afectan. Dejas de
interesarse por el éxito o por el fracaso, por el teatro o por los
directores, por los redactores o por los críticos. En realidad a uno ya
no le importa nada. Lo único, es tener todavía dinero en el banco para
poder seguir viviendo. Por lo demás mi ambición ya no era lo que había
sido, pero con su muerte también se acabó. Nada te conmueve. Sigues
disfrutando con los filósofos antiguos, con algunos aforismos. Es
parecido a refugiarse en la música: durante unas pocas horas se puede
llegar a tener un excelente humor. Todavía tengo algunos planes: antes
tenía cuatro o cinco, ahora sólo me quedan dos o tres. Pero no son
imprescindibles. Ni yo, ni el mundo los estamos reclamando. Si tengo ganas
todavía haré algo, si no las tengo, o me faltan las fuerzas, pues se
acabó. Qué más da lo que yo escriba; en resumidas cuentas siempre son
catástrofes. Esto es lo deprimente del destino del escritor: nunca
consigues trasladar al folio lo que has pensado o imaginado; la mayoría
se pierde durante el traslado. Lo que llegas a plasmar no es más que un
pálido y ridículo reflejo de lo que habías imaginado. Esto es lo que
más deprime a un autor como yo. En el fondo no puedes comunicarte.
Todavía no lo ha conseguido nadie. En alemán mucho menos; es una lengua
envarada y torpe, en el fondo horrible. Es una lengua espantosa que mata
todo lo que es ligero y maravilloso. Lo único que se puede hacer, es
sublimarla con el ritmo, confiriéndole musicalidad. Lo que escribo nunca
corresponde a lo que he imaginado. Los libros deprimen menos, porque uno
se imagina que el lector pone más fantasía y a lo mejor consigue que el
texto cobre vida. En cambio en el escenario, en el teatro, lo único que
se levanta es el telón. Sólo quedan los actores que, durante meses y
meses, han sufrido hasta la noche del estreno. Ellos deberían representar
a los personajes que uno ha imaginado. Pero no lo consiguen. Estos
personajes que en mi mente todo lo podían, de repente se componen de
carne, huesos y agua. Son torpes. Yo había concebido la obra como algo
grandioso, poético; pero los actores no son más que unos intérpretes
profesionales, unos traductores. Una traducción poco tiene que ver con el
original. Por la misma regla de tres, la representación de una obra en el
escenario, poco tiene que ver con lo que pasó por la cabeza del autor.
Las tablas, que, dicen, son una representación del mundo, para mí, sólo
han sido eso, tablas; unas tablas que me lo han detrozado todo. El teatro
todo lo pisotea. Siempre es una catástrofe.
-Sin embargo usted sigue
escribiendo, tanto libros como obras dramáticas. ¿De catástrofe en
catástrofe?
-Sí.