La risa

Thomas Bernhard(.../...)
Sin embargo, el humor de Bernhard -hay que repetirlo - era peculiar. Hacer subir a un escenario a catorce inválidos Una fiesta para Boris puede no ser la idea que todo el mundo tenga de una comedia divertida. Y el propio Bernhard, en sus declaraciones, parecía complacerse en hechos y sucesos que el común de los mortales no suele considerar tan cómicos. «Se ríe con frecuencia, sobre todo cuando cuenta anécdotas macabras», escribe la periodista Rita Cirio, y, hablando con ella, Bernhard, después de narrar el grotesco suicidio de su amigo el escritor Gerhard Fritsch, «recuerda con mucho gusto las catástrofes y desgracias de sus actrices durante la representación de su primera obra; una tuvo un infarto antes del estreno y su sustituta se rompió una pierna y tuvo que interpretar el papel con muletas». Otra de las cosas que, al parecer, divertían mucho a Bernhard era que todos sus traductores se le morían...« Para él, lo más cómico parecía ser la certidumbre de la muerte, lo que -según Dowden- «no es cómico porque sea divertido... sino porque la vida se convierte en una broma siniestra. La broma consiste en que no es posible que tenga otro significado más importante, trágico o de cualquier otra clase. La comedia surge cuando la gente trata de darle un significado o llega a convencerse de que el mundo le reserva algo».

El de Bernhard es un humor negro, cruel, a veces buñuelesco; si se quiere, bastante español. (Ello podría explicar en parte el éxito de Bernhard en España, si no fuera porque sus obras teatrales, que es en donde mejor se aprecia, no lo han tenido.) Un humor que participa de la muy alemana schadenfreude (alegría por el mal ajeno) y del no menos alemán galgenhumor (humor amargo en una situación desesperada). Bernhard cree que el hombre no se ríe más que del prójimo, de su desgracia. En su Monólogo en Mallorca dice: «El material jocoso está siempre ahí cuando hace falta, donde hay un defecto, alguna deformidad física o mental... Cuando mi abuela se quemaba con la placa de la cocina, yo me reía como un loco». Y de niño, al parecer, dar sustos de muerte a su abuela era una de sus diversiones favoritas.

A Krista Fleischmann le dice también: «Cuando me aburro o cuando, por alguna razón, atravieso un período trágico, abro un libro mío y eso es lo que más me hace reír... se trata de un programa cómico filosófico que de algún modo inauguré hace veinte años, cuando empecé a escribir». Para él, Schopenhauer y Kant son los grandes payasos de la historia. «Es decir, en el fondo los más serios. También Pascal... demencialmente cómicos.»

De sus novelas, la más divertida es probablemente Maestros antiguos, que lleva el subtítulo de «Comedia» y es también - característicamente- la última que escribió. La decena de páginas que en ella dedica a Adalbert Stifter y la media docena en que arremete contra Heidegger figuran entre las más abiertamente satíricas de Bernhard. Y si la invectiva contra Stifter -«Lo más incomprensible en Stifter es su fama... porque su literatura es cualquier cosa menos incomprensible» - puede no funcionar muy bien fuera del ámbito germánico, al ser Adalbert Stifter prácticamente desconocido, la ridiculez de Heidegger resulta universalmente comprensible y es, posiblemente, lo más destructivo que se haya escrito nunca contra él: «Heidegger era un charlatán del mercado filosófico, que sólo llevaba al mercado género robado, era y es el prototipo del repensador, al que le faltaba todo, pero realmente todo, para pensar por sí mismo. El método heideggeriano consistía en hacer de grandes pensamientos ajenos, con la mayor falta de escrúpulos, pequeños pensamientos propios Heidegger es el filósofo en zapatillas y gorro de dormir de los alemanes, nada más».

Maestros antiguos es también interesante porque en ella se ve claramente que Bernhard no se contentaba sólo con «dejar caer» en sus obras nombres famosos (aunque fuera para destrozarlos), sino que utilizaba con frecuencia lo que en novela policíaca se llama un «arenque rojo» o, en las películas de Hitchcock, un MacGuffin: algo que se hace creer al lector/espectador que es importante para la historia.... aunque realmente no lo es. En Maestros antiguos ese MacGuffin es El hombre de la barba blanca, de Tintoretto.

El Retrato de un hombre de barba blanca (que es como en realidad se llama) del Kunsthistorisches Museum de Viena, pintado hacia 1570, representa a un veneciano importante de aspecto rústico y nariz de payaso. Desproporcionado y con la barba resuelta a base de frotados y voladuras convencionales, nada parece justificar la fijación de Reger/Bernhard, porque en la misma sala hay otros tintorettos infinitamente superiores: el de un hombre de barba blanca en una silla de brazos (que no es el mismo), el del hombre de la armadura dorada, el de Sebastiano Venier (que mandó la flota veneciana en Lepanto) o -sobre todo- el de Lorenzo Soranzo. (Lo más curioso es que ese MacGuffin ha funcionado de formas que Bernhard no podía sospechar siquiera: en 1985, Jean-Louis de Rambures, en las página s de Le Monde, parecía creer que el retrato era una invención de Thomas Bernhard, y en España, la ilustración que publicó El Mundo de la crítica del libro no correspondía al verdadero cuadro.)

Los MacGuffin de Bernhard, mezcla de esnobismo cultural e ironía, son frecuentes en sus libros: aloploides, anticuerpos, datura stramonium... A veces se justifican por la «historia», como el método de Urbantschtisch (uno de los fundadores de la otología moderna), en La Calera, o son visibles sólo para los iniciados (la figura ausente de Ludwig Wittgenstein en Corrección); pero otras veces forman una auténtica bandada de arenques rojos: en la primera página de Extinción Bernhard sitúa su relato «Amras» (que prefería a cualquier otro) a la altura de El proceso de Kafka, el Siebenkäs de Jean Paul, La portuguesa de Musil y Esch o la anarquía de Broch...

© Miguel Sáenz
Thomas Bernhard, Una biografía, 1996 (Ediciones Siruela)

 

 La farsa de la desolación

Thomas BernhardHay escritores horribles, malos, pasables, buenos y excelentes. Los hay incluso, geniales. Pero también hay otros en los que su calidad es un asunto secundario, aunque sin duda se les reconozca. Son los escritores que crean adicción, o dicho de otra forma, con los que el lector establece una relación más parecida a la del hincha de fútbol con su equipo o a la de la quinceañera con su ídolo musical. De esos autores se lee todo y se quiere siempre más; se atiende y hasta se recorta cuanto se publica sobre ellos, se guardan las entrevistas y las reseñas de sus obras; se compran grabaciones o vídeos si los hay: fácilmente se convierte uno en coleccionista. Estos escritores son rarísimos, más infrecuentes incluso que los geniales, y ya es decir. Y la falta de textos suyos se vive como una privación. Así, cuando mueren -si estaban vivos-, el lector adicto puede sentir algo muy próximo a la desgracia personal, aunque jamás haya visto en persona al difunto. Para mi, como para mucha otra gente de toda Europa, Thomas Bernhard ha sido el penúltimo escritor de esta índole, muy peligrosa, por cierto, para el lector que a su vez es escritor, pues puede verse irremisiblemente contagiado en su escritura por un influjo tan poderoso como buscado. Más aún en el caso de Bernhard, cuyo estilo es enormemente pegadizo, como una inoculación. Buena prueba de ello es la extraña y lamentable escuela que ha creado en nuestro país, donde desde hace algún tiempo abundan las novelas contaminadas por Bernhard y los novelistas que creen que basta con despotricar de todo y mostrarse coléricos, resentidos y negativistas para hacer buena literatura. Como sucede con Kafka, Joyce o Beckett, lo peor de ellos son los kafkianos, los joyceanos y los beckettianos, su verdadero azote. Sólo señalaré un rasgo de Bernhard que cada vez he visto más en sus escritos y que precisamente parece pasar inadvertido para la mayoría de los bernhardianos, quienes se lo toman con una solemnidad de espanto y una literalidad propia de párvulos: su sentido del humor. Es más, hoy lo veo como un escritor esencialmente cómico, y que por eso, con ser desolador, no resulta casi nunca deprimente ni sórdido, cosas bien distintas. Basta con saber que gran parte de su autobiografía era falsa -y por tanto dickensiana-, o con leer Trastorno o Maestros antiguos o El malogrado, para sospechar que el ceño de Bernhard no se diferenciaba mucho del que solía fruncir aquel "malo" alto y grandón de las películas de Charlot, aprovechándose de sus disparatadas cejas. Lo que hay en él es sobre todo la desolación de la farsa, o si se prefiere, la farsa de la desolación. Y como buen adicto, y para no saberme definitivamente privado de Bernhard, aún tengo sin leer su última novela, Extinción, para cuando se me haga en verdad insoportable la necesidad de una generosa dosis.

© Javier Marías
El País/Babelia, 1996

 

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