trás la huella ensoñada

Bruce Chatwin

La sonrisa, añadí, era como un mensaje de la edad de oro.
Me había enseñado a rechazar drásticamente todos los argumentos en favor de la perversidad intrínsica de la naturaleza humana.
La idea de retornar a la "simplicidad original" no me parecía ingenua ni anticientífica ni desconectada de la realidad.

 

 

Bruce Chatwin

 

El virrey de Ouidah

Un amanecer despertó sobre un tramo de terreno rocoso y, al mirar de soslayo, tuvo la sorpresa de ver, tan lejos del agua, una rana verde que se agazapaba bajo el brazo de un cacto.  Su lomo tenía el color de la hierba fresca, su panza era de color malva, y cuando se arrastraba, debajo de sus patas se vislumbraban fugazmente manchas naranja y turquesa.

Hostigó a la rana con una vara.  Aquélla se puso rígida de miedo.  Observó cómo sus ojos viraban del plateado al púrpura.  Cogió una piedra y la machacó hasta reducirla a un pringue veteado de sangre y, durante una semana integra, lamentó lo que había hecho.

Su esposa esperaba un hijo.

Las mujeres de la aldea vinieron con consejos, con manojos de ruda para alejar las brujas, y con un crucifijo para colocar debajo del colchón.  Pero la perspectiva de presenciar el parto le repugnaba.  Inventó una excusa para salir de viaje y, después, nunca pudo creer que esa criatura que cerraba los dedos alrededor del suyo fuera su propia hija.

Una tarde él estaba solo en la casa cosiendo un remiendo a la frontalera de una cabezada de cuero.  La lluvia azotaba las tejas del techo y abría canales sinuosos en la tierra.  De cuando en cuando alzaba la vista y miraba pasar las nubes negras por el marco de la ventana.  De pronto, el gato se fue a sentar sobre el antepecho.

Siguió cosiendo, pero el gato miraba fijamente en dirección a él.  Cuando maulló, sintió como si un escalpelo le estuviera raspando el interior del cráneo.  El gato brincó y empezó a afilarse las uñas contra sus pantalones. Él se estremeció cuando la cabeza le frotó la pantorrilla.  Con una mano lo cogió por debajo de las patas delanteras, con la otra buscó un cuchillo.

La sangre se le adhirió a las manos, cálida y pegajosa.  Limpió las gotas oscuras que se coagulaban sobre el suelo.  Depositó el gato sobre la silla de montar y partió a caballo para deshacerse de él.  Entonces permaneció durante horas, irremisiblemente solo, bajo el chaparrón.

La mujer buscó el gato pero no tardó en olvidarse de él.

Una tarde ella arrebujó a la cría en la cuna y, con un cántaro haciendo equilibrio sobre la cabeza, fue a llenarlo nuevamente en la cisterna. Él observó cómo se alejaban, dos siluetas ondulantes, perdiéndose por un callejón de pitas rumbo a un crepúsculo anaranjado.  Se quedó sentado, saboreando el silencio, y luego empezó a puntear la guitarra.  La cria lloró. Él dejó de tocar y la cría se calló.  Pero cuando volvió a tocar las cuerdas, los llantos se redoblaron.

Alzó la guitarra sobre la cuna, esperó oír el crujido de la madera astillada, y entonces se contuvo y la quebró sobre su rodilla.

Se fue antes de que la mujer volviera.

Bruce Chatwin
El virrey de Ouidah, 1980
(Traducción de Eduardo Goligorsky, Muchnik Editores, Literatura 14)

Los trazos de la canción
Puerto de Sydney

Bruce Chatwin

En la Patagonia
95

Bruce Chatwin

 

7 Fotografías

Fotografías y Cuadernos de Viaje, 1993
(Anaya & Mario Muchnik)

 

Vagabundear por la memoria

© Christian Kupchik, 1988

QUIMERA Nº 83

 

Ve tú por mí
I
sabel Bono

Bruce ChatwinLa primera vez que lo vi, su foto en blanco y negro me miraba fijamente desde el estante de una librería de segunda mano. Los demás libros estaban de canto. Sin duda el librero confiaba más en el magnetismo del autor.

Me acerqué, busqué simetrías en su cara. A la izquierda punzante, agudo, enérgico. A la derecha pensativo, reservado, casi cruel. Le di la vuelta al libro: Bruce Chatwin, Los trazos de la canción. Nunca había oído hablar de él. Abrí una página al azar:

"¿Por qué, se preguntaba, un hombre que tiene suficientes medios para seguir viviendo se siente impelido a distraerse con largos viajes por mar? ¿Para residir en otra ciudad? ¿Para ir en busca de una bicoca? ¿O para participar en la guerra y romper cabezas? ¿Acaso, me preguntaba, nuestra necesidad de distraernos, nuestra manía por lo nuevo, era, en esencia, un impulso migratorio instintivo afín al que experimentan las aves en otoño?"

Pagué las 550 pesetas y salí de allí con una piedra caliente por corazón.

Los trazos de la canción me llenó la cabeza de preguntas sin respuesta. Después llegaron Utz, Colina negra y En la Patagonia.

Decir Patagonia es nombrar el punto más allá del cual nadie puede ir. Tierra de nadie, llanuras vacías, silencio absoluto, libertad. Por supuesto es mi imaginación la que habla.
Técnicamente es la región más austral del planeta formada por suaves llanuras y paisajes salvajes, donde se unen realidad y mito.
Los primeros que llegaron la llamaron Tierra del Diablo. Cuando Darwin descubrió que era un cementerio de huesos de mamíferos prehistóricos y bosques petrificados se la tomó por un País de las Maravillas.

La obra de Chatwin, que es sobre todo pictórica, encontró su equivalente en los cuadros de Eileen Gray, una artista exiliada afincada en París. Chatwin vio un cuadro de Gray cuando fue a su piso para escribir un artículo sobre ella: un mapa de la Patagonia. Ambos querían ir. Gray dijo: "Yo ya soy demasiado vieja. Ve tú por mí."

Chatwin, sin duda, metió en su mochila una lata de sardinas y media botella de champán, y dijo que el libro sería un intento de dar una visión cubista de la región. Describirá lo que vea y oiga a su alrededor pretendiendo evitar escribir sobre lo que siente.
Así nos descubre que los habitantes de la Patagonia no eran parte de una nación sino una colección de expatriados y exiliados que se sentían más cómodos consigo mismos cuando estaban en el extranjero. Y otra vez: "¿Por qué deambulan los hombres en lugar de estarse quietos?"

A Chatwin sólo lo he visto en foto fija y en blanco y negro. Por eso no soy capaz de imaginarlo hiperactivo: "No solía quedarse quieto: ni en el mismo cuarto, ni en la misma ciudad ni en el mismo país." Muchos escritores creen que existe un lugar perfecto para crear. Puede que fuera su caso.

Bruce Chatwin murió, no sé si habiendo encontrado respuestas, en enero de 1989 con 48 años y 6 libros escritos. Lo que sí sabemos es que sus libretas de apuntes están llenas de aproximaciones:

"Esta vida es un hospital en el cual a cada enfermo lo posee el deseo de cambiar de cama. Uno preferiría sufrir junto a la estufa. Otro cree que se recuperaría si descansara junto a la ventana. Yo pienso que sería feliz en aquel lugar donde casualmente no me encuentro, y este asunto de cambiar de casa es el tema de un diálogo perpetuo que mantengo con mi alma." Eran palabras de Baudelaire.

Chatwin fue famoso tanto por la intensidad de su presencia como por sus ausencias.

Me acuerdo ahora de George Sand: "¿Por qué viajar cuando no se está obligado a hacerlo?" Quizá la respuesta no sea más que aquellos versos de Marcel Wauters: "Alarga la mano a través de la pared / Más allá del país del tiempo hay arena".

© Isabel Bono

Publicado en el nº1 de la revista "Polibea Turismo" en el invierno del 2002

Página de Isabel Bono

Chatwin, el nómada
M
ario Muchnik

Bruce ChatwinRaramente se da en la literartua un caso tan clamoroso de desequilibrio entre el reconocimiento de un genio dentro de un ámbito cultural y su inexistencia dentro de otro como Bruce Chatwin. Raramente se da en la historia ejemplo tan irremediable de aislamiento como el de los profesionales españoles con respecto a Chatwin. Raramente la ceguera de la crítica literaria española ha sido capaz de dejar a su público en tinieblas tan espesas. Raramente nos toca ser testigos del hundimiento, probablemente definitivo, de una obra mayor como la de Chatwin a causa de la insensibilidad de quiEnes habrían podido ser sus salvadores.

Se ha comparado a Chatwin con otros escritores: Rushdie, Barnes, Mo, etcétera. Sin embargo, de nadie se ha llegado a decir, como de él dijo Andrew Harvey: "A casi todos los escritores de mi generación en algún momento les habría gustado ser Bruce Chatwin, les habría gustado que de ellos se hablara como se hablaba de él, con ronca envidia; les habría gustado sobre todo, haber escrito sus libros".

Sin entrar en el resbaladizo terreno del análisis literario, Chatwin era uno de esos narradores natos en quienes una o dos veces por siglo se da la armonización de un determinado tipo de literatura con un determinado tipo de vida. Chatwin era un nómada. Su único lujo era su mochila, de finísima y suave piel de ante. Sus llamadas, invariablemente sorpresivas venían de Kenia, Atenas, Nueva York o Perpiñán. Anunciaba su paso por Barcelona por las razones más insólitas, como cuando pasó por mi editorial para cobrar unos derechos con los que salió disparado a comprarse una tabla de surf, tabla que puso a prueba a las pocas horas en la zona más ventosa de la Costa Dorada, según me contó luego por teléfono… !desde Ronda! Siempre en movimiento, con los medios de locomoción menos ortodoxos, y en pos de una idea, movido por una curiosidad específica, Chatwin no sabía estarse quieto. Generalmente su curiosidad era del tipo científico - la piel del brontosaurio, que dio lugar a En la Patagonia; la relación aparente parapsicológica entre gemelos que dio lugar a Colina Negra; los orígenes del hombre y de la palabra que fue la semilla de Los trazos de la Canción -.

Cuando con él y Susan Sontag pasemos una noche por el barrio chino, su culto entusiasmo por el fenómeno antropológico del ser paleohumano que, huyendo del acoso de una gigantesca pantera prehistórica, exclusivamente entropófaga, deja la selva y sale por primera vez a la llamura, hace casi tres millones de años, y con ello inventa el lenguaje para comunicarse en un hábitat sin hitos físicos reconocibles, dominó cualquier observación de tipo sociológico del submundo barcelonés como las que preocupan en primer térmnino a Susan. Su formación universitaria fue científica, y si bien abandonó muy pronto el cerrado mundo académico, todos sus libros se originaron en algún punto de constatación científica o histórica. Se transformaban en novelas - "novelas de viaje", como decía Bruce que algún crítico español tuvo la sagacidad de definirlos - casi pese a su propia voluntad. Su curiosidad lo situaba permanentemente al margen, y cuando con Ernesto Sábato visitamos juntos el Museo de Arte Románico, Sábato se quedaba pasmado ante la gloria de los grandes frescos, mientras que Bruce, dos o tres salas por delante, se quedaba absorto ante alguna pequeña pieza medieval, una moneda o un jarrón.

Examen del arte

Un crítico norteamericano dijo de Utz que "comienza como la historia de un coleccionista de arte, y luego se agranda para convertirse en un examen de lo que es el arte, su capacidad de conferir inmortalidad y su capacidad de convertirse en un sustituto de la vida". Habiéndolo conocido bien, no me cabe la menor duda de que Chatwin, el nómada, tuvo una única residencia permanente: su arte.

© Mario Muchnik, 1989

 

NOVELAS

El virrey de Ouidah, 1980 (Muchnik Editores)

Colina negra, 1982 (Muchnik Editores)

Utz, 1988 (Muchnik Editores)

NOVELAS DE VIAJE

En la Patagonia, 1977 (Muchnik Editores)

Los trazos de la canción, 1987 (Muchnik Editores)

 

ARTÍCULOS Y CUADERNOS

¿Qué hago yo aquí?, 1987 (Muchnik Editores)

Fotografías y Cuadernos de Viaje, 1993 (Anaya & MarioMuchnik)

Retorno a la Patagonia. Bruce Chatwin y Paul Theroux, 2001 (El Taller de Mario Mucknik)

SOBRE CHATWIN

Bruce Chatwin. Nicholas Shakespeare, 2000 (Mucknik Editores)

Con Chatwin. Susanna Clapp, 1997 (Muchnik Editores)

REVISTAS

Quimera 83

FILM

Cobra verde, 1987. Dirigida por Werner Herzog
Colina negra, 1987. Dirigida por Andrew Grieve
Utz, 1992. Dirigida por George Sluizer

Bruce Chatwin nació el 31 de mayo de 1940 en Sheffield, y murió en Niza, el 18 de enero de 1989

 

Enlaces

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