-En
los años sesenta comienzas a
viajar por África, Asia
y
Sudamérica. En aquella época tenías un buen
trabajo en Sotheby & Co (la empresa de subastas más importante de
Europa). Tu interés por culturas extrañas parece coincidir con una
necesidad de búsqueda. ¿Quizás acuciado por una existencia segura
pero un tanto deprimente?
-Sí, es correcto. Durante algún tiempo me desempeñé como jefe de la
sección «impresionistas» en Sot heby (me consideraban un experto en
pintura francesa contemporánea sólo porque podía diferenciar un Manet de
un Monet), pero al final ya no soportaba más ese trabajo. El mundo
artístico estaba absolutamente corrupto, y yo sentía algo dentro de mí que
deseaba expresar. Ocuparse de los mayores artistas -casi todos muertos-,
me parecía una actividad parasitaria, no me agradaba. Así es que, apenas
se me presentaba una oportunidad, viajaba a países como Egipto, Sudán y
Afganistán.
-¿Cuándo ocurre esto exactamente?
-Antes de que surgiese la generación «hippie». Afganistán representó
para mí una cantidad de vivencias extraordinarias. Cada vez que volvía de
alguno de mis viajes, se me hacía más y más difícil retornar al trabajo en
Sotheby. Hasta que un buen día me decidí y renuncié. Comencé
entonces a estudiar arqueología y lenguas indoeuropeas, sánscrito
especialmente. Al mismo tiempo, intenté escribir un libro que tenía por
título La Alternativa Nómade.
-¿Qué
tipo de libro era?
-Podría definirse como un estudio de «antropología personal». El gran
tema era, por supuesto, el hombre errante. Pero no me interesaba tanto
retratar la existencia de los nómades como la vida de los caminantes en
general, el impulso mismo de echarse a andar, dejando de lado si éste se
producía individual o colectivamente.
-¿Pensabas
escribir un ensayo de
carácter científico?
-No, aunque de hecho yo escribí una serie de artículos académicos que,
desde luego, fueron duramente criticados por sus características
especulativas, no científicas. Al presentar mis ideas encontré únicamente
desdén o indiferencia, lo que contribuyó para que empezase a dudar sobre
el sentido de escribir un libro así. Además, comenzaba a tener problemas
concretos para subsistir. Me encontraba con 32 años y sin saber qué
hacer. Hasta que me llegó una oferta del The Sunday Times
Magazine para escribir reportajes. Entre otras cosas, viajaba con
cierta regularidad a París para entrevistar a personas mayores que habían
tenido contacto con los grandes modernistas. Un día, en casa de una
adorable viejecita que vivía en la rue Bonaparte, vi por primera vez un
mapa de la Patagonia, una región del mundo que siempre había soñado
conocer.
-¿Cuando
viajaste allí, ibas con la idea de escribir algo sobre la
Patagonia?
-No, de ningún modo. Originalmente mi viaje se debía a un motivo
estrictamente personal. Deseaba encontrar parientes y amigos de un primo
de mi abuela, Charlie, que a finales del siglo pasado fue un gran
aventurero por aquellas tierras. Pero claro, necesitaba dinero, y dado
que el Sunday Times ya no hacía uso de mis servicios, se me ocurrió
introducirme en el mercado americano a través de una serie de artículos
agrupados bajo el título de Cartas desde el fin del mundo. Sin
embargo, jamás se publicó artículo alguno. Entonces consulté con un
agente literario de Nueva York y él me sugirió de un modo muy entusiasta
escribir un libro entero con mis vivencias.
-¿En
la
Patagonia
puede caracterizarse como un
libro de viaje?
-Sí, sin duda. Cuando se le llama de otra forma protesto. Todo lo que
figura en el libro sucedió realmente, aunque claro, en otro orden. En la
formulación definitiva intenté evitar tanto la organización cronológica en
línea recta -que es tan tradicional en los libros de viaje- como la
perspectiva narrativa unilateral. Quizás es debido a ello que muchos
críticos no saben muy bien como clasificarlo.
-¿Hubo
alguna fuente de inspiración literaria que te ayudó?
-Sí. Hay dos libros que significaron mucho para mí, y ambos están
escritos por el mismo autor: Ossip Mandelstam. El primero es una
colección de cuentos y ensayos titulado The Noice of Time; el otro
es una especie de diario de viaje llamado Viaje a Armenia. En una
ocasión en que me encontraba en Moscú enviado por el Sunday Times,
tuve oportunidad de entrevistar a la viuda de Mandelstam (que, dicho sea
de paso, es una de las mujeres más fascinantes que he conocido en mi
vida), y le pregunté por aquellos libros místicos. Me dijo que debería
leerlos sólo si me viese obligado a aprender ruso. Poco tiempo después
encontré una versión inglesa de los textos -hecha por Clarence Brown-, y
quedé completamente extasiado. En mis viajes por Sudamérica los llevaba
siempre conmigo, como una Biblia.
-En
la
Patagonia,
habla de gente que
de algún modo vive en una suerte de exilio, ya sea forzado o
elegido. Los retratos que haces de los personajes, ya sean
gauchos o indios, pistoleros como Butch Cassidy o marinos perdidos
como el primo Charlie, tienen el sello de un gran respeto, por no
decir admiración. ¿Debe entenderse el libro como un homenaje a
todos los nómades y aventureros?
-Sí, creo que sí.
-Sin
embargo, en tu segundo libro,
El virrey de Ouidah, nos encontramos con un viajero que
apenas comparte algún rasgo positivo con el héroe clásico. El tratante de
esclavos Francisco Manoel Da Silva parece dominado por una crueldad
incomprensible...
-No... No creo que sea tan malo, aunque es evidente que está al servicio
del mal.
-¿Y
cómo llega hasta él? ¿Es su
espíritu trashumante el que lo empuja en brazos del Mal o, por el
contrario, su nostalgia de una tierra firme, un lugar donde vivir
con tranquilidad?
-Me inclino por lo último. En su época, la trata de esclavos fue una
industria gigantesca, especialmente en Brasil, donde sólo a fines del
siglo pasado encontró su prohibición definitiva. En lo básico, Da Silva
tenía la misma mentalidad que el director de una empresa petrolera de la
actualidad. Simplemente, hizo su trabajo en África para un día poder
regresar a casa como un hombre respetable.
-Si
bien el libro está basado en hechos reales, resulta clara la
intencionalidad de crear una novela convencional.
-Para
crear algo nuevo siempre debí buscar inspiración en la realidad. Se me
ocurrió escribir el libro cuando estuve de paso por Dahomey, la actual
Benin. Allí visité una casa que había pertenecido a un traficante de
esclavos llamado Francisco Félix de Souza. El dormitorio era fantástico:
sobre una cama inmensa (debajo de la cual se halla enterrado el antiguo
propietario) había una cantidad increíble de reliquias y fetiches. De una
de las paredes del cuarto colgaba un retrato de Souza fechado en 1820, y
había también una escultura de San Francisco de Asís. «¡Dios, qué
historia!», pensé. En sus buenos tiempos, las ciudades de Ouidah, Porto
Novo y Grand Popo exportaron más esclavos a las Américas que todo el resto
del continente africano, y llegaron a conocerse con el nombre colectivo de
«Pequeño Brasil», por la gran cantidad de mulatos y esclavos libertos que
volvieron a Africa durante el siglo XIX. Pero no era una novela lo que yo
pensaba hacer. Mi idea original fue la de entrevistar a muchos de los
descendientes de brasileños y, a partir de ellos, ir tejiendo la historia
de sus antepasados. Volví en 1978, siete años después del primer viaje, y
cuando me encontraba con la mitad del trabajo listo, hubo una revolución.
Dahomey pasó a llamarse República Popular de Benin, el africanismo fue
cambiado por el «pensamiento» de Kim II-Sung, y una mañana me encontré
arrestado, acusado de ser mercenario y forzado a permanecer contra un
muro, en calzoncillos, bajo un sol abrasador, mientras los buitres giraban
sobre mi cabeza. Como es obvio, después de esta interrupción se me
acabaron las ganas de proseguir con mis investigaciones. Y aunque hubiese
querido, hubiera sido imposible porque me expulsaron del país. Con los
datos recogidos, comencé entonces a escribir una historia ficticia, que
tomaba como modelo la dramaturgia de Racine. En aquel tiempo leía mucho a
Racine y admiraba la tensión de sus tragedias.
-¿A través de Racine buscabas reparar las exigencias clásicas de unidad
temporo-espacial?
-Exacto. La historia de Da Silva me fue transmitida por su propia hija,
una mujer muy vieja al borde de la muerte. Comenzó su relato a primeras
horas de la tarde y lo acabó tres horas después, justo cuando su
conciencia se extinguía. Lo que he buscado lograr es, especialmente, ese
estado de trágica satisfacción que se halla en Racine: mientras la
configuración ficticia albergue un ápice de esperanza, el espectador sabe
todo el tiempo que la catástrofe es inevitable. Desgraciadamente fue
necesario agregar un epílogo que de algún modo destruye la rigurosidad de
la forma, pero por lo demás está construida como una tragedia clásica.
Naturalmente, escribirla fue un proceso difícil, muy duro. Ningún otro
libro me exigió tanto.
-Y
ahora se ha estrenado el film,
Cobra Verde...
-¡Por favor, ni me hables de eso! No quiero tener nada que ver con esa
película. La actuación de Klaus Kinski es sencillamente repugnante, y no
tiene ningún punto de contacto con mi novela. En realidad no podía ser de
otro modo: es un tipo nefasto, que deja a su paso una estela de
resentemientos donde quiera que vaya. Con esa cabellera desgreñada de la
que tanto se ufana y sus movimientos espasmódicos se parece más a una puta
vieja buscando clientes que a mi personaje. En cuanto a Werner Herzog
debo admitir que admiro sus primeras películas, así como otras que hizo
sin tantas pretensiones, el caso de Kaspar Hauser y Nosferatu.
Pero las grandes superproducciones, del tipo Cobra Verde, se le
van de las manos, no pude dominarlas. Lo conocí en Melbourne, él estaba
rodando Donde duermen las hormigas verdes y quería que lo ayudase
con el guión. Alguien le había pasado un ejemplar de El Virrey...
en el Amazonas, cuando rodaba Fitzcarraldo. «Me gusta ese texto»,
me dijo, «algún día haremos una película». Me olvidé del asunto. Volví a
verlo una o dos veces y él, a su vez, me llamaba por teléfono cuando iba a
pescar a Northumberland. Descubrí que era un compendio de
contradicciones: duro como una roca y a la vez inmensamente vulnerable,
por momentos, de gran capacidad afectiva y otros, lejano y frío. De algún
modo nuestras obras seguían caminos paralelos y, además, Werner es la
única persona con quien puedo hablar del aspecto «sacramental» del
caminar. Así es que, cuando tuvo los derechos de filmación, realmente me
alegré, pensé que podía surgir algo interesante. Lamentablemente no fue
así: la película es una completa basura. Por fortuna, dentro de poco se
estrenará -por lo menos en los cines de Inglaterra- otra película basada
en un texto mío, Colina Negra. Tanto el director, Andrew Grieve,
como los actores han hecho un trabajo realmente extraordinario.
-Colina
Negra
es tu tercer libro, un
libro que sorprendió porque es completamente distinto a los anteriores.
-Sí, trata sobre mi infancia. La escuela a la que asistí tiene una granja
en Gales que acostumbrábamos a visitar los veranos, en las vacaciones. En
1955 encontré allí a unos viejos campesinos que podían recordar con toda
claridad sucesos acaecidos un siglo atrás. Durante algunos años volví al
lugar para buscar la «carne» con que asar una novela. Me reproché el
hecho de pasarme el tiempo dando la vuelta al mundo en busca de
apasionantes destinos cuando en realidad podía encontrarlos en las
fascinantes historias de vida de mi propia tierra. Además, necesitaba
escribir algo que me conmoviera después de pasar por las tribulaciones de
El Virrey... La escritura de esta novela resultó un verdadero
placer. Estaba en buena forma, así es que trabajé en las granjas,
escuchando las historias de los viejos.
-Quizás,
por contraste a tu propia
vida, el objetivo primordial se había convertido en retratar
gente que nunca había abandonado su lugar de origen, ¿no es así?
-No en un principio, pero luego comprendí que ese debería ser el
tema del libro. Encontré mucha gente que jamás se había alejado más que
un par de kilómetros del lugar donde nacieron. Sus vidas consistían en
una especie de círculo mágico que tenía sus propias granjas como centro de
gravedad. Quería investigar este círculo y comprender sus causas. Es
necesario recordar que hay muchísima gente en todo el planeta que aún
sigue viviendo de esta forma.
-¿Los
sucesos del libro son imaginarios?
-Sí, en gran parte, aunque la mayoría están basados en relatos de los
campesinos. Por ejemplo, me encontré con dos hermanos que mascullaban
algo relativo a un asesinato ocurrido en la década del veinte. Al día
siguiente me llevaron hasta la biblioteca del pueblo y pidieron los
periódicos locales de la época del crimen. Allí estaba lo que buscaba: un
increíble «crime passionel». Todo lo que tuve que hacer fue echar mi
fantasía a volar.
-La
confrontación entre el «hombre
errante» y la persona casera, entre el nómade y el sedentario,
también está presente en esta novela. A pesar de que los
gemelos Lewis y Benjamin son inseparables representan dos
temperamentos completamente opuestos. Mientras Lewis está abierto
a nuevas experiencias y desea «salir al mundo», Benjamin quiere conservar
todo tal cual fue en el pasado y encerrarse en la granja. Un
conflicto similar sucede con sus padres: Mary sueña con exóticos
lugares de la India mientras que Amos sólo intenta proteger su
propiedad. ¿A qué se deben estas polarizaciones?
-Lo interesante con los gemelos es que uno siempre desarrolla un rol
activo, dominante y extrovertido, en tanto que el otro queda relegado a la
pasividad, sumiso y taciturno. Las novelas sobre gemelos que he leído no
guardan relación con la realidad. No sé bien por qué quise escribir una
novela sobre gemelos, pero una vez que me embargué en ella, me sentí
obligado a investigar para poder continuar. Tomé prestada toda la
literatura relevante que existe sobre el tema, y visité a un profesor
italiano que es un experto en la materia. Lo que me fascinaba era el
hecho de que dos hermanos se ven obligados a vivir una suerte de falso
matrimonio, en donde asumen con una supuesta naturalidad los roles
masculinos y femeninos. Lo que afirmas con respecto a la relación entre
Lewis y Benjamin, de verla como una metáfora del nómade y el sedentario,
es evidente que se trata de algo más que de una simple coincidencia.
-Tu
último libro trata sobre los aborígenes australianos. ¿Cómo caracterizas
esta obra? ¿Es una novela, un
diario, un libro de viaje, o todo esto a lá vez?,
-La reseña más inteligente de Los Trazos de la Canción fue escrita
por un crítico español que sabía muy bien de lo que hablaba. El leyó el
libro como una «novela de viaje», y así es justamente como debe leerse.
Pero no fui yo quien encontró la forma, sino que fue la forma quien
me encontró a mí. Antes de que la versión original entrara a imprenta
había quemado nada menos que ocho manuscritos, y sigo sin estar conforme
del todo. El problema consistía en crear una ficción que encuadrase con
mis consideraciones acerca de la vida de los nómades.
-¿Podrías
aclarar que es una «huella soñada»? Parecería que toda tu
filosofía depende de este concepto...
-Sí, en cierta forma es verdad. Una «huella soñada» es un camino
invisible que los antepasados de los aborígenes recorrían en el comienzo
de los tiempos. Por medio del canto, estos ante asados iban dando nombre
a todo lo que veían durante su peregrinaje, y de esta forma fueron creando
al mundo. Hoy, los aborígenes pueden seguir estas «huellas soñadas» por
toda Australia, y las conocen a través del aprendizaje de los cantos.
Ellos saben perfectamente cómo se ve el otro extremo del continente sin
haber estado nunca allí. Los cantos funcionan como una especie de mapa de
la memoria. Dado que las «huellas soñadas» son consideradas sagradas, han
sido causa de innumerables conflictos políticos. Los colones no pueden
entender cómo las «huellas soñadas» cruzan las grandes ciudades, y que
construcciones como el Teatro de la ópera de Sidney están erigidos sobre
territorio sagrado. Por supuesto, tampoco se esfuerzan demasiado por
tratar de comprender las creencias de aquéllos a quienes, en definitiva,
les han robado todo, menos los cantos y los sueños.
-Lo
más fascinante de tu punto de
vista es el contacto entre peregrinar y cantar. Los aborígenes
deben cantar por el mundo dado que el mundo sólo les es
accesible a través de la canción. Y cantar para ellos será
siempre caminar por distintas regiones de la memoria. Tú afirmas que
todo canto o poema cumplía originalmente esta función, ¿no es así?
-Sí, y en los últimos tiempos he visto reforzadas mis teorías. Una amiga
mía, también investigadora, me escribió contándome sobre un pueblo
indígena de Canadá que utiliza cantos para orientarse durante sus viajes.
Estoy seguro de que se pueden encontrar más ejemplos en otras partes del
mundo.
-Pero
aún queda por dilucidar todavía una cuestión fundamental: lo que tu llamas
«la movilidad humana». ¿Por qué el hombre siente la
necesidad de trasladarse de un sitio a otro? ¿Crees realmente
que, al igual que ciertos animales, el hombre ha
desarrollado un instinto trashumante?
-Creo que en sus comienzos el hombre era una criatura nómade por
excelencia. Por desgracia la editorial eliminó un pasaje importante en
Los Trazos de la Canción que yo he vuelto a incluir en la edición de
bolsillo. Allí intento demostrar cómo la evolución no ha seguido un
desarrollo armónico, una dirección lineal, sino que se dio a través de una
serie de «saltos» de un estadio a otro. Algunos de estos saltos se dieron
en Africa hace dos o tres millones de años: repentinamente el clima devino
más cálido, más seco, transformando en consecuencia a vastas regiones en
sabanas o desiertos, imposibles para la supervivencia. El hombre nació
entonces obligado a errar todo el tiempo en busca de agua o alimentos.
Ello le ha permitido desarrollar otra sensibilidad, otra concepción del
mundo que el hombre sedentario ha ido perdiendo. Esa cosmovisión especial
que encontré entre los nómades explica mi gran admiración por ellos.
-¿En
qué estás trabajando actualmente?
-He terminado un libro que se llama Utz. Trata sobre un judio
checoalemán que colecciona porcelana auténtica. Lo notable en él es que
se identifica con Arlequín, ya sabes, uno de los personajes centrales de
la Commedia dell'Arte. En realidad es una historia de amor que se
ha ido prolongando desde mis tiempos como periodista del Sunday Times.
La comencé como un pasatiempo mientras estaba enfermo, y, ya ves, se
ha convertido en mi quinto libro. También mis libros parecen vagabundear
por la memoria.