El Teatro Cero, el
Teatro Informal, ya he hablado de ellos. Creo que existen lazos entre
estas fases. Muchos críticos piensan que yo cambio totalmente, pero no es
verdad, hay un nexo que empieza a ser visible después de muchos años.
Cuando hacía el Teatro Cero, yo pesaba que no tenía nada que ver con el
Teatro Informal; pero ahora que hago el Teatro de la Muerte, pienso que es
una continuación del Teatro Cero del 63. Porque el Teatro Cero era la
nada, yo anulaba todas las tendencias de los actores, las tendencias de la
vida. Hemos encontrado muchos estados psíquicos que están por debajo de
la vida, por ejemplo los estados patológicos, los estados de enfermedad
mental, la vejez, la esclerosis. En El loco y la monja el
actor que empezaba a hablar, en la primera escena, pronunciaba algunas
palabras, luego miraba al público y quedaba completamente decepcionado y
no quería seguir actuando. Entonces salía, pero alguien iba a buscarle,
y se repetía nuevamente lo mismo: miraba, escupía al público. Luego
estaba esta máquina formada por sillas, que destruía toda tendencia
hacia la vida de los actores. Cuando empezaba a actuar, la máquina
empezaba a moverse de pronto, arrojándolos fuera, era realmente una
fuerza terrible. No había espacio para actuar, todo el espacio estaba
ocupado por esa estúpida máquina. Lo hemos representado sólo pocas
veces, luego lo prohibieron porque escribieron que era la imagen de
nuestra realidad, la burocracia, el terror, todas esas cosas. No había
espacio y los actores tenían que luchar para encontrar el lugar de la
vida, pero de inmediato eran arrojados fuera por la máquina. Entonces
volvían a empezar, y una vez el espectáculo duró tres horas, mientras
que la obra completa suele durar media hora. Es el circo, siempre el
circo, no es la filosofía seria, porque el teatro es el teatro. Así
había personas que dialogaban, se decían algunas frases. De pronto
llegaban otras dos personas, como en el guardarropa, dos personas que eran
como los espías, los policías, los idiotas, los imbéciles, los que no
entienden nada; se colocaban siempre entre los actores que dialogaban, un
actor pronunciaba una frase, hacía una pregunta; uno de estos dos
señores que son un poco como intermediarios, completamente estúpido,
repetía, pero sin comprender y le pasaba la pregunta al otro, a su
colega; el colega era aún más tonto, no entendía nada, y decía esa
frase de modo automático a un segundo actor que ya no entendía nada de
nada, porque la pregunta se había deformado del todo. Es la deformación
de las informaciones, el canal se quiebra por la estupidez. Esta
situación duraba un buen rato, había momentos muy cómicos y teatrales,
adecuados a la interpretación del actor. Es el Teatro Cero, no en un
sentido científicamente profundo, sino en un sentido puramente teatral.
¿Pero cómo se llega
desde aqui al Teatro de la
Muerte, que es como un punto de llegada?
Creo que es el
resultado, el efecto del Teatro Cero y del Teatro Informal. Porque el
Teatro Informal es la materia descompuesta. Y nos volvemos a aproximar a
ella, como siempre. Pero hay algo más: quisiera encontrar mi posición en
la situación universal del arte actual. Siempre estoy a favor de la
vanguardia, me siento en la vanguardia, pero pienso que la vanguardia de
hoy es universal, es, como digo en el manifiesto del Teatro de la Muerte,
un alzamiento en masa, es "la movilización universal de la
mediocridad". Todos quieren estar en la vanguardia y es imposible.
Todos los teatros son de vanguardia, da casi vergüenza ser tradicional.
Pero empieza a ser fascinante ser tradicional, por supuesto no en el
sentido clásico de tradición, de tradición formal. Como digo en el
manifiesto"el camino de la vanguardia se ha convertido en una
autopista muy cómoda", con institutos, informaciones, centros de
arte, de Beaubourg al Guggenheim. Por suerte en Italia no existen, pero de
todos modos hay centros, oficinas de informa ción, agencias,
instituciones de vanguardia. Entonces para mí se ha vuelto imposible
continuar. Quisiera encontrar un pequeño sendero, un poco lateral, un
poco al margen, para continuar, para no aburrirme. Creo que la noción de
muerte es el último argumento para el conformismo. Porque considero que
la vanguardia actual es conformista: en mi país está la vanguardia de
Estado, el estado utiliza la vanguardia como pantalla para su liberalismo.
Ya no se trata de arte, no hay nada auténtico, es academicismo,
conformismo, desde el momento en que ser vanguardista ofrece ya la
posibilidad de una buena carrera. La noción de muerte no es una
obsesión, yo estoy en contra de la obsesión, como explicación de la
propia actividad, porque resulta demasiado fácil. O, si es una obsesión,
no me concierne tan sólo a mí: se dirá des pués. Pero para mí, ahora,
la noción de muerte es completamente formal, para mí el modelo para el
actor es el muerto. El hombre muerto posee las mismas características que
debe tener el actor. El cadáver llama la atención de la gente, y la
rechaza: lo mismo debe ocurrir con el actor. Debe atraer y rechazar.
También él. El artista debe despojarse del prestigio oficial, del
prestigio social, debe estar solo: es decir, debe ser sólo actor. Para
mí el actor es el artista más sensible, porque es un poco
exhibicionista. Por lo tanto posee las características del muerto. Atrae
y repele. Además cómo el muerto, es verosímil para los demás, para los
espectadores. Por eso en la obra odio los trajes, el papel, porque son
pantallas. Ahí debe estar el hombre. Verosímil para los espectadores. Y
debe estar muerto, debe estar separado para siempre, de modo inimaginable,
de los espectadores. Por eso hacemos de todo en el método de
interpretación de los actores, para crear esta barrera invisible, como la
que existe entre los muertos y los vivos. Es todo. Hemos trabajado mucho
en este problema: qué se puede hacer para que no nos deteste: queremos
que el público se avergüence de nosotros. El muerto mostrado en el
ataúd es, en cierto modo, una cosa de circo; si estuviese vivo,
probablemente se avergonzaría de ser expuesto en público. Este momento
de vergüenza es la característica de nuestro modelo para el actor.
Has contestado en parte
a una pregunta que quería plantearte: ¿cuál es vuestra postura frente
al enorme éxito que han tenido en todas partes tus últimos
espectáculos?
Hablando con Denis
Bablet, le he dicho que mis padres son los dadaístas. El me ha contestado
que los dadaístas son personas que hacen reír, que bromean, y ha dicho:
"Tú haces llorar". Le he contestado: "¿Por qué no se
puede pensar en un dadaísta que hace llorar?" Es lo mismo, porque
por lo general nos da vergüenza llorar, y en mis espectáculos he visto
llorar a mucha gente. Cuando esto ocurre, quiere decir que lo hemos
logrado. Un señor muy serio vino a ver La clase muerta y lloró
como un niño. Otra vez ocurrió con una joven totalmente desequilibrada.
Es la construcción de las emociones. En efecto, yo no quiero en absoluto,
como los dadaístas, que la obra de arte sea rechazada. Para los
dadaístas, para los antiguos vanguardistas, el éxito coincidía con el
hecho de que la obra de arte fuese criticada, desechada; se han desechado
muchas cosas. Para mí no es actual, en ese sentido hemos empleado todos
los medios, lo hemos intentado todo para ser rechazados. Ya no se puede
imaginar nada. Cuando alguno de nosotros escupía en el público, al
principio, en 1961, el público se asustaba, y empezaba a gritar. Ahora,
en cambio, el público exige que le escupamos. En Alemania me han
preguntado: "¿porqué no dáis escándalo?" Creo que ahora
tenemos un método diferente. Es muy difícil hacer llorar, mientras que
es muy fácil hacer reir. Naturalmente, estoy muy contento cuando el
público se ríe, en mis espectáculos la esfera del humor es muy
importante.
Pero a propósito del
éxito, has dicho que buscas siempre tu camino al margen...
Al margen, como alguien
que crea condiciones no oficiales, simplemente al margen. Pero el
espectáculo se dirige de todos modos a las masas, pienso que el teatro
está hecho para el público, que no es posible darse importancia, asumir
una actitud.muy ortodoxa, decir: "Sólo necesito a cien
personas". Hemos actuado en América, en La Mamma de Ellen Stewart, y
ella nos dijo: "Pero si necesitáis al gran público, ya no es
vanguardia". Ella tiene un teatro sólo para ochenta personas, en un
espacio muy amplio, pero sólo con ochenta plazas; y yo necesitaba
trescientas como mínimo. Grotowski empezó su carrera sólo para cien
personas. Claro que armó mucho ruido, todos decían: "Espectáculos
sólo para cien personas, ¿qué es esto? Hay que estar preparado".
Pero yo no pido a mis espectadores que estén preparados".