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moneda
de cambio: la palabra
estado de las cuentas:sobrevivir (en la emoción)
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No es que yo quiera ignorar la afectividad; sino que
la afectividad también existe en el comercio. Nunca me gustaron las historias de amor.
Casi no dicen nada. No creo en la relación amorosa en sí misma, eso es una invención de
los románticos... Cuando se quiere contar una historia más precisa hay que buscar otros
caminos. Creo que el *deal es un medio sublime"...
La bondad absoluta no existe, si acaso habría que buscarla en los monjes o en los
ascetas, quizá ellos son los únicos que han encontrado una respuesta a la vida, por eso
son los verdaderos marginados... En realidad las relaciones que establecen los seres
humanos entre sí son cínicas aunqe teñidas de afectividad. Eso es lo que complica todo
y al mismo tiempo proporciona argumentos que permitirían seguir escribiendo durante toda
la vida. Lo verdaderamente interesante es captar la variación que existe entre cinismo y
afectividad, entender cual es el juego de proporciones. No hay nada más cínico que las
películas sentimentales; yo prefiero el cinismo manifiesto.
Bernard-Marie
Koltés |
*deal: "el "deal" es el término que se
describe en la primera página de "En la soledad de los campos de algodón" como
una transación comercial realizada en base a valores prohibidos o estrictamente
controlados; un trato que se cierra en lugares neutros, indefinidos y no pensados para
este fin entre proveedores y clientes, mediante un entendimiento tácito o un código de
signos convenidos o un diálogo de doble sentido - con el fin de evitar la traición o la
estafa - a cualquier hora del día o de la noche, independientemente de los horarios
reglamentarios de los establecimientos homologados, pero sobre todo durante sus horas de
cierre". Moisés Pérez Coterillo
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De noche justo antes
de los bosques
Estabas doblando la esquina cuando te vi,
llueve, no le sienta a uno muy bien esto de que se te mojen el pelo y la ropa, pero de
todos modos me atreví, y ahora que estamos aquí, ahora que no quiero mirarme, tendría
que secarme, volver a bajar para arreglarme - por lo menos el pelo para no ponerme enfermo
-, pero bajé hace un rato, a ver si podía arreglarme, lo malo es que abajo están los
gilipollas, apalancados: mientras te secas el pelo, se quedan todos juntos, sin moverse,
no paran de mirarte a tus espaldas, y volví a subir - tan sólo el tiempo de mear - con
la ropa mojada, seguiré así, hasta llegar a una habitación: en cuanto estemos
instalados en algún sitio, me lo quitaré todo, por eso busco una habitación, porque en
mi casa, imposible, no puedo volver - pero no para toda la noche -, por eso, cuando
doblabas la esquina, allí, cuando te vi, me puse a correr, pensaba: nada más fácil de
encontrar que una habitación para una noche, para un rato, si uno lo desea de verdad, si
te atreves a pedirlo, a pesar de la ropa y del pelo mojados, a pesar de la lluvia que te
deja indefenso si te miras en un espejo - pero, incluso cuando no quieres hacerlo, resulta
difícil no mirarte en un espejo, con tantos como hay por aquí, en los cafés, en los
hoteles, hay que darles la espalda, como ahora que estamos aquí, aquí te miran a ti, yo
les doy la espalda, siempre, incluso en casa, y sin embargo todo está lleno de espejos,
como por todas partes en este lugar, incluso en los hoteles cien mil espejos te miran, hay
que andarse con cuidado con ellos - porque vivo en un hotel casi desde siempre, digo: en
una casa por costumbre, pero estoy hablando de un hotel, excepto esta noche, esta noche no
puede ser, pero aparte de eso, esa es mi casa, y cuando me meto en la habitación de un
hotel, es una costumbre tan antigua, en cinco minutos me monto una casa de verdad, con muy
pocas cosas, pero es como si hubiera vivido ahí siempre, se convierte en mi habitación,
la de toda la vida, la habitación en la que vivo, con mis manías, tapados todos los
espejos y alguna cosa más, hasta tal punto que, si a alguien se le metiera en la cabeza
ponerme a vivir de pronto en una habitación de una casa, si me dieran un piso, arreglado,
como los pisos donde hay familias, haría de él, nada más entrar, una habitación de
hotel, sólo con vivir allí, automáticamente - que me den algo parecido a una pequeña
cabaña, como en los cuentos, en lo más hondo de un bosque, con vigas gruesas, una
chimenea grande, grandes mueles nunca vistos, cien mil años de antigüedad, nada más
entrar, con muy pocas cosas y en nada de tiempo, te la dejo igual que una habitación de
hotel, ahí me siento como en casa, coloco todos los muebles amontonados delante de la
chimenea, disimulo las vigas, cambio el sabor de todo lo que haya, tiro todo aquello que
no ha existido nunca, en ninguna parte, como no sea en los cuentos, los olores especiales,
el olor a familia, y las piedras viejas, y las maderas negras y viejas, y los cien mil
años de antigüedad que se carcajean de todo, que hacen que te sientas extranjero, con
ellos nunca te sientes por fin en casa, lo tiro todo, la antigüedad también, porque yo
soy así, no me gusta lo que te recuerda que eres extranjero, a pesar de todo, lo soy un
poco, supongo que se nota, no soy del todo de por aquí - la cosa quedó clara, por lo
menos, con los gilipollas de abajo amontonados a mi espalda, después de mear, cuando me
lavaba el pijo - uno acaba por pensar que los franceses son todos igual de gilipollas, sin
imaginación, porque no han visto nunca a nadie lavarse el pijo, mientras que para
nosotros, es una antigua costumbre, mi padre me la enseñó, nosotros siempre lo hemos
hecho, yo sigo haciéndolo después de mear, y cuando me lavaba, hace un rato, como
siempre, en el lavabo de abajo, mientras sentía detrás de mí a todos los gilipollas
ahí, apalancados, hice como que no entendía nada, totalmente extranjero, como que no
entendía nada del francés que hablaban esos gilipollas, y les oía mientras me lavaba: -
¿qué estará haciendo el extranjero este? - da de beber a su pijo - ¿qué dice usted,
que da de beber a su pijo? como si no entendiera nada de lo que decían y, mira, yo, sigo
tranquilamente, dándole de beber, para que esos gilipollas de franceses se pregunten,
todos amontonados detrás mío: ¿cómo puede beber un pijo, y en particular, cómo puede
llegar a tener sed? luego, cuando terminé, como si fuera un extranjero y no hubiera
entendido nada de lo que decían, eso me resulta fácil, no soy del todo de por aquí,
seguro que se nota, esos gilipollas de franceses, sin imaginación, no se equivocaron, y a
pesar de todo eso, salí corriendo, detrás de ti, en cuanto te vi doblar la esquina, a
pesar de todos los gilipollas que hay en la calle, en los cafés, en los sótanos de los
cafés, aquí, en todas partes, a pesar de la lluvia y la ropa mojada, corrí, no sólo
por lo de la habitación, no sólo para pasar un rato en una habitación, salí corriendo,
corrí, corrí, para que esta vez, después de doblar la esquina, no me encuentre en una
calle vacía de ti, para no encontrar sólo la lluvia, la lluvia, la lluvia, para
encontrarte esta vez, a ti, detrás de la esquina, y atreverme a gritar: ¡compañero!,
atreverme a dirigirte la palabra: compañero, dame fuego, no te va a costar nada,
compañero, qué asco de lluvia, qué asco de viento, qué mierda de esquina, no resulta
agradable dar vueltas por aquí esta noche, pero no tengo tabaco, no es para fumar por lo
que te decía: tienes fuego, compañero, era, compañero, para decirte: vaya mierda de
barrio, vaya mierda de costumbre esta de dar vueltas por aquí (¡una forma como otra
cualquiera de abordar a la gente!) y tú también andas dando vueltas, con la ropa
completamente mojada, expuesto a coger cualquier enfermedad, ni siquiera fumo, no te va a
costar nada el haberte parado, ni fuego, ni un solo cigarrillo, compañero, ni dinero
(¡para que luego te marches!, tan colgado no estoy, esta noche), y de todos modos, tengo
con qué pagar un café, te invito, compañero, mejor que dar vueltas en medio de esta luz
delirante, y para que no te cueste nada, el haberte abordado así - tal vez sea una forma
un poco extraña de abordar a la gente, pero al fin y al cabo no les cuesta nada (no estoy
hablando de una habitación, compañero, de una habitación para pasar la noche, porque
entonces incluso los tíos más legales se cierran en banda, ¿para que luego te marches!,
no hablaremos de la habitación, compañero), pero tengo algo que decirte - ven, vámonos,
si nos quedamos aquí nos pondremos enfermos, seguro - sin dinero, sin trabajo, esto no
contribuye a mejorar las cosas (la verdad es que no ando buscando trabajo, ni tampoco
dinero, en el fondo, de verdad, no se trata de eso) es que tengo una idea, primero, tengo
que decirte, a ti, a todos lo que, como tú y como yo, vamos dando tumbos por esta ciudad
increíble, sin dinero (pero vamos a tomar un café, compañero, te invito, no voy a decir
ahora lo contrario de lo que dije antes), porque, a primera vista, ¿no es el dinero lo
que, ni a ti ni a mí, nos atornilla al suelo! mira, yo tengo una idea, compañero, para
aquéllos, como tú y como yo, que no tienen dinero, ni trabajo - en el fondo, ya no busco
nada de eso - es que en el trabajo, la gente como nosotros, de fuera, con los bolsillos
vacíos, no contamos para nada, no tenemos peso alguno, el más leve soplo de aire se nos
llevaría por delante, no podrían obligarnos a permanecer en un andamio, a menos que nos
ataran: una ráfaga de aire, y despegamos, ligeros -, en cuanto a lo de trabajar en una
fábrica, yo, ¡ni pensarlo!, me resulta difícil explicártelo, a mí mismo me resulta
difícil comprender las cosas sin confundir nada, pero, mira, mi idea, es como - no es una
religión, ni una tontería de esas, algo que se podría contar de cualquier manera sin
que nada cambie, no tienen nada que ver con la política, mucho menos con un partido ni
nada parecido, o como los sindicatos, que lo saben todo, que lo han visto todo, que nada
se les escapa, mira, mi idea, en todo ese lío, no tiene cabida, no, no tiene nada que
ver, mi idea, no se trata de eso, para nada, tranquilo, compañero: es para defendernos,
sólo para defendernos, porque es eso lo que nos hace falta, defendernos, ¿no?, tal vez
pienses: a mí no, aun así, te digo: claro que he sido yo el que te ha abordado esta
noche, y soy yo el que parece que necesita una habitación para esta noche (no,
compañero, no te he dicho que necesitara una habitación), he sido yo el que te ha
pedido: compañero, dame fuego, pero no creas, no siempre el que toma la iniciativa es el
más débil, enseguida me di cuenta de que tú no debías de ser muy fuerte, al verte
desde allí, dando vueltas, completamente mojado, de verdad que no parecías muy fuerte,
mientras que yo, a pesar de todo, aún tengo recursos, y reconozco a aquellos que no son
fuertes, los reconozco de un vistazo, aunque sólo sea por esa forma de andar, nerviosa,
como la tuya, la espalda nerviosa, y la manera en que movéis los hombros, tenéis algo en
la forma de andar, a mí no dais el pego, en la cara, también, compuesta de pequeños
rasgos, no es que estén estropeados ni nada parecido, pero ¿si es puro nervio!, como
tú: algo que apenas se nota, pero que a mí no me engaña, incluso cuando van por ahí en
plan de exhibición, como hacen los chulos, pero son un manojo de nervios, gamberros con
aire desenvuelto, pero salidos directamente de su madre, con todo el pecho así, en plan
de exhibición, bajo la lluvia, como si la cosa no fuera con ellos, pero yo me doy cuenta
enseguida de que están nerviosos, no pueden disimularlo, - porque todo eso no es más que
puro nervio, viene derecho de la madre, y a su madre, los gamberros no pueden dejarla
plantada, por mucho que hagan - en cuanto a mí, se trata más bien de la sangre, la
osamenta y los músculos, todo lo que procede del padre, a mí los nervios no me fastidian
nunca, porque mi padre era al revés, un tipo corpulento, uno de esos que no se ponen
nerviosos de tanto pesar, que aguantan todo lo que les echen, un hombre hecho de huesos,
de músculos, un hombre de sangre, le podían haber llamado: el ejecutor, y a mí también
podrían llamarme: el ejecutor, y por eso, la política, y los partidos, y los sindicatos
estos que hay ahora, y la policía, y el ejército, todos políticos, no es eso lo que
quiero, todo eso, lo tengo demasiado liado en la cabeza, y con la cabeza, te encierran en
una fábrica, y yo, eso de meterme en una fábrica, ¿ni pensarlo!, de todos modos,
siempre terminan por encerrarte en una fábrica, mientras que mi idea consiste en esto: un
sindicato a escala internacional - eso de la escala internacional es muy importante,
ya te
lo explicaré luego, a mí mismo, me resulta difícil comprenderlo todo), - pero nada de
política, sólo defensa, mira, yo estoy hecho para la defensa, en eso, me meteré a
fondo, seré el que ejecuta, en mi sindicato internacional para la defensa de los
gamberros endebles, salidos directamente de la madre, con apariencia de chulos, puro
manojo de nervios, que andan por ahí en plan de exhibición, dando vueltas, solos, en
plena noche, expuestos a coger cualquier enfermedad, y entonces me doy cuenta de lo poco
que sirven las madres como las vuestras, mira, de qué te ha servido tu madre: te da un
sistema nervioso, y luego te suelta, en cualquier esquina, bajo esta mierda de lluvia,
endeble, confiado, porque también me he dado cuenta de que no desconfías de nadie,
pequeño y nervioso como eres, no desconfías de nadie, pero no vayas a pensar que los
cabrones no andan por ahí, que se han olvidado de ti, yo sé que están aquí mismo, en
torno nuestro, y hace un rato, yo mismo he tenido un encontronazo con ellos, por poco me
cogen, de confiado que estaba, como tú, mira, ahora los veo por todas partes, están
ahí, los muy cabrones, nos obligan a llevar esta vida: yo creía que eran invisibles, que
estaban escondidos ahí arriba, por encima de los jefes, de los ministros, por encima de
todo, con jetas de matones, de violadores, de rapaces, jetas que no son jetas de verdad
como la tuya o la mía, sin nombre: el clan de los estafadores, de los sádicos, de los
viciosos impunes, fríos, calculadores, técnicos, el pequeño clan de los cabrones
técnicos, los que deciden: a la fábrica y ¡a callar! (y yo, eso de la fábrica, ¿ni
pensarlo!), la fábrica, joder (y si me da la gana de joder, ¿qué pasa?), la fábrica,
joder, así se llevan el gato al agua, ese hatajo de cabrones que deciden por nosotros,
desde arriba, organizados, calculadores, técnicos a escala internacional...
Bernard- Marie
Koltés
De noche
justo antes de los bosques, 1977 (Traducción: José María Marco,
Pre-Textos 112)
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Apuntes
- A
los dieciocho años estallé. Vino muy deprisa Estrasburgo, muy deprisa
París, muy deprisa Nueva York, en 1968. Y allí, de golpe, la vida se me
echó encima. Así que no hubo etapas, no tuve tiempo de soñar con
París, soñé en seguida con Nueva York. Y Nueva York en 1968 era
realmente otro mundo. (entrevista con E. Klausner y B. Salino,
L'Evénement du Jeudi, 1989).
- Mi
gran sueño es el de escribir novelas. El primer libro que publiqué fue
una novela, La fuite à cheval très loin dans la ville en 1976, si
ya no escribo novelas es por la sencilla razón de que no puedo vivir de
ellas. Por otro lado, me niego a hacer cualquier oficio, ni siquiera uno
pseudo-literario. Escribo y me siento bien, aunque sea duro, a veces
incluso compulsivo; me produce grandes momentos de placer. (entrevista
con Véronique Hotte en Théâtre Public, nov/dic, 1988).
-
Fui por primera vez al teatro ya muy tarde: tenía veintidós años. Vi
una obra que me emocionó mucho, y que he olvidado, pero con una gran
actriz, María Casares. Me impresionó, y enseguida me puse a escribir una
obra a partir de "Enfance" de Gorki y la monté con unos
compañeros. Fue en Estrasburgo. Hubert Gignoux la vio y me propuso que
entrara en el TNS. Allí seguí escribiendo obras y montándolas con
alumnos actores. Así pasaron ocho años, sin que ninguna de mis obras
fuera estrenada en un verdadero teatro. (entrevista con Jean-Pierre
Han, Europe, 1983).
-
Hay un corte neto entre esta obra (La nuit juste avant les forêst)
y la anterior. Ante todo, de tiempo, tres años: tres años en los que no
hice nada y pensé que jamás volvería a escribir. Y cuando volví a
escribir, fue completamente diferente, era otro trabajo. (entrevista
con J.P. Han, Europe, 1989).
-
En realidad, esta obra (Combate entre negros y perro) nació de una
visión furtiva irreal, pero enormemente emocionante: ¡mi primera visión
de África! Cuando bajé del avión, me sentí agredido ante todo por ese
tremendo calor que te pesa en la nuca, que te aplasta, y apenas crucé las
puertas del aeropuerto, todas las ideas sobre África que traía en el
equipaje se petrificaron en una escena: un policía negro pegaba a uno de
sus hermanos con fuertes porrazos. Avancé entre el gentío y de inmediato
me encontré con esa barrera invisible, pero omnipresente, que dividía
simbólicamente a los Blancos y a los Negros. Miré hacia los Negros. Me
avergonzaba de los míos; pero en sus ojos brillaba un odio tan intenso
que me asusté y corrí al lado de los Blancos. (entrevista con Njami
Simon en Bwana Magazine, 1983).
Imaginad en plena selva una pequeña urbanización de cinco o seis
casas, rodeadas de alambradas y vigiladas constantemente por guardias
negros armados en el exterior. Hacia poco había terminado la guerra de
Biafra y bandas de saqueadores castigaban la región. Los guardianes,
durante la noche, para distraer el sueño se comunicaban con ruidos
fantásticos emitidos con la garganta que se prolongaban hasta el alba.
Fueron esos sonidos de los guardianes los que me decidieron a escribir
esta obra. Fuera de aquel cerco tenían lugar los mismos dramas cotidianos
de cualquier barrio pequeño burgués de París--- el jefe de obras que se
acostaba con la mujer del capataz, cosas así. Aquel fue mi punto de
partida.
-
Al oeste de Nueva York, en Manhattan, en un rincón del West end, donde
está el viejo puerto, hay unos hangares; hay en partidular uno
abandonado, un gran hangar vacío, donde pasé algunas noches, escondido.
Es un lugar sumamente extraño, un refugio de mendigos, maricas, camellos,
de ajustes de cuentas, un lugar donde la policía jamás pisa, por oscuras
razones. Nada más entrar, te das cuenta de que estás en un lugar
privilegiado del mundo, una especie de cuadrado misteriosamente abandonado
en medio de un jardín, donde las plantas hubieran podido crecer de manera
diferente: un lugar donde no existe el orden normal, sino otro orden muy
curioso, que se ha ido conformando. He sentido ganas de hablar de este
pequeño rincón del mundo (Quai Ouest), que es excepcional y, sin
embargo, no nos resulta extraño; me gustaría contar esta extraña
impresión que se siente al atravesar ese espacio inmenso, aparentemente
desierto, con la luz que va cambiando a lo largo de la noche a través de
los agujeros en el techo, los ruidos de los pasos y las voces que
resuenan, los roces, alguien a tu lado, una mano que súbitamente te
agarra. (entrevista con J.P. Han, Europe, 1983).

-
En la soledad de los campos de algodón es una historia de dos
personajes, una conversación, un diálogo a la manera del siglo XVIII.
Hay un blues-man imperturbablemente amable, dulce, uno de esos tipos que
nunca se ponen nerviosos, que nunca piden nada. Los encuentro fascinantes.
el otro es un agresivo un poco despellejado, un punk del East Side,
imprevisible, un tipo que me aterroriza. Se encuentran, cada uno espera en
vano algo del otro. Acaban zurrándose, pero es una historia graciosa. (entrevista
con C. Godard, Le Monde, 1986).
-
Estaba en Metz en 1960. Mi padre era oficial, y para entonces volvió de
Argelia. Además, el colegio Saint-Clément se encontraba en pleno barrio
árabe. Viví la llegada del general Massu, las explosiones en los cafés
árabes, todo de lejos, sin opinión, y tan sólo me han quedado
impresiones, las opiniones no las tuve hasta más tarde. No he querido
escribir una obra sobre la guerra de Argelia (Le retour au désert), sino mostrar más bien cómo
a los doce años puedes sentir emociones a partir de sucesos que se
desarrollan en el exterior. En provincias todo transcurría de un modo
extraño: Argelia parecía no existir, y sin embargo los cafés volaban
por los aires y los árabes eran arrojados al río. Había esa clase de
violencia a la que un niño es sensible, aunque no la comprenda. Entre los
doce y los dieciséis años las impresiones son decisivas, creo que ahí
se decide todo. Todo. En mi caso, evidentemente quizás haya sido eso lo
que me ha llevado a interesarme más por los extranjeros que por los
franceses. Comprendí muy pronto que eran la sangre nueva de Francia, que
si Francia viviera sólo de la sangre de los franceses se convertiría en
una pesadilla, algo parecido a Suiza. La esterilidad total en el plano
artístico y en todos los otro. (entrevista con M. Genson, Le
Républicain Lorrain, 1988).
- En
febrero de 1988 vi en el metro el cartel de "se busca" del
asesino de un policía. Me quedé fascinado por la foto de su cara. Algo
más tarde vi en la televisión al mismo chico que, apenas fue
encarcelado, se escapó de sus guardianes, trepó al tejado de la prisión
y desafió al mundo. Entonces me interesé seriamente por su historia. Se
llamaba Roberto Succo: había matado a sus padres a los quince años,
después se volvió "razonable" hasta los veinticinco,
bruscamente vuelve a "descarrilar" de nuevo, mata a un policía,
permanece fugado varios meses, tomando rehenes, cometiendo crímenes,
desapareciendo en la naturaleza, sin que nadie sepa exactamente quién es.
Después, y tras su espectáculo en los tejados, lo encierran en el
hospital psiquiátrico y se suicida del mismo modo en que había matado a
su padre. Un itinerario inverosímil, un personaje mítico, un héroe como
Sansón o Goliat, monstruos de fuerza, finalmente abatidos por una piedra
o por una mujer. Es la primera vez que me inspiro en eso que llaman un
suceso, pero este no es un suceso. (Le Monde, 1988).
-
Veo la escena de teatro como un lugar provisional, del que los personajes
parecen estar deseando salir. Es como si uno se planteara allí un dilema:
esta no es la vida de verdad; cómo hacer para escapar de este sitio. Las
soluciones parece siempre que tendrían que ocurrir fuera de la escena,
como en el teatro clásico. Para los que pertenecemos a la generación del
cine, el automóvil podría ser, dentro de la escena, el símbolo del
anverso del teatro: la velocidad, el cambio de lugar, etcétera. Entonces,
lo que parece suscitar el teatro es el abandono de la escena para
encontrar la verdadera vida. Pero resulta que yo ya no sé si la vida de
verdad existe en algún lado y si, abandonando definitivamente la escena,
los personajes no se encontrarán en otra distinta, en otro teatro, y así
sucesivamente. Esta es la cuestión esencial que hace que el teatro
permanezca. Siempre he detestado un poco el teatro, porque el teatro es lo
contrario de la vida; pero siempre regreso a él y me gusta, porque es el
único lugar donde se dice que aquello no es la vida.
Bernard- Marie
Koltés
Combate de negro y de perros, El Público-Centro de
Documentación Teatral 3
Roberto Zucco, El Público-Centro de Documentación Teatral 14
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TEATRO
(publicadas en Editions de
Minuit)
La nuit juste avant les forêts
Combat de nègre et de chiens
Quai Ouest
Tabataba
Dans la solitude des champs de coton
Le retour au désert
Roberto Zucco
NOVELA
La fuite à cheval très loin dans
la ville
Textos
en Castellano
De noche justo antes de los bosques
(Traducción: José María Marco, Pre-Textos 112)
Combate de negro y de perros (Traducción: Ángeles Muñoz, El Público-Centro de
Documentación Teatral 3)
Roberto Zucco (Traducción: Carla Matteini, El Público-Centro de Documentación Teatral
14)
Roberto Zucco/ De vuelta al desierto (Traducciones: Fabienne Bradú y Pilar Sánchez Navarro.
Ediciones El Milagro)
En la soledad de los campos de algodón/ Regreso
al desierto (Editorial Hiru, Colección Eskene)
En la soledad de los campos de algodón (Traducción: Sergi Belbel. Fotocopias,
cortesía de la Sala Beckett)
REVISTA
El Público, Nº 79 |
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Bernard-Marie Koltés nació en Metz el 9 de
abril de 1948 y murió en París el 15 de abril de 1989 |
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