«La realidad en realidad no me
interesa
si no está elaborada. Me interesa la elaboración de realidad y no la
realidad misma»
Un aspecto de la dramaturgia de
Müller que no ha variado con el paso del tiempo es su consecuente
rechazo del naturalismo, sin lugar a dudas de ascendencia brechtiana.
Ni siquiera sus primeras obras respetan en este sentido los cánones del
«realismo socialista» que se dirían impuestos por el género al que
pertenecen, el de las Produktionsstücke, las obras teatrales
de/sobre la producción: los obreros de Müller hablan en verso con un
lenguaje de fascinante densidad y complejidad metafórico. Para este autor
«el teatro es una realidad en sí mismo, y no duplica, refleja ni
copia la realidad del público».
Otra de las concepciones
brechtianas que ha conservado Müller es la de distanciación o
extrañamiento. Así, leemos en una entrevista del año 1985: «No se
trata en absoluto de acercar al público de aquí las historias que
cuento. Por el contrario, se trata de distanciarlas del público
tanto como sea posible.( ... ) Cuando una obra se desarrolla
en Leipzig y se la representa en Osnabrück, Leipzig tiene que ser algo tan
lejano como Africa. Sólo entonces puede uno ver algo, cuando se
aleja. En el fondo se trata de algo muy semejante a lo que la
teoría de Brecht repite constantemente:dar al público una
posibilidad de distancia para que
pueda tener una visión de con¡unto, para que pueda ver, ver estructuras y
no solamente tener estados de ánimo».
Heiner Müller practica un
teatro de transgresión, sin exclusión de las zonas de la realidad en
que suele pensarse menos por nuestros pagos cuando se aplica este concepto
(lo histórico, lo político-social). Representado en un país capitalista,
encierra una carga de provocación aun mayor que en el «socialismo
realmente existente» de su patria (a la que nunca ha negado lealtad
crítica). Müller escenifica el retorno de lo reprimido, los amenazadores
puntos ciegos de la civilización contemporánea, en obras de fuerza
dramática incomparable: trabajo (en Occidente no orientamos las
potencialidades de la tercera revolución industrial hacia la emancipación
humana, sino hacia el afianzamiento de los beneficios de la minoría
privilegiada y la reproducción de la desigualdad), revolución (en nuestras
sociedades burguesas se organiza un amplio consenso social alrededor de
las ventajas obtenidas sobre el llamado Tercer Mundo, ventajas que es
menester preservar a toda costa manteniendo el perverso estado de cosas
existente, y pontificalmente se declaran abolidas per secula seculorum
las luchas de clases), sexualidad (cuya mercantilización constituye un
factor más de apuntalamiento de lo existente, mientras perviven
escasamente alteradas las milenarias estructuras de dominación
patriarcal), muerte (lo innombrable, lo no existente, la finitud humana
cuyo escamoteo vacía aún más de sentido nuestra existencia cosificada).
Trabajo, revolución, sexualidad y muerte son acaso los grandes temas de la
poesía dramática de Müller. En sociedades entregadas a un hedonismo de la
mercancía entre senil y patéticamente pueril, mientras de reojo no se
pierde de vista la coyuntura económica para los próximos seis meses (lo
que haya de venir después es la oquedad de fin de mundo que no nos
atrevemos a encarar), tal poesía dramática resulta necesariamente
subversiva.
Cuando careces de locura, de
obsesión, sólo puedes escribir cháchara.
Eso es mortalmente aburrido. Por eso la obsesión puede llamarse
revolución o sexualidad, pero la necesitas. No se trata tanto de temas
o de contenidos como de actitud. No limitarse a reaccionar o
describir, sino desarrollar otras realidades: ello constituye la única
legitimación para el privilegio de vivir -mal que bien- de la
escritura. Esas realidades tampoco tienen en absoluto que ser
comprobables. (... ) Basta mirar con suficiente precisión y durante
largo tiempo algo que uno ve. Da igual lo que sea. Pero si no te
dejas distraer, lo que ves es en seguida revolucionario».
Müller es de quienes, con Antonio
Gramsci, opinan que conserva toda su validez la sentencia lassalleana de
que la verdad es revolucionaria. Pueden rastrearse en su obra los
elementos de una ética de la provocación: difícilmente cabría
esperar otra cosa si el dramaturgo (también en esto fiel a las
concepciones de Brecht) ha de hacer cobrar al público conciencia de sus
escisiones reales en lugar de fingir reconciliarlas de modo ilusionista.
La función del drama es «llevar a la sociedad hasta sus límites» o,
si queremos emplear una metáfora boxística: ponerla contra las cuerdas. El
grado de crítica radical que sea capaz de asumir constituirá un criterio
de autenticidad democrática.
El programa teatral de Müller
está de cabo a rabo transido de tensión utópica. Le gusta narrar la
anécdota en que Brecht, al preguntársela si lo que hace es ya teatro épico
-son los años fundacionales del Berliner Ensemble-, responde que sólo
comenzará el teatro épico cuando acabe la perversidad de convertir en una
profesión un lujo: la actuación teatral; cuando el teatro deje de
constituirse a partir de la separación entre escena y espectadores. Este
horizonte utópico -teatro representado no por actores profesionales
para espectadores pasivos (compárese con la escenificación de la
revolución por el partido de vanguardia que sustituye al proletariado
inmaduro), sino por seres humanos integrales para sí mismo, bajo
relaciones sociales distintas -lo asume Müller íntegramente: no es casual
que durante largos períodos le haya preocupado la reformulación y
actualización de la teoría y práctica del Lehrstück brechtiano
-forma teatral idónea para situaciones prerrevolucionarias, y cuyo
objetivo no estriba en causar un efecto cualquiera sobre el público (que
puede no existir) sino en transformar a los actores no profesionales que
la representan. «Legítima me parece la búsqueda del teatro como forma
de vida y de trabajo. El teatro es utopía y debe seguir
siéndolo».
Tras la superación de la escisión
entre escena y espectadores, «entonces desempeñará el teatro su
auténtica función: que la gente pueda representar su vida, y
variantes de situaciones. Gente que después o antes de la representación
se dedica a otra cosa. Entonces tiene el teatro una función real como
laboratorio», y con mayor precisión como laboratorio de la fantasía
social. Este punto me parece de tanta importancia que merece algunas
consideraciones adicionales. Sabemos que el juego y la capacidad
de anticipación son características antropológicas definitorias del
ser humano. En nuestra fantasía desarrollamos muchas más posibilidades de
las que luego se realizarán efectivamente, y esta fantasía experimental
se objetiva a menudo en el arte (así, por ejemplo, la arquitectura
soñada, imaginada y dibujada supera con creces a la arquitectura
construida de hecho). Esta función del arte -laboratorio
antropológico-social, exploración, en experimentos de carácter
lúdico-estético, de las posibilidades de lo humano- se torna
cada vez más importante a medida que se acrecientan paralelamente el
dominio científico-técnico del hombre sobre la naturaleza y sobre sí
mismo, -y los peligros de devastación ecológica y autoaniquilación de la
especie.
Contra los postulados del
fatalismo tecnológico («todo lo pensable tiene que ser realizado») afirma
el arte que lo pensable e imaginable puede explotarse en el vasto ámbito
de la fantasía humana, de modo que las consecuencias de nuestros proyectos
(hoy potencialmente letales para nuestra especie y para la naturaleza
entera) sean reconocidas a tiempo. De lo dicho se desprende una opción por
un arte realista y no contrapuesto, sino íntimamente entreverado con la
ciencia y con la técnica modernas (de hecho, lo anterior puede leerse como
modulaciones de ideas de Brecht sobre das Theater des
wissenschaftlichen Zeitalters), que son al igual que el arte
expresiones esenciales de la productividad humana. En suma: al
inimaginable riesgo antropológico que encaramos actualmente habría de
responder el arte transformándose en laboratorio de la imaginación social.
A la Ulanova le preguntaron una
vez qué quería decir con cierta danza. Respondió: si lo pudiera
decir de otro modo que con esta danza, no me hubiese matado
trabajando cuatro meses en esta danza». Así contestó Müller a un
interlocutor que le recordaba tesis de un escrito suyo: que la
legitimación del arte es la novedad, y que una obra de arte describible
con las categorías de la estética imperante es parasitaria. Aun ignorando
el elemento de provocación que contienen semejantes fórmulas, es indudable
que el quehacer artístico de Müller entronca con las innovaciones formales
y el espíritu revolucionario de la vanguardia artística europea de este
siglo. Ello es que precisamente este concepto de vanguardia, y los
movimientos artísticos de los que se dedujo, sufren un descrédito profundo
en el debate estético contemporáneo en Occidente (por ejemplo en el debate
sobre la posmodernidad). Tenemos así «muerte de las vanguardias» en Europa
Occidental (extinción, con más generalidad, de la conciencia
utópico-emancipatoria) y simultáneamente la creación de algunas grandes
obras vanguardistas en Europa Oriental. ¿Cabe poner tal estado de cosas en
relación con otra idea que Müller ha formulado a menudo, a saber, que la
historia ya no es posible en el Occidente capitalista -por ser el único
movimiento que aún tiene lugar en él el Movimiento de capital?
En varias ocasiones Müller ha
sintetizado su concepción del comunismo en la fórmula «comunismo como
igualdad de oportunidades». Tiene interés observar que tal
concepción -con su renuncia implícita al espejismo de la sociedad
comunista como paraíso de la abundancia irrestricta, como Jauja de la
satisfacción ilimitada de necesidades; sueño fáustico irrealizable en
nuestro pequeño planeta, con sus cantidades limitadas de recursos
naturales- se alinea con el replanteamiento del programa comunista que,
considerando los nuevos datos aportados por la ecología y por las ciencias
sociales, han emprendido numerosos pensadores marxistas contemporáneos -en
nuestro país, señaladamente, Manuel Sacristán. «El duelo entre
industria y - futuro no se dirime con cánticos en los que sea
posible establecerse. Su música es el grito de Marsias, que hace
saltar las cuerdas de la lira de su divino desollador». La
congruencia entre la imperiosa necesidad de regulación del metabolismo de
nuestra especie (la especie de la hybris, de la desmesura, del
desenfreno, del todo por el todo que fácilmente se resuelve en nada de
nada) y las potencialidades de una economía planificada también son
evidentes para Müller, que se refiere a la existencia en el «socialismo
real» de un modo de producción y consumo «antediluviano, pero también
tendencialmente ecológico».
Heinrich Vormweg ha resumido con
acierto la «dialéctica negativa» de la esperanza en las últimas obras de
Müller: «Derrotísmo constructivo. De nuevo -y ello
se torna cada vez más claramente una experiencia cotidiana-, la
esperanza no puede ya descifrarse en los procesos históricos
reales. Sólo como contradicción frente a la historia tal como es, sigue
siendo la esperanza lo que únicamente ella puede ser. Heiner
Müller se empecina en ella, por así decirlo, a través de su
negación». Heiner Müller no puede menos de ser un autor sumamente
incómodo para el dogmático, para el contentadizo, para el pusilánime, para
el embaucador, para el traficante de arte, para el vendedor monopólico de
redención, para el industrial del consenso. Este dramaturgo, no de vuelta
de la historia sino en camino -bien es cierto que cada vez más penoso,
menos halagüeño- hacia ella, ha formulado su programa vital en el deseo de
«vivir sin esperanza ni desesperación» «I'm neither a dope- nor a
hopedealer» («no trafico con narcóticos ni con esperanza»), enfatiza
una de sus repuestas a un cuestionario del investigador estadounidense
Carl Weber. Su estoicismo revolucionario sólo puede parecer desolado a los
masoquistas de la parálisis.
Heiner Müller: una tremenda
productividad liberada dentro del cuerpo torturado de la lengua alemana,
poniendo al descubierto las vísceras de este cuerpo, descarnando sus
huesos, exhibiendo su sexo. Un cuerpo a cuerpo inmisericorde con la
historia de Prusia, cómico y mortal a la vez. Un lúcido, inquieto y
vehemente esperar a la historia -el fin de la prehistoria humana y el
posible comienzo de una historia general de la humanidad, el comunismo. La
escritura como placer por la catástrofe, el teatro como laboratorio de la
fantasía social, la palabra como precario y poderoso condensador de
energía histórica. Heiner Müller es sin lugar a dudas el autor teatral de
más fuste, y el más universal, de la República Democrática Alemana. El
provocador más sesudo, el utopista mas amargo, la máscara más veraz, el
guerrillero más cortés de cuantos viven a orillas del río Spree. Un poeta
que ha aprendido a vivir sin esperanza ni desesperación -mientras dure el
trabajo y el cuerpo aguante. Heiner Müller pertenece al futuro de la
literatura mundial.