la belleza se esconde en lugares inexistentes

Bruno Schulz

La poesía es un cortocircuito entre el sentido y los vocablos, una repentina regeneración de los mitos primarios

 

 

 

 

Soledad

Dibujo de Bruno SchulzDesde que puedo salir a la calle siento un gran alivio. ¡Mas, durante cuánto tiempo no he abandonado mi habitación! Fueron amargos meses y años.

No sé explicar el hecho de que ésta sea mi habitación de la infancia, el último cuarto desde el porche, visitada ya en aquellos tiempos con poca frecuencia y siempre olvidada, como si no perteneciera a la casa. No recuerdo cómo llegué hasta ella. Me parece que fue una noche clara, una noche sin luna, una noche blanca y diluida. En el resplandor gris distinguía cada detalle. La cama estaba deshecha como si alguien acabara de dejarla; escuchaba en el silencio la respiración de los durmientes. ¿Quién podía respirar? Desde entonces vivo en este lugar. Estoy aquí desde hace años y me aburro. ¡Si hubiera pensado a tiempo en hacer provisiones! Vosotros que aún podéis, que tenéis tiempo para ello: abasteceos, ahorrad la semilla buena y nutritiva, el dulce trigo, porque llegará el gran invierno, vendrán años flacos y famélicos y la tierra de Egipto no dará sus frutos.

Desgraciadamente no fui un roedor previsor; vivía al día como un ratón despreocupado sin pensar en el futuro, confiando en mi instinto de hambriento. Como él, me decía: ¿qué puede hacerme el hambre? En el peor de los casos roerla la madera o desmenuzaría el papel en diminutas hojitas. El animal más pobre, el ratón gris de la iglesia -al final del libro de la creación- vive de la nada.

Aquí estoy viviendo de la nada en esta habitación muerta. Pego las orejas a la madera: quizá oiga el ronroneo de un gusano. Un silencio de tumba. Sólo yo, ratón inmortal, superviviente solitario, susurro en la habitación sin vida y recorro infinitas veces la mesa, el estante, las sillas.

Me deslizo, parecido a la tía Tecla, en su largo vestido gris, ágil, rápido y pequeño, arrastrando por detrás mi rabo, frotando el suelo.

Ahora, en pleno día, estoy sentado sobre la mesa, inmóvil, casi disecado; mis ojos, como dos botones, salen fuera de sus órbitas y brillan. Sólo el hocico se mueve, apenas perceptible, cuando mastico por costumbre diminutos pedazos.

Todo ello, por supuesto, hay que interpretarlo metafóricamente. Soy un jubilado y no un ratón. Una de las características de mi existencia es que se nutre de metáforas y se deja arrastrar por la primera que surge. Al introducirme demasiado en ellas, me cuesta volver a controlar mi espíritu.

¿Qué aspecto tengo? A veces me contemplo en el espejo. ¡Espectáculo extraño, ridículo y doloroso! Nunca me veo de frente, cara a cara. Un poco más al fondo, más lejos, me detengo allí, en el reflejo, de lado, de perfil; permanezco así, sumido en mis pensamientos, y miro de reojo detrás mío. Nuestras miradas dejaron de encontrarse. Cuando me muevo él se mueve también dándome la espalda como si ignorase mi presencia, como si hubiese franqueado muchos espejos y no pudiera ya volver. La pena aprieta mi corazón cuando lo veo, tan ajeno e indiferente. ¡Eres tú, quisiera gritar, tú fuiste mi reflejo fiel, me acompañaste durante años y ahora no me reconoces! ¡Por Dios!

Extraño, con la mirada desvaída, permaneces y pareces escuchar algo, esperar una palabra más de allí, del abismo vítreo, obedeces a otros, esperas sus órdenes.

Sentado, en la mesa hojeo los viejos, amarillentos apuntes universitarios, mi única lectura.

Observo el visillo mortecino, quemado por el sol, y veo cómo se infla con el frío soplo que viene de la ventana. En esta cornisa podría hacer gimnasia. ¡Qué fácil resulta dar volteretas en este aire tan aséptico y tantas veces consumido! Casi negligentemente se efectúa un elástico salto mortal; fríamente, sin pensarlo interiormente, como algo puramente especulativo. Y cuando estás así, haciendo equilibrios con los dedos de los pies, tocando el techo con la cabeza, uno tiene la impresión de que, en esta altura, hace un poco más de calor, que el aura es más suave.

Desde mi niñez, me gusta mirar la habitación con la perspectiva de un pájaro.

Estoy sentado y agudizo el oído en el silencio. El cuarto está simplemente blanqueado de cal. De vez en cuando, estalla en el techo blanco una pata de gallo, una figura, a veces un pétalo del revoque se desliza con un ligero chirriar.

¿He de confesar que mi habitación está amenazada? ¿Cómo? ¿Amurada? ¿Cómo podría abandonarla? Eso es; no hay obstáculos para una voluntad firme, nada puede oponerse a esa gran ansia. Únicamente tengo que imaginarme la puerta, una buena y vieja puerta como la de la cocina de mi niñez, con un picaporte de hierro y un pestillo. No hay habitación amurada que no pueda ser abierta con tal puerta; sólo hace falta la fuerza de la imaginación para insinuarlo.

Bruno Schulz
Sanatorio bajo la clepsidra, 1937
(Traducción de Elzbieta Bartkiewicz y Juan Carlos Vidal, Montesinos, 1986)

Tratado de los maniquíes o El segundo libro del Génesis

Bruno Schulz

Carta a Witkiewicz

Autorretrato de Bruno Schulz"Los comienzos de mis dibujos se pierden en una niebla mitológica. Aún no sabía hablar cuando cubría ya todos los papeles y márgenes de los periódicos de garabatos que despertaban la atención de mis familiares. Fueron en un primer momento únicamente coches y caballos. El hecho de metamorfearse en coche se me aparecía lleno de significación y de simbolismo. Hacia el sexto, séptimo año de mi vida, en mis dibujos retornaba todo el tiempo la imagen de un simón, la capota levantada, las linternas encendidas, saliendo de un bosque nocturno. Esta imagen forma parte del arsenal de mi imaginación. Ella es el nudo hacia el cual muchas otras imágenes convergen. Aún hoy en día no he agotado su contenido metafísico. La visión de un caballo de fiacre me transtorna siempre, no ha perdido nada de su fuerza de atracción. Su anatomía esquizoide -cuernos, nudos y relieves en todas las extremidades- ha sido como frenada en su desarrollo en aquel momento en que ella había querido crecer y plantar ramificaciones. El coche es asimismo un producto esquizoide, resultante del mismo principio anatómico: él es fantástico con sus miembros múltiples hechos de chapas dobladas como flotadores negros y enormes ruedas carracas.

Yo no sé cómo se forman en nosotros, en nuestra infancia, ciertas imágenes de una significación decisiva. Ellas representan el papel de hilos sumergidos en una solución, a lo largo de los cuales se cristaliza el sentido del mundo. A estas imágenes pertenecen también la de un padre llevando en brazos, a través de los espacios de la noche, a su hijo quien habla con la oscuridad. El padre lo estrecha contra sí, lo encierra en sus brazos, intenta separarlo del elemento ambiente que habla, habla, pero para el niño sus brazos son transparentes, atravesándolos, la noche le alcanza y, sobre las caricias de su padre, el niño oye un discurso aterrador. Atormentado y resignado responde a las preguntas, abandonado por entero a aquel elemento del que no puede escapar.

Hay causas que nos son predestinadas, que nos conducen al umbral de la vida. Tal fue, a la edad de ocho años, mi percepción de la balada de Goethe, con toda su metafísica. Yo había tomado, presentido, sentido, filtrado por la lengua alemana que no comprendía más que a medias y, transtornado hasta el fondo del alma, lloraba cuando mi madre me la leía.

Tales imágenes constituyen la riqueza del espíritu y su programa, otorgados en buena hora bajo forma de premoniciones, de sensaciones semiinconscientes. Creo que toda nuestra vida ulterior se proyecta en la interpretación de estos bosquejos, en filtrarlos con la ayuda de todos los contenidos que nos llegan más tarde, utilizando toda la extensión de la inteligencia que nosotros podamos alcanzar. Estas imágenes precoces delimitan las fronteras de la creación de los artistas quien, ella, mana -de principios completamente dispuestos. Los artistas no descubren nada nuevo, ellos se disponen solamente a comprender lo mejor posible el secreto que les ha sido confiado en el origen y su creación es una exégesis continua, un comentario de este único versículo impuesto. Por otra parte, el arte no esclarece hasta el final este secreto. Este nudo del alma es un falso nudo que se deshace cuando se suelta un cabo. Nosotros lo manoseamos, nosotros seguimos el hilo en busca de su extremidad, y el arte nace de estas manipulaciones.

Me preguntas si en mis dibujos aparecen los mismos motivos que en mi prosa. Yo respondo afirmativamente. Es la misma realidad, solamente los aspectos puestos en juego son diferentes. El material, la técnica, son aquí el criterio de selección. El dibujo impone límites más estrechos que la prosa. Por eso pienso que me he expresado mejor en prosa.

Hubiera preferido no responder a la pregunta sobre la explicación filosófica que doy a Las tiendas de color canela. Yo creo que cuando se quiere racionalizar la visión de las cosas que encierra una obra de arte se desenmascara a los actores, se pone fin al juego, se empobrece la obra. No es que el arte sea un logogrifo con clave y la filosofía el mismo logogrifo que habría encontrado la respuesta. La diferencia es más profunda. En una obra de arte, el cordón umbilical que la conecta con el conjunto de nuestros problemas no está aún cortado, la sangre del misterio circula aún por él, los vasos sanguíneos sumergen sus extremidades en la noche ambiente y retornan colmados de un líquido oscuro. En una interpretación filosófica no queda más que un esquema aislado del conjunto. A pesar de todo esto, yo mismo siento curiosidad por ver formulado el credo filosófico de Las tiendas de color canela. Esto será más bien una tentativa de descripción de su realidad que su explicación.

Las tiendas... dan una receta de la realidad, crean una sustancia de un género particular. La materia de esta realidad se halla en un estado de fermentación continuo, ella está en germen, ella contiene una vida latente. No hay en ella objetos inanimados, duros, terminados. Todo desborda sus propios límites, dura un instante bajo una forma dada para abandonarla a la primera ocasión. En las costumbres, los comportamientos de esta realidad, aparece una norma y ésta es la mascarada universal. La realidad adopta ciertas formas únicamente por juego. Alguien es un hombre, alguien es un hipócrita, pero ninguna de estas formas permanece, ellas no son más que un rol momentáneo, una piel que será pronto rechazada. Se plantea aquí el monismo de la materia para la cual los objetos no son más que máscaras. La vida de la materia consiste en usar una cantidad infinita de máscaras y lo esencial de la vida es esta circulación de formas. Es así porque la materia libera un aura de ironía universal: es la atmósfera de los bastidores donde los actores libres de sus vestidos se ríen hasta las lágrimas de sus roles patéticos o trágicos. En el hecho mismo de una existencia particular hay ironía, bromas, bufonería, como si quisieran sacaros la lengua.

(Yo creo que se trata de un punto de similitud entre Las tiendas... y el mundo de vuestras composiciones pictóricas y dramáticas).

¿Cuál es el sentido de esta desilusión universal de la realidad? Yo no sabría decirlo. Afirmo no obstante que ella sería insoportable si no fuese compensada en otra dimensión. La bancarrota de la realidad nos concierne, el relajamiento de su tejido nos produce una profunda satisfacción.

Se ha hablado de una tendencia desmoralizante propia en este libro. Esto puede ser verdad desde el punto de vista de ciertos valores admitidos. Pero el arte es mi destino particular. La dominante de este destino es una profunda soledad, un aislamiento en relación a los asuntos de la vida cotidiana.

La soledad es esta enzima que provoca la fermentación de la realidad y precipita el depósito de figuras y colores. ".

Bruno Schulz

© de la traducción, Juan Carlos Vidal

 

7 Dibujos de Bruno Schulz

 

Mitología y realidad,
Juan Carlos Vidal
(selección del texto publicado en QUIMERA Nº 52)

Bruno Schulz,
John Updike
(fragmento del prólogo para Sanatorio bajo la clepsidra)

 

RELATOS

LAS TIENDAS DE COLOR CANELA, 1934

Agosto/ La Visitación/ Los pájaros/ Los maniquíes/ Tratado de los maniquíes o El segundo libro del Génesis/ Tratado de los maniquíes (conclusión)/ Las tiendas de color canela/ La calle de los cocodrilos/ La borrasca/ La noche de la gran estación/ La noche de julio/ Mi padre entra en el Cuerpo de Bomberos/ El segundo otoño/ La estación muerta/ El sanatorio del enterrador/ El jubilado

(Traducción de Salvador Puig
Barral Editores, 1972
)

RELATOS

SANATORIO BAJO LA CLEPSIDRA, 1937

Prólogo de John Updike/ El libro/ La época genial/ La primavera/ La noche de Julio/ Mi padre entra en el cuerpo de bomberos/ El segundo otoño/ La temporada muerta/ Sanatorio bajo la clepsidra/ Dodó/ Edzio/ El jubilado/ Soledad/ La última escapada de mi padre

(Traducción de Elzbieta Bartkiewicz y Juan Carlos Vidal
Montesinos, 1986
)

Les botigues de color canyella
       El sanatori de la clepsidra
Quaderns Crema.
Traducción: Anna Rubió y Jerzy Slawomirski

Obra completa de Bruno Schulz
 Siruela/Bolsillo nº 9
 Traducción: Juan Carlos y Elswieta Vidal

La Calle de los Cocodrilos

REVISTAS
Quimera 24/30/52/56/99/

FILM
Sanatorium pod klepsidra. , 1973 Dirigida por Wojciech J. Has

CORTOMETRAJE
T
he street of Crocodiles, 1986 Dirigido por los hermanos Quay

Bruno Schulz nació el 12 de junio de 1892 en Drohobycz (en esa fecha territorio austríaco, en 1918 pasó a formar parte de Polonia y en la actualidad pertenece a Rusia), y murió el 19 de noviembre de 1942 en la misma ciudad

 

Enlaces

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