Bruno Schulz

 

Autorretrato de Bruno SchulzBruno Schulz fue uno de los grandes escritores, uno de esos grandes prestidigitadores que convierten el mundo en palabras. En éste, su segundo y último libro, la escritura, con sus febriles acumulaciones de metáforas y sus imprevisibles lanzamientos al aire de objetos pesados, parece aún más singular que en el primero. El mágico caserío y la familia se difuminan, con débil resplandor en la pompa del calendario y en el desdoblamiento de una joven conciencia. La sensibilidad se muestra enteramente artística: «la fervorosa belleza del mundo» se revela por medio de los símbolos transparentes del álbum de sellos de un condiscípulo, y los soberbios efectos atmosféricos del tránsito de las estaciones son conjurados, más de una vez, en términos de deliberados escenarios teatrales, «un teatro ambulante, poéticamente ilusorio, una enorme cebolla roja que siempre descubre nuevos panoramas bajo cada una de sus capas». Estos panoramas se le entregan al autor a través de los lentes de la memoria -esa elaboración cerebral privativa del hombre que requiere la inyección de un lenguaje para poderla codificar. El tenaz artificio del lenguaje logra comprometer a la naturaleza en su conspiración:

¿Quién sabe del paso del tiempo cuando la noche baja la cortina un instante sobre lo que ocurre en sus profundidades? Ese corto intervalo, sin embargo, es suficiente para cambiar el decorado, para liquidar la gran empresa de la noche y toda su fantástica pompa tenebrosa. Podéis despertaros aterrorizados con el sentimiento de haber dormido en exceso, y veréis en el horizonte el radiante rayo luminoso del alba y la negra masa sólida de la tierra.

Las páginas están tan colmadas de brillantez como los asombrosos, rebosantes y amenazadores cielos de Schulz. Pero algo cruel acecha tras esta belleza, limita con ella: la crueldad del mito. Como los sueños, los mitos son una taquigrafía cuyas condensaciones tienen lugar sin la fricción de resistecia que la realidad siempre opone al dolor. En su soledad atesorada y aborrecida, Schulz incubó su pasado personal con el lastre de generaciones; y podemos saber hasta qué punto consiguió su objetivo al sentir el pavor que nos producen sus pasajes aún más líricos o humorísticos, el temor de que algo transcendental se aproxima. Algo extraño puede abrirse camino a través de estas oscuras y tensas membranas de la sensación. El transmutador de escenarios, el laborioso escritor puede derogar su ilusión. Las reglas que creíamos seguras son un poco falsas.

I.B. Singer, un amable genio de la Polonia de entreguerras, dijo que Schulz «escribió algunas veces como Kafka, otras como Proust y, en ocasiones, llegó a abismos tan recónditos que ninguno de ellos había alcanzado antes». Las sorprendentes semejanzas -la hiperbolización del pasado y los extáticos poderes del símil de Marcel Proust, la obsesión ante el padre y las fantasías metamórficas de Kafka- indican una diferencia elusiva: la escasa ortodoxia de los antiguos dentro de las presunciones judeocristianas del valor y la relativa desnudez con la que Schulz afronta el misterio de la existencia. Como Jorge Luis Borges, él es un cosmólogo sin teología. El conmovedor empeño de su prosa (que nunca, a diferencia de la de Proust o Kafka, nos arrastra hacia adelante sino que, más bien, parece invitarnos constantemente a detenernos y releer) intenta construir el mundo de nuevo a partir de las ruinas que restan después de un innombrable desastre.

Tal vez lo que mejor pueda explicarnos ese desastre sea la locura de su padre. «Locura» quizás sea un término demasiado fuerte, pero ciertamente su actitud fue un «alejamiento de la realidad». «En efecto, era un comerciante de Drogobych que había heredado un negocio textil y a cuyo frente estuvo hasta que la enfermedad lo-obligó a abandonarlo al cuidado de su esposa. Se retiró a diez años de ocio forzoso y a su propio mundo de sueños»: de esta forma, Celina Wienieska, la admirable traductora de la obra de Schulz al inglés, perfila las circunstancias del desastre en su prefacio a La calle de los cocodrilos. Allí, en el cuento «Visitación», se nos informa del retraimiento del padre». Nudo a nudo se desató de nosotros; punto por punto cortó los lazos que lo ataban a la comunidad humana. Y lo que aún restaba de él -el pequeño envoltorio de su cuerpo y el puñado de extrañezas sin sentido- desaparecería por fin un día, tan inadvertidamente como podía desaparecer el montón gris de desperdicio arrinconado a la espera de que Adela lo llevara al cubo de la basura». Las numerosas metamorfosis del ficticio personaje paterno que culminan en la horrorosa forma de cangrejo que asume en el último cuento de este volumen, los a veces soberbios sistemas ilusorios que el anciano hila, y la terrible guerra de la merma contra el engrandecimiento en la imaginaría que rodea a esta figura, tienen sus bases en una metamorfosis real que debe haber sido, para el hijo de la víctima, más sobrecogedora que divertida, más humillante que poética.

En Kafka, al contrario, el padre amenaza en virtud de su autoridad, y surge menos frágil de lo que parece en un comienzo. En ambos casos el padre ocupa el cálido centro de la imaginación del hijo. La madre es sentida de un modo oscuro y frío y apenas logra pequeños agradecimientos por su eficacia y sensatez. Sin embargo, en el universo recreado por Schulz su madre no está del todo ausente; en los escritos de Sören Kierkegaard -otro soltero solitario, hijo de un padre fascinante, si bien poco digno de confianza- la madre está ausente por completo. De la madre, quizás, los hombres adquieren el sentido de sus cuerpos; del padre, su sentido del mundo. De la relación con su padre, Kafka construyó un universo enigmático, austero pero impecable; Schulz presenta un cosmos anticuado, soluble, pintoresco, pródigo en sus invenciones pero débil en su autoridad. En «El tratado de los maniquies» (de La calle de los Cocodrilos) hace pronunciar a su padre: «Aunque, olvidando el respeto al Creador, fuera a intentar una crítica de la creación, diría: «¡menos materia, más forma!».

Sensible a lo informe, Schulz concede más atención que Samuel Beckett al hastío, al preponderante limbo de la vida, a las pruebas falsas de la experiencia, a las estaciones muertas, a aquellos negativos trechos del tiempo en los que dormimos o damos cabezadas. Su percepción del tiempo ocioso es tan fuerte que el inexorable medio temporal parece débil e inconstante.

Todos sabemos que el tiempo, ese elemento indisciplinado, se mantiene precariamente dentro de sus límites gracias a una labor incesante, a un cuidado meticuloso y a una continua regulación y corrección de sus excesos.
Liberado de esta vigilancia, empieza de inmediato a hacer trucos, a correr salvaje, a practicar irresponsables bromas y a entregarse a locas payasadas. La incongruencia de nuestros tiempos privados se muestra evidente.

«La incongruencia de nuestros tiempos privados» -la frase encierra un rasgo problemático de la literatura moderna: su encarcelamiento en lo personal. Al dejar de lado a reyes, héroes y hasta las sagas populares que inspiraron a Joseph Conrad y Thomas Hardy, el escritor parece condenado a vivir, como el narrador de «Soledad» (en El Sanatorio bajo la ciepsidra), en su antiguo cuarto de infancia. Limitado, en una época científica que ha redefinido la verificación, a los episodios que ha presenciado, a la existencia vivida entre monótonos minutos, el escritor es impulsado a exagerar y la textura de la magnificación es caprichosa. De un modo más puro que Proust o Kafka, Schulz renunció a las múltiples deformaciones de una reflexión obsesiva, entregándonos unas veces un padre tan birllante como el meteoro reluciente que, «rutilando con mil luces», salta a la lona del cuerpo de bomberos y, en otras ocasiones, un padre reducido a basura.

La última obra que dejó Schulz, la novela corta «El cometa», presenta al Padre examinando en el microscopio un humúnculo floreciente que una estrella errante ha engendrado en la quietud del oscuro cañón de la chimenea de la estufa, mientras el tío Eduardo, a quien el hechizo del Padre ha transformado en campana, hace sonar la alarma de un fin del mundo que aún no llega. En estas imágenes vívidas y enigmáticas se logra la esencia de la extrañeza y un grado de saturación religiosa, completamente heterodoxo, desconocido en la literatura desde William Blake. Y por cierto que los resplandecientes cielos de Schulz, al lucir «los espirales y torteros de la luz, los indelebles verdes pálidos de la oscuridad, el plasma del espacio, el tejido de los sueños», nos cargan sobre la espalda a los astrónomos paganos, sus maravillosas y desoladas intuiciones de un orden sobrehumano.
(.../...)

© John Updike
fragmento del prólogo para Sanatorio bajo la clepsidra, de la editorial Montesinos

 

 Zerkalo
Colaboraciones,  comentarios y enlaces serán bien recibidos

© maruska