Tratado de los maniquíes
o El segundo libro del Génesis

«El Demiurgo, dijo mi padre, no tuvo el monopolio de la creación; la creación es el privilegio de todos los espíritus. La materia posee una infinita fecundidad, una fuerza vital inagotable y al mismo tiempo un poder seductor que nos impulsa a modelarla. En las profundidades de la materia se trazan imprecisas sonrisas, se anudan conflictos y se condensan las formas esbozadas. La materia ondula íntegramente frente a las inacabadas posibilidades que la atraviesan como vagos estremecimientos. Mientras aguarda un soplo vivificante, la materia oscila sin cesar y nos tienta mediante millones de curvas blandas y dulces nacidas de su tenebroso deseo.

»Privada de iniciativa propia, maleable y lasciva, dócil a todos los impulsos, la materia constituye un terreno sin ley, abierto a innumerables diletantismos, a la charlatanería, a todos los abusos, a las más turbias manipulaciones demiúrgicas. La materia es lo más pasivo y desamparado del Universo. Todos pueden modelarla a su antojo. Todas las estructuras de la materia son frágiles e inestables, y están sujetas a la regresión y la disolución.

»No hay nada de malo en reducir la vida a nuevas apariencias. El asesinato no es pecado. A menudo no es más que una violencia necesaria respecto a las formas entumecidas y refractarias que han dejado de ser interesantes. Induso puede ser meritorio en el marco de una experiencia importante y curiosa. Podría transformársela en el punto de partida de una nueva apología del sadismo.»

Mi padre no cejaba en glorificar ese extraordinario elemento.

«No hay materia muerta, afirmaba, la muerte no es más que una apariencia bajo la que se esconden las desconocidas formas de vida. Su escala es infinita, y sus matices inagotables. Mediante múltiples y preciosos arcanos el Demiurgo ha creado numerosas especies dotadas del poder de reproducción. No se sabe si los arcanos pueden ser encontrados algún día. Pero ello no es necesario, puesto que si esos clásicos procedimientos nos fueran prohibidos de una vez por todas, nos quedarían muchos otros, una cantidad infinita de procedimientos heréticos y criminales.»

A medida que mi padre pasaba de esas generalidades cosmogónicas a consideraciones que le afectaban más íntimamente, su voz bajaba de tono hasta convertirse en un penetrante susurro; su tesis se hacía paulatinamente difícil y confusa, y se perdía por regiones cada vez más conjeturales y peligrosas. Su gesticulación adquiría entonces una especie de solemnidad esotérica. Entrecerraba un ojo, se llevaba dos dedos a la frente, y la astucia de su mirada se hacía extraordinaria. Al subyugar a sus interlocutores, y penetrar con su cínica mirada sus más íntimas reservas, alcanzaba lo más profundo de ellas mismas, las empujaba hacia sus últimos reductos y las alejaba con un irónico dedo hasta que surgía de ellas un rayo de comprensión y vida; y sin mostrar ninguna resistencia demostraban de ese modo su acuerdo y complicidad.

Las muchachas permanecían sentadas, inmóviles; la lámpara humeaba, la ropa había resbalado hacía ya rato de la máquina de coser que seguía funcionando inútilmente, cosiendo el hilo que la noche invernal desarrollaba hasta el infinito.

«Hemos vivido demasiado tiempo aterrorizados por el Demiurgo, decía mi padre, durante un tiempo extraordinariamente largo la perfección de su obra ha paralizado nuestra propia iniciativa. Pero no queremos competir con él. No tenemos el deseo de igualarlo. Queremos ser creadores en nuestra propia baja esfera, aspiramos a los placeres de la creación -en una palabra, a la demiurgia.»

No sé en nombre de quién ni de qué proclamaba estas reivindicaciones, pero la solidaridad supuesta con una colectividad, una corporación, una secta, un orden no mencionados, daba un carácter patético a sus palabras. Por nuestra parte, estábamos bastante lejos de las tentaciones demiúrgicas.

Sin embargo, mi padre desarrollaba el Programa de esta segunda Creación, de este Génesis heterodoxo que debía oponerse abiertamente al orden existente.

«Nosotros no buscamos, decía, obras de largo aliento, seres hechos para durar mucho tiempo. Nuestras criaturas no serán héroes de novelas que abarquen muchos volúmenes, sino que tendrán breves papeles, lapidarios, caracteres sin profundidad. A menudo sólo los llamaremos a la vida para que ejecuten un solo gesto o pronuncien una sola palabra. Lo reconocemos francamente: no insistiremos en la duración o en la solidaridad de la ejecución, y nuestras criaturas serán casi provisionales, hechas para no servir más que una vez. Si se trata de seres humanos les daremos, por ejemplo, la mitad del rostro, una pierna, una mano, la que le será necesaria para su papel. Sería pedante preocuparse por el segundo elemento si éste no está destinado a entrar en juego. Por detrás podría, simplemente, hacerse una costura o pintarlos de blanco. Nosotros depositaremos toda nuestra ambición en esta noble divisa: un actor para cada gesto. Para cada palabra, para cada acto, haremos nacer un hombre especial. Tal es nuestro gusto, y será un mundo al gusto nuestro.

»El Demiurgo estaba enamorado de los materiales sólidos, complicados y refinados; nosotros, a su vez, damos preferencia a la pacotilla. Estamos interesados y positivamente seducidos por la chapucería, por todo lo que es vulgar e insignificante. ¿Comprenden -preguntaba mi padre- el profundo sentido de esa debilidad, de esa pasión por los trozos de papeles de colores, el papel maché, el barniz, la estopa y el serrín? ¡Pues bien! -respondía con una dolorosa sonrisa- esa debilidad se debía a nuestro amor por la materia por sí misma, por lo que ésta tiene de velloso y poroso, por su consistencia mística. El Demiurgo, ese gran señor y artista, la hace invisible al hacerla desaparecer bajo los ojos de la vida. Nosotros, por el contrario, apreciamos sus disonancias, sus resistencias, su torpeza mal desbastada. Nos gusta discernir en cada gesto, en cada movimiento, su grave esfuerzo, su inercia y su torpeza de gran oso dócil.»

Las muchachas quedaban fascinadas, con los ojos vidriosos. Al ver sus rostros tensos y estupefactos por la atención, y sus febriles mejillas, uno podía preguntarse si eran criaturas de la primera o de la segunda Creación.

«En resumen -dijo finalmente mi padre- queremos crear al hombre por segunda vez, a imagen y semejanza del maniquí.»

Al llegar a este punto, y para ser fieles al relato, debemos mencionar un pequeño e insignificante incidente que se produjo en ese momento y al que no dimos ninguna importancia. Totalmente incomprensible y carente de sentido en esta serie de acontecimientos, ese incidente podía interpretarse como una especie de automatismo fragmentario carente de causas y efectos, como una especie de malicia del objeto, trasladada al terreno psíquico. Aconsejamos al lector que no le haga más caso que nosotros.

Así pues, en el momento en que mi padre pronunciaba la palabra «maniquí», Adela miró su reloj y le guiñó el ojo a Polda. Entonces dio, junto a su silla, un pasito hacia adelante, se levantó el borde de la falda y avanzó lentamente un pie adornado de seda negra que apuntó como si fuera la cabeza de una serpiente.

Adela permaneció en esta posición, rígida, con sus enormes ojos que la atropina agrandaba aún más, entre Polda y Paulina; las tres miraron a mi padre con sus ojos totalmente abiertos. Este tosió, calló, se inclinó hacia delante y enrojeció. En un segundo, su rostro, que hasta entonces era vibrante y profético, adquirió una expresión de humildad.

El, el inspirado heresiarca, se había replegado bruscamente sobre sí mismo, descompuesto y encogido. Su entusiasmo acababa de abandonarle o tal vez había sido sustituido por algún otro, que permanecía rígido, muy rojo, con los ojos bajos. Polda se acercó y se inclinó frente a él. Y mientras le daba golpecitos en la espalda le dijo con un tono de gentil estímulo:

-Jacob será razonable, Jacob escuchará, Jacob no será obstinado... ¡Vamos, Jacob, Jacob!

El zapato de Adela, que seguía apuntando, temblaba ligeramente y brillaba como la lengua de una serpiente. Mi padre, con la mirada siempre baja, se levantó lentamente, dio un paso de autómata, y cayó de rodillas. En el silencio silbaba la lámpara. En la tapicería de las paredes corrían elocuentes miradas, surgían venenosos murmullos, pensamientos zigzagueantes...

Bruno Schulz
Las tiendas color canela, 1934
(Traducción de Salvador Puig, Barral Editores, 1972)

 

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