espejo
de emociones
 |
Tender
hacia la sencillez supone tender a la profundidad de la vida representada.
Pero encontrar el camino más breve entre lo que se quiere decir y lo
realmente representado en la imagen finita es una de las metas más arduas
en un proceso de creación.
Andrei
Tarkovski
|
|

Sobre
Solaris y Stalker

Solaris
trata de personas que se han perdido en el cosmos y que - quieran o no
- ahora tienen que aprender cosas nuevas. Este afán de saber, impuesto
aquí al hombre desde fuera, es a su modo algo tremendamente dramático,
puesto que se ve acompañado de continua intranquilidad y de carencias, de
dolor y decepción, puesto que la verdad última es inalcanzable. A ello
se añade que al hombre le ha sido dada una conciencia, que empieza a
atormentarle en cuanto su comportamiento es contrario a las leyes morales.
También la existencia de la conciencia es, en cierto modo, algo trágico.
Incluso en El espejo, que habla de los sentimientos profundos,
eternos, no de los de breve flamear, esos lazos se convierten en una
imposibilidad de comprender, en una incapacidad del protagonista, que no
entiende por qué ha de sufrir eternamente por culpa de esos sentimientos,
por ese amor y esas ataduras. En Stalker lo digo de forma abierta y
yendo hasta las últimas consecuencias: el amor humano es ese milagro
capaz de oponerse eficazmente a cualquier especulación sobre la falta de
esperanza en nuestro mundo. Lo malo es que también nos hemos olvidado de
qué es el amor.
En Stalker, el escritor reflexiona sobre el aburrimiento de la vida
en un mundo sometido a reglas, en el que incluso la casualidad es el
resultado de una ley que para nosotros era hasta entonces desconocida.
Quizá sea por eso por lo que el escritor está a gusto en la zona,
donde se encuentra con algo desconocido, capaz de sorprenderle, de
maravillarle. En realidad, lo que le maravilla es precisamente aquella
mujer sencilla, con su fidelidad y sus valores humanos. ¿Es que realmente
todo está sometido a la lógica? ¿Es que realmente todo se puede
disgregar en sus partes componentes, todo se puede calcular?

En Stalker y en Solaris si algo no me interesaba era la
ciencia-ficción. Pero, desgraciadamente, en Solaris aún hubo muchos
elementos de ciencia-ficción, que distraían de lo esencial. Todas
aquellas naves espaciales que aparecían en la novela de Stanislav Lem,
indudablemente, estaban bien elaboradas y tenían su interés, pero,
vistas las cosas desde hoy, opino que la idea fundamental de aquella
película se habría expresado con mucha más claridad si hubiéramos
prescindido de todo aquello.
La ciencia-ficción no
era en Stalker sino un punto de partida táctico, útil para
ayudarnos a destacar aún más gráficamente el conflicto moral, que era
lo esencial para nosotros. Pero en todo lo que le sucede en esa película
al protagonista no hay ciencia-ficción de ningún tipo. La película se
hizo de tal manera que el espectador podía tener la impresión de que
todo aquello podía suceder hoy mismo y de que la zona estaba muy
próxima.
A menudo se me ha
preguntado qué simboliza exactamente la zona y hay quien se ha
lanzado a las más aventuradas hipótesis y sospechas. Preguntas y
suposiciones de ese tipo siempre consiguen abocarme a la desesperación y
a la cólera. En ninguna de mis películas se simboliza algo. La zona es
sencillamente la zona. Es la vida que el hombre debe atravesar y en
la que o sucumbe o aguanta. Y que resista depende tan sólo de la
conciencia que tenga en su propio valor, de su capacidad de distinguir lo
sustancial de lo accidental.
Considero que es un
deber mío animar a la reflexión sobre lo específicamente humano y sobre
lo eterno que vive dentro de cada uno de nosotros. Pero el hombre ignora
una y otra vez lo humano y lo eterno, aunque tenga su destino en sus
propias manos. Prefiere ir a la caza de ídolos engañosos, aunque al fin
y al cabo, de todo aquello no quede más que esa partícula elemental con
la que el hombre puede realmente contar en su vida: la capacidad de amar.
Y esa partícula elemental puede ocupar en su alma una posición
existencialmente definitiva, puede dar sentido a su existencia.
Andrei
Tarkovski
Esculpir en
el tiempo, 1984 (Ediciones Rialp)
|
|
Esculpir
en el tiempo

-
Es posible verbalizar, formular un pensamiento, pero esta descripción
nunca le hará justicia. Una imagen se puede crear y sentir, aceptar o
rechazar, pero no se puede comprender en un sentido racional. La idea de lo
infinito no se puede expresar con palabras, ni siquiera se puede
describir.
...
- Cuando un artista crea
su imagen, está asimismo superando su pensamiento, que es una nada en
comparación con la imagen del mundo captada emocionalmente, imagen que
para él es una revelación. Pues el pensamiento es efímero, y la imagen,
absoluta. Por eso se puede hablar de un paralelismo entre la impresión
que recibe una persona espiritualmente sensible y una experiencia
exclusivamente religiosa. El arte incide sobre todo en el alma de la
persona y conforma su estructura espiritual.
El poeta es una persona con la fuerza imaginativa y la psicología de un
niño. Su impresión del mundo es inmediata, por mucho que se mueva por
las grandes ideas del universo.
Es decir, no "describe" el mundo, el mundo es suyo.
...
- En El espejo yo
no quería hablar de mí mismo, sino de los sentimientos que tengo frente
a las personas que me son próximas, de mis relaciones con ellas, de mi
perpetuo sentimiento hacia ellas, pero también de mi fracaso y del
sentimiento de culpa que por ellas siento. Los acontecimientos que el
protagonista recuerda -hasta su último detalle- en el momento de su más
grave crisis, esos acontecimientos le hacen sufrir, despiertan en él
nostalgia, inquietud.
Al leer una obra de
teatro, se puede entender su sentido. Ese sentido, en cada una de las
puestas en escena, se puede interpretar de una manera diferente. La obra
de teatro tiene, desde el principio, un perfil propio. Por el contrario,
de un guión no se desprende el perfil de la futura película. El guión
muere con la película; y aun cuando una película extraiga sus diálogos
de la literatura, el cine, en su esencia, no tiene una relación con la
literatura. Una obra de teatro se convierte en literatura, porque las
ideas son caracteres que expresan su esencia en diálogos. Y el diálogo
es algo literario. En el cine, por el contrario, el diálogo es sólo uno
de los elementos de la estructura material.
Todo aquel que en un
guión pretende hacer literatura, más tarde, en el proceso de nacimiento
de la película, por principio y de forma muy consecuente, tiene que
reelaborar su trabajo. La literatura ha de ser refundida hasta ser arte
cinematográfico. Lo que significa que deja de ser literatura una vez que
la película está hecha. Cuando ésta se ha rodado del todo, ya tan sólo
queda lista para el montaje. Y a nadie se le ocurrirá decir que eso es
literatura. Se parece más, bien a la narración de lo que ha visto un
ciego.

...
- Uno de los problemas
más serios de la representación en el cine es el de los colores. En
primer lugar, es absolutamente imprescindible reflexionar sobre la
paradoja de que el color dificulta considerablemente la reproducción fiel
de sentimientos verdaderos. El color en el cine es ante todo una exigencia
comercial, no una categoría estética. Y por eso progresivamente van
apareciendo de nuevo películas en blanco y negro.
El fijar colores de una
calidad determinada es un problema fisiológico y psicológico, y el
hombre normalmente no se fija mucho en ello. El carácter pictórico de
una toma, que a menudo es sólo consecuencia mecánica de la calidad de la
copia, recarga la representación con una convencionalidad adicional, que
hay que superar si se quiere conseguir una adecuación a la vida.

Hay que esforzarse por
neutralizar el color y evitar un efecto activo del color sobre el
espectador. Si el color como tal pasa a ser el aspecto dominante de la
toma, entonces el director y el director de fotografía están tomando
prestados de la pintura métodos eficaces para influir sobre el público.
La recepción por parte del espectador de una película corriente,
profesionalmente digna, se parece mucho a la recepción de una revista
«profusamente ilustrada». Se está planteando el interrogante de las
posibilidades expresivas de una fotografía en color.
Quizá se debería
neutralizar el efecto activo del color por medio de una combinación de
color con escenas monocromáticas, para reducir así el efecto de todo el
espectro cromático. Si la cámara, como se dice, fija sólo la vida real
en el celuloide, ¿por qué, casi siempre, le parece a uno que la
película en colores es algo falso, escasamente sincero? La explicación
me parece que se halla en el hecho de que en el caso de una reproducción
mecánicamente exacta de los colores está ausente la posición del
artista, que éste ha perdido su papel configurador y, por ello, tiene que
prescindir de la posibilidad de elegir. La gama de colores tiene su propia
lógica y el director ha perdido la batuta si la ha dejado en manos del
proceso técnico. Es prácticamente imposible obtener una selección
consciente que acentúe los elementos cromáticos del mundo real. Y por
muy extraño que nos parezca, aunque el mundo que nos rodea tiene color,
la película en blanco y negro reproduce su imagen con mayor cercanía a
la verdad psicológica, naturalista y poética, correspondiendo, por lo
tanto, mejor a la naturaleza de un arte que se basa en las
características de la visión.
En el fondo, una película en color es
el resultado de un debate que incluye la tecnología de la película en
color y el color en general.
...
Andrei
Tarkovski
Esculpir en
el tiempo, 1984 (Ediciones Rialp)
|
|
 
La
habitación como forma de tránsito
Antonio
Mengs (Stilya)
Capítulo del libro
Stalker, de Andrei Tarkovski. Antonio
Mengs
(Cedido, generosamente, para
Zerkalo)
|
Andrei
Tarkovski, la vida y su reflejo
Carlos
Losilla
Con motivo
de la edición en dvd de la obra de Tarkovski, Dirigido por... ha
publicado dos artículos. Os dejamos las entradillas que Carlos Losilla
ha escrito sobre el cineasta |
|
Sextina
al cinema d'Andrei Tarkovski
Joan
Brossa
|
|
Ciclo
Andrei Tarkovski en la Filmoteca de Catalunya
Francesc
Xavier Mir
Justicia:
a ocho años de la muerte del realizador soviético Andrei Tarkovski, la
Filmoteca de la Generalitat de Catalunya organizó a principios del mes de
diciembre un ciclo retrospectivo que incluyó la totalidad de su obra.
Justicia, digo, porque, aun tratándose de uno de los corpus
cinematográficos más enigmáticos, cerrados y crípticos de la historia,
éramos muchos quienes deseábamos ver restituida, en toda su dimensión,
la imagen de este creador que, por encima de clasificaciones (no es
únicamente un director «de culto»), despierta reacciones encontradas. A
ello contribuyó un espléndido regalo: el estreno absoluto en nuestro
país del film La apisonadora y el violín, que es de hecho el
trabajo de graduación de Tarkosvki para la escuela V.G.I.K. de Moscú. En
la sesión correspondiente a este estreno se contó con la presencia de
Larissa Tarkovski, quien contestó a las preguntas de los asistentes en un
breve coloquio previo a la proyección.
Antes de comentar sucintamente
las películas expuestas, debo hacer mención de un hecho que me
sorprendió gratamente. Con respecto a reposiciones anteriores de fllms de
Andrei Tarkovski, la afluencia de público, y más concretamente de
público joven (entre veinte y treinta años), sólo puede interpretarse
como un síntoma optimista de la salud de la cinefilia barcelonesa... a
pesar de las dificultades para cultivar esta afición en un entorno de
sobras conocido por muchos lectores. Público, pues, de cine de autor y
dispuesto a soportar, en algún caso, largas colas para contemplar films
rara vez accesibles.
Entremos en materia. Dejando
aparte La apisonadora y el violín, en la que, si bien ya se
apuntan obsesiones recurrentes en los films de Tarkovski, se aprecia
fácilmente que el autor está todavía en estado de «acomodación al
medio», la filmografía de este director genial se compone de siete
obras, la primera de las cuales, La infancia de Iván (1962), es
sin duda la más asequible.
Detalla los últimos meses de la vida de un niño que sólo ha conocido el
horror de la guerra y que combate en las guerrillas contra la invasión
nazi a través de un estilo en el que ya se pueden considerar asentados su
facilidad y gusto para filmar el agua y la nieve, sus soberbios y
expresivos primeros planos y ese encuadre dominado por una intuición
pictórica inédita desde el Fausto de Murnau.

Cuatro años más tarde,
Tarkovski asienta definitivamente su estilo con el extenso fresco
histórico Andrei Rublev, en rigor una road movie con un
pintor de iconos por protagonista. Los temas que el director
desarrollaría a lo largo de toda su carrera (la meditación acerca de los
valores espirituales en un mundo en descomposición, el papel regenerador
del arte y su falsa promesa, la necesidad de la existencia de un misterio
que mueva a los hombres al conocimiento) están ya presentes, y
desarrollados mediante un cuidadoso estudio del tiempo narrativo y de su
relación con el plano secuencia.

Con Solaris (1973)
consigue Tarkovski, desde mi punto de vista, alcanzar la cima de su
estilo. Es una inteligente y emocionante adaptación de la novela de
Stanislaw Lem, de la que sabe captar perfectamente su sentido alegórico.
La trama de Solaris, encuadrada genéricamente en una
ciencia-ficción (conciencia-ficción, la han definido algunos
acertadamente) muy lejana de cualquier tópico genérico, es en realidad
la aventura del hombre a través de su asunción de los límites del
conocimiento, y de la necesidad de que esos límites jamás puedan ser
franqueados. La potencia expresiva de muchas secuencias de este film
irrepetible (la levitación en la biblioteca, el impresionante zoom
retrospectivo final) sigue insuperada.

Sucede a este film El espejo (1974),
la obra más críptica de su autor, en la que, dentro de un conjunto
difícil de sistematizar y dotar de sentido, destacan algunos movimientos
de cámara de enorme impacto (travelling alrededor de una mujer
sentada en una- valla, o una cámara que desde el aire, sigue las
evoluciones de quienes circulan por un pasillo, en una idea deudora del
Dreyer de La pasión de Juana de
Arco).
Con Stalker (1979),
último film de Tarkovski rodado en la Unión Soviética, vuelve el
cineasta al género de la ciencia-ficción. Stalker es quien conduce a los
interesados a través de «la zona», un lugar en el que se alteran las
condiciones habituales de percepción de los hombres. El larguísimo,
lentísimo discurso tarkovskiano es una disección impresionante del papel
de la religión, sus transmisores y sus destinatarios, en un mundo
consumido por la vacuidad de los falsos artistas y del destructivismo de
una ciencia peleada con la fisis que le dio justificación.
En Italia rodaría Tarkovski Nostalghia,
dominada por una fotografía sublime, en la que de nuevo dos
personajes se enfrentan, inevitablemente, a causa de su modo radicalmente
distinto de vivir «a través de» o «sin» la fe. La aparición de un
determinante tercer personaje, un hombre que ha abolido ya las distancias
entre vida y fe que trata de romper el protagonista, en encarnada por el
actor bergmaniano Erland Josephson, que da vida a un psicópata
absolutamente creíble. Lejos de recrearse en un estilo autocomplaciente,
el director ruso llega cada vez más lejos en profundización de su
lenguaje, que culmina, en esta muestra, con la sobrecogedora secuencia en
la que el protagonista atraviesa un largo desecado con una vela encendida,
rodada en tiempo real.
Sacrificio
(1986), su última obra, es la más ambiciosa proyección de Tarkovski,
puesta en funcionamiento con capital francés y sueco y una fotografía de
Sven Nykvist que nadie que haya contemplado puede olvidar. En este film
depura Tarkovski aún más su estilo, permitiéndose acercar al público,
sin transgredir su arte, la fuerza de un discurso cada vez más necesitado
de recepción. El director apenas pudo revisar las últimas etapas del
montaje, pues su enfermedad, un cáncer, acabó con él antes de que
acabara el año. Cómo no emocionarse ante la historia, vuelta en
imágenes, del actor que se ofrece a sí mismo en sacrificio para salvar
al mundo, cuando se piensa en que el artífice de esa historia tenía
noticia de su propio destino. Sacrificio cierra elocuentemente el
bucle discursivo de una filmografía que, con sus particularidades y
dificultades insoslayables, se erige, sin discusión, como una de las más
interesantes y perturbadoras jamás rodadas.
© Francesc
Xavier Mir, 1995
Dirigido
por Nº 232
|
|