FLASHBACK  Por Carlos Losilla

 

Andrei Tarkovski
    LA VIDA Y SU REFLEJO

Andrei TarkovskiTRACK MEDIA LANZA AL MERCADO CINCO FILMS DE ANDREI TARKOVSKI EN UNA CUIDADA EDICION CON NUMEROSOS EXTRAS. ESTE MES COMENTAMOS LOS DOS PRIMEROS, «ANDREI RUBLEV» y «SOLARIS», Y DEJAMOS PARA EL PROXIMO NUMERO EL COMENTARIO DE LOS TRES RESTANTES: «LA INFANCIA DE IVAN», «STALKER» y «EL ESPEJO».

VARIOS FACTORES HAN CONTRIBUIDO a hacer de Andrei Tarkovski lo que se suele llamar, no sé muy bien por qué, un «cineasta de culto». En veinticinco años de carrera sólo dirigió siete largome­trajes, cada uno de ellos un acontecimiento encarecidamente celebrado por la comunidad cinéfila de la época. Desarrolló esta exigua filmografía siempre en condiciones adversas, luchando tenazmente contra la censura soviética y sin realizar una sola concesión a la cornercialidad. Y su muerte prematura, a los 54 años, terminó de forjar una leyenda misteriosa en torno a su persona, sin duda azuzada por el fervor de sus admiradores más intransigentes. De hecho, Tarkovski es uno de esos directores que suele gustar demasiado a quienes detestan el cine. Su breve obra está plagada de referencias culturales y, lo que es más importante, constituye en sí misma un sorprendente magma de reflexiones existenciales que pueden servir tanto para un roto como para un descosido. Trabajos como Stalker (1979) o Sacrificio (1986) han provocado multitud de interpretaciones, generalmente mucho más complicadas que las propias películas, de modo que los desafueros místicos, en ocasiones, han acabado usurpando el lugar de la sencillez y la humildad propias de su autor. En el fondo, al verdadero Tarkovski lo que más le gusta es filmar el agua, las nubes, la tierra, los cuerpos. Y, a partir de ellos, la trascendencia. Pero sólo a partir de ellos.

Por eso lo más difícil, a la hora de enfrentarse a sus películas, es hermanar esa pasión por el aspecto físico de las cosas y la angustia de hallarles un sentido. Tarkovski pertenece a esa estirpe de cineastas, como John Ford o Ingmar Bergman, capaces de preguntarse si bajo una sepultura puede yacer un alma, además de un cuerpo, o si tras las aguas inmóviles de una charca puede ocultarse el ánima universal. No lo saben, y nunca lo sabrán, pero son conscientes de que su deber como individuos y cineastas consiste en plantearse una y otra vez la misma cuestión. Pues bien, ese eterno retorno alcanza su expresión más perpleja y acabada en las películas de Tarkovski, largas, ceremoniosas, errabundas, sin un eje concreto al que agarrarse, pero por ello, también, genuinamente emotivas en su indefinición. La cámara flota en planos que nunca se detienen en algo concreto, porque todo es pura ilusión, apariencia que a veces no se atreve a traspasar. Y la vida gira en torno a ellos siguiendo un descentrado permanente: lo único que quiere el cine de Tarkovski es librarse de todas las ataduras, prescindir de todas las convenciones para que el pensamiento fluya puro y nítido, en su tersa opacidad, frente a una humanidad resignadamente atónita.

© Carlos Losilla
Dirigido por... número 355

 

Andrei TarkovskiAndrei Tarkoyski (y 2)
    EL CINE COMO UN SUEÑO

TAL COMO HABlAMOS ANUNCIADO EN NUESTRO NUMERO ANTERIOR, PUBLICAMOS ESTE EL COMENTARIO SOBRE LOS OTROS TRES FILMS DE ANDREI TARKOVSKI EDITADOS POR TRACK MEDIA EN DVD. SE TRATA DE LA INFANCIA DE IVAN, STALKER y EL ESPEJO.

EL CINE DE ANDREI TARKOVSKI presenta una indiscutible unidad de estilo e intenciones, pero a la vez gran parte de su belleza reside en una misteriosa diversidad. El mes pasado hablaba en estas mismas páginas de Andrei Rublev (1969) y Solaris (1972), su segunda y tercera películas, respectivamente un fresco histórico sobre la Edad Media rusa y un relato de ciencia ficción inspirado en la famosa novela de Stanislav Lem. Ahora es el turno de La infancia de Iván (1961), El espejo (1974) Y Stalker (1979), que vienen a rellenar los huecos de su filmografía hasta el inicio de los años ochenta, a partir de los cuales sólo realizará dos películas más antes de fallecer prematuramente en 1986, a los 54 años de edad. Esos dos trabajos, Nostalgia (1983) y Sacrificio (1986), son la culminación de una carrera tan breve como fulgurante y confirman que la deriva de Tarkovski no fue tan lineal y reconcentrada como aparenta, una intuición que aparece en todo su esplendor en el justo medio de su carrera, sobre todo cuando realiza El espejo, su propuesta más personal y arriesgada. Por su parte, Stalker parece un regreso a las preocupaciones de Solaris, con una escritura fantastique que se pretende remontar a base de pinceladas metafísicas. Y en cuanto a La infancia de Iván, su opera prima, presenta unas condiciones de producción que la convierten en un caso aparte.

Pero lo más peliagudo al hablar de Tarkovski, lo que suele empañar la mirada de todos aquellos que se acercan por primera vez a su cine, es el mito de su «espiritualismo». Sin duda, como dije más o menos en el número anterior, sus películas buscan una trascendencia que siempre se encuentra más allá de la realidad filmada, y sin embargo, paradójicamente, ese intento de transfiguración a través del arte termina localizándose en las propias imágenes, en esa naturaleza que parece cobrar vida ante los ojos del espectador, o incluso en esos rostros que se transmutan al contacto con la cámara. En este sentido, la evolución que se produce desde La infancia de Iván a Stalker, pasando por El espejo, es más que significativa: de un relato sobre los horrores de la guerra a una reflexión sobre la memoria, y de ésta a la pura ascesis a través de la locura y de la fe, esas tres películas son como las tres caras de un mismo enigma, todas ellas de una poderosa sensualidad y simultáneamente dotadas de un altísimo grado de abstracción, tan idénticas como distintas, atravesadas por un mismo pensamiento y lanzadas en diferentes direcciones que incluso pueden desconcertar al espectador más ingenuo. ¿Qué une y qué separa, pues, a tres películas como La infancia de Iván, El espejo y Stalker?

© Carlos Losilla
Dirigido por... número 356

 

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