la ácida brutalidad de las emociones

Hermann Ungar

La puerta estaba abierta.
Una vez perturbado el orden, el caos era inevitable. Se había producido la brecha por la que irrumpía lo imprevisto, esparciendo el miedo.

 

 

Hermann Ungar

 

Los mutilados

I

Desde los veinte años, Franz Polzer era empleado de Banca. Todos los días, a las ocho menos cuarto de la mañana, salía hacia el despacho, nunca un minuto antes ni un minuto después. Cuando doblaba la esquina de su calle, el reloj de la torre daba tres campanadas.

En todo el tiempo que llevaba trabajando, Franz Polzer nunca cambió de empleo ni de domicilio. Se instaló en aquella casa cuando dejólos estudios y empezó a trabajar. La dueña era viuda y tenía aproximadamente su misma edad. Cuando él alquiló la habitación, ella llevaba luto por su marido, que había muerto menos de un año antes.

En sus muchos años de empleado, Franz Polzer nunca había estado en la calle a media mañana más que el domingo. Él no sabía lo que era la media mañana del día laborable, la hora en que las tiendas están abiertas y hay animación en la calle. Ni un solo día había faltado a su trabajo.

Las calles que él recorría por las mañanas tenían el mismo aspecto todos los días. Los cierres de las tiendas estaban echados. Los dependientes estaban en la puerta, esperando al dueño. Franz Polzer se cruzaba con las mismas personas todos los días: colegiales, dependientas ajadas, hombres de cara hosca que iban rápidamente a la oficina. Él se mezclaba con ellos, los transeúntes de aquella hora del día, presuroso, indiferente e inadvertido, uno más.

A Franz Polzer le habían pronosticado que, con sus dotes de laboriosidad y perseverancia, alcanzaría un puesto relevante en su profesión. Él en ningún momento pensaba que, en realidad, las esperanzas que había depositado en su carrera no estaban cumpliéndose. Ya se le había olvidado la idea. Se le olvidó mientras desempeñaba las pequeñas actividades en que, desde el primer día, había dividido su tiempo. Por la mañana se levantaba, se lavaba, se vestía, ojeaba el periódico durante el desayuno y se iba al Banco. Allí se sentaba en su mesa, sobre la que se apilaban los papeles que él debía cotejar con las anotaciones hechas en los libros que había en las estanterías. Cada hoja que cotejaba tenía que marcarla con sus iniciales y archivarla en una carpeta. Alrededor de él, en el despacho y en otros despachos, había otros muchos hombres y mujeres. El olor de estos hombres y mujeres y el murmullo de su monótona actividad y de sus charlas llenaban todo el edificio. Franz Polzer era perfectamente capaz de desempeñar sus funciones. Éstas no le daban motivo para distinguirse ni ocasión de llamar la atención de los superiores hacia su persona.

Almorzaba en un pequeño restaurante situado cerca del Banco. La tarde transcurría lo mismo que la mañana. Después de las seis, Franz Polzer recogía los papeles y los lápices, cerraba el cajón de la mesa y se iba a casa. La viuda le entraba a la habitación una cena sencilla. Él se quitaba los zapatos, la chaqueta y el cuello de la camisa. Después de cenar, dedicaba una hora a leer atentamente el periódico. Después, se acostaba. Dormía mal pero casi nunca soñaba o, si acaso, soñaba que había olvidado cuáles eran sus iniciales, que todos los días repetía cien veces, o que se le había paralizado la mano, o que el lápiz no escribía.

Por la mañana, Polzer se levantaba como todos los días y empezaba su jornada igual que todas las demás. Estaba malhumorado y deprimido, pero nunca se dio cuenta de que también hubiera podido hacer otras cosas que no fueran estar sentado a su escritorio del Banco, que uno podía levantarse tarde, salir a pasear, desayunar dos huevos fritos en un café y almorzar en un buen restaurante.

De las interrupciones de esta monotonía, una se quedó grabada profundamente en Polzer: la muerte de su padre.

Franz Polzer nunca se sintió unido a su padre. A ello contribuyó sin duda el que su madre muriera poco después de nacer él. Quizá ella habría conseguido mitigar las diferencias. El padre era un pequeño comerciante de pueblo. El niño dormía en una habitación de la trastienda. El padre era un hombre duro, trabajador e inaccesible. Desde niño, Franz Polzer tuvo que ayudar en la tienda, lo cual apenas le dejaba tiempo para los deberes. No obstante, el padre exigía buenas notas. Cierta vez en que le llevó un suspenso, lo tuvo cuatro semanas sin cenar. Por aquel entonces, Polzer tenía diecisiete años.

Con ellos vivía una hermana del padre, viuda y sin hijos, que a la muerte de la madre de Polzer había venido para llevar la casa. Polzer tenía la vaga impresión de que la hermana de su padre había echado de casa a la madre muerta, y desde el primer momento la miró con evidente aversión. Tampoco la tía se molestaba en disimular los sentimientos que él le inspiraba. Le llamaba granuja e inútil, glotón y holgazán. Le daba de comer tan poco que él tuvo que hacer una copia de la llave de la despensa, y por la noche robaba comida en casa de su padre.

A todo ello se sumó cierta circunstancia de la que sólo con la mayor reserva podemos hablar. Polzer tenía catorce años y una ágil imaginación infantil estimulada por el odio. De las relaciones entre hombre y mujer no sabía sino que eran algo horrendo y repugnante. La idea de un cuerpo de mujer le repelía. Una vez, entró en la habitación de su tía mientras ella se lavaba. La imagen de un cuerpo ajado y sus carnes fláccidas se le grabó en la memoria de modo imborrable. Una noche en la que él estaba en el oscuro corredor situado detrás de la tienda, con el armario del pan abierto, se abrió la puerta de la habitación de la tía. Él se apretó contra la pared. Por el vano iluminado de la puerta salió su padre en camisón. Tras él apareció por un momento, como una sombra, la figura de la hermana del padre. La tía corrió el cerrojo por dentro.

El padre pasó por delante de él. Llevaba el camisón desabrochado y Polzer, aun en la oscu­ridad, creyó ver el velludo pecho. Durante un instante, percibió el olor a pan caliente que impregnaba al padre en la tienda. Polzer seguía sin moverse, y contuvo el aliento mucho tiempo después de que se hubiera cerrado la puerta de la habitación de su padre.

Este incidente causó en Franz Polzer impresiones trascendentales. A pesar de que él sólo había visto la sombra de la tía, se imaginó decididamente que en aquel momento su tía estaba desnuda. Desde entonces, le perseguían imágenes de escenas de depravación entre el padre y la hermana del padre. Polzer no tenía más motivo que esta única visión nocturna. Y nunca se produjo hecho alguno que confirmara claramente su idea.

A partir de entonces. Polzer pasaba casi toda la noche despierto, a la escucha. Le parecía oír chirriar puertas y pasos cautelosos en el carcomido recibidor de la vieja casa. O despertaba de un sueño ligero, convencido de que había oído un grito ahogado. Se sentía lleno de amarga repugnancia. No obstante, por las noches, la curiosidad le impulsaba a arrastrarse hasta la puerta de la tía. Nunca pudo oír más que su respiración.

El padre golpeaba a menudo a Franz Polzer, mientras la tía lo sujetaba. Cuando, por la noche, Polzer había soñado con él y sentido pánico al verle con las ropas sucias y la cara colorada y embrutecida que tenía en el sueño, detrás de la cual estaba la tía, instándole a castigarle y pegarle, al día siguiente, al enfrentarse a él, quería que volviera a pegarle. Le parecía que debía convertirlo todo en realidad, incluso su odio hacia el padre, haciendo que él le golpeara realmente con sus duros puños. Entonces sentía que ya era mayor, eso sentía, pero débil, mucho más debil que el otro.

En casa de los vecinos del primero servía una tal Milka. La muchacha llevaba una blusa escotada y entraba a menudo en la tienda. Una vez, Polzer vio que su padre agarraba a Milka del pecho. Aquella noche, Polzer dejó caer al suelo un plato. El padre le pegó y la tía le clavó los dedos en sus flacos brazos. Él no lloró, y por ello su padre le golpeó con más fuerza, y Franz Polzer se alegró.

Cuando podía, se escapaba de la tienda y paseaba por las calles del pueblo, sólo para no tener que estar en casa. Otras veces, pasaba todo el día en casa de un hombre rico apellidado Fanta, cuyo hijo estudiaba con él. Karl Fanta era su mejor amigo. Al principio, Polzer entraba en casa de los Fanta con recelo. Él sabía que los judíos habían asesinado al Salvador y que adoraban a su Dios con unos ritos tétricos y horripilantes. Él pensaba que, para un católico, entrar y salir de la casa de un judío era no sólo un pecado grave, sino también un gran peligro. Milka había servido en casa de unos judíos. Se lo había contado a la tía en la tienda. En vísperas de Pascua, se escapó de la casa. Y es que tenía miedo. Fue el gran cariño que Polzer sentía hacia Karl Fanta lo que le hizo vencer sus escrúpulos. Karl Fanta veía que Polzer era desgraciado, y muchas veces los dos se abrazaban y se besaban llorando.

Polzer no se atrevía a desahogar su pena con Karl Fanta. Había crecido en la casa pequeña y oscura, en la tienda sucia en la que, en sus horas libres, entre sacos de harina y de pimienta, barriles de pepinillos y cajas de azúcar cande, despachaba a la clientela o barría el suelo. Él se avergonzaba de la tienda. Se avergonzaba de su padre, siempre con la chaqueta sucia de harina que se apartaba obsequiosamente cuando se cruzaba con un vecino rico, de su tía que siempre iba sin sombrero, con el cabello negro y un poco gris en las sienes revuelto por el viento. Tampoco se ataba un pañuelo a la cabeza, y siempre enseñaba la raya blanca del cráneo. La madre de su amigo era una señora alta y elegante, que llevaba alhajas y trajes oscuros. Tenía la cara pálida y las facciones bien dibujadas, como su hijo, que se le parecía mucho. También ella tenía el pelo negro, como la tía, pero lo llevaba recogido en un moño. A ella y a su hijo se les transparentaban unas venitas azules en las sienes. Lo más bonito que ella tenía, y Karl también, eran las manos, finas y blancas. El padre de Karl era un hombre corpulento que hablaba en tono mesurado, muy distinguido y muy digno. En aquella casa, delante del hermoso Karl, Polzer no podía hablar del colmadito de su padre.

Por la noche, Polzer se cepillaba el traje y se planchaba los pantalones poniéndolos debajo de unos libros. Él quería tener aspecto de estudiante de familia burguesa, y no de hijo de tendero. Escondía las manos que estaban rojas y curtidas del trabajo en la tienda, costumbre que contribuía a dar impresión de inseguridad y torpeza, y que nunca consiguió abandonar. Cuando en casa de los padres de Karl algún desconocido preguntaba en voz baja al dueño de la casa quién era Franz Polzer, éste se ponía rojo de vergüenza. Por más que disimularan la pregunta y bajaran la voz, Franz Polzer, aunque no la oyera, la captaba con un finísimo oído interior.

Lo que más deseaba él era ser de buena familia. Mucho tiempo después, aún se ponía colorado si alguien le hacía preguntas sobre su procedencia, y contestaba con evasivas. A veces mentía y decía que su padre era profesor o juez. Una vez afirmó, incluso, ser hijo de un fabricante. Pero al momento advirtió que su interlocutor le miraba atentamente el traje, y advirtió, avergonzado, lo modesto de su aspecto.

El padre de Karl Fanta se encargó de que Franz fuera a la universidad de la capital. Polzer iba con Karl. Él estudiaba Medicina y su amigo, Derecho. Polzer se alegró de marcharse de su casa, de perder de vista aquella tienda que le avergonzaba, de no tener que obedecer a su severo padre, de no ver la raya del pelo de la tía y de no tener que aguantar sus regaños. Un solo recuerdo se llevó de su casa, un recuerdo que siempre valoró más que nada en el mundo. El recuerdo de su madre, a la que casi no conoció. No obstante, él creía acordarse de ella, del día en que, poco antes de morir, ella hizo que se lo llevaran a la cama, donde ella estaba con todo el pelo suelto. Ella lo abrazó y le humedeció el pelo con sus lágrimas. Este recuerdo siempre le producía un calorcillo en el corazón. Él, para huir del odio de su tía, se refugiaba en el amor a su madre, el cual crecía a medida que iba en aumento la inquina hacia la tía.

La amistad entre Polzer y Karl era tan íntima como pueda serlo una relación entre dos personas jóvenes de la misma edad. Polzer se alegraba de poder vivir al lado de aquel apuesto muchacho, cuyo aplomo y buen carácter él admiraba casi tanto como la distinción de su figura. Karl siempre se mostraba amigable, y para Polzer era una necesidad adelantarse a los deseos de Karl. Él se encargaba de llevar la ropa a lavar y vigilaba que no hubiera ni la más pequeña mancha en los trajes de Karl. Karl tenía el pelo negro y sedoso. A pesar de su amistad y confianza, a veces Polzer percibía en Karl cierto desapego interior. Él ansiaba una pequeña muestra de afecto, como aquellos besos de su infancia. Pero este deseo no fue satisfecho.

En la universidad elogiaban la laboriosidad y la inteligencia de Polzer. Superó las pruebas de acceso con excelentes resultados. Entonces Karl enfermó y los médicos lo enviaron al Sur por un año. Polzer, apartado de su rico amigo, fue incapaz de seguir estudiando y tuvo que darse por satisfecho con que el padre de Karl le proporcionara un empleo en el Banco.

Al poco tiempo de trabajar en el Banco, Franz se había convertido en otra persona. Aquel trabajo lo anulaba todo. La regularidad, la puntualidad, la certidumbre insoslayable de cómo iba a ser el día siguiente, lo destruyeron. Franz Polzer se disolvió en una serie de actividades que le consumían el tiempo. Durante aquellos diecisiete años, casi no se relacionó con sus semejantes. Por ello, cuando tenía que hacer algo que no era lo acostumbrado, se sentía inseguro. Si debía hablar con desconocidos, no encontraba las palabras. Constantemente tenía la impresión de que la ropa que llevaba no era la adecuada, que no le sentaba bien y que le hacía aparecer ridículo. El más pequeño cambio le agobiaba. Perseguía el máximo orden y simetría incluso en su habitación. El periódico tenía que estar todos los días en el mismo lugar de la mesa, y paralelo al canto. Le molestaba, incluso, que los cordones de las cortinas no descansaran sobre el alféizar formando un ángulo recto. Cuando los encontraba colgando, los arreglaba con gesto de mal humor.

Franz Polzer llevaba unos diez años trabajan­do en el Banco cuando murió su padre. El entierro se celebró en domingo, por lo que no tuvo que faltar al trabajo. El sábado por la tarde salió de la ciudad en tren.

Polzer conservaba un recuerdo muy desagradable del día del entierro. A la ida no encontró asiento en el tren y tuvo que hacer todo el viaje en pie. Del insólito esfuerzo, le dolieron los pies durante varios días. Llegó de mal humor y la tía, que debía de pensar que iba a reclamar la tienda del padre, lo recibió agriamente. A pesar de que aquel día hacía un frío que cortaba la cara, la habitación estaba helada, y durante toda la noche, en su vieja cama, le martirizaron las pesadillas. Por la mañana, no tuvo desayuno. No le parecía bien ir al café, y estuvo en ayunas hasta la hora del entierro. Personas a las que casi no recordaba le daban la mano. Su tía presidía el duelo, al lado del féretro del padre. Polzer se quedó en un rincón oscuro de la habitación, como un extraño.

Cuando empezó el funeral, tuvo que colocarse al lado de la tía. Hasta aquel momento no vio a su padre. Llevaba un traje negro que formaba arrugas en el pecho. Tenía el pelo gris y la cara pequeña y rugosa. La visión del cadáver no impresionó en absoluto a Polzer. No le conmovió más que la contemplación de un objeto extraño. No le recordaba a su padre.

En el cementerio, la tía se le abrazó llorando a gritos. Polzer, con los pies hundidos en la nieve, sentía cómo la humedad le atravesaba el calzado. Sabiéndose propenso a los resfriados, se balanceaba, con aprensión, sobre uno y otro pie.

Las miradas de todos los asistentes al entierro estaban fijas en Franz Polzer. El interés que despertaba lo conturbaba. El nerviosismo le hacía palparse una y otra vez los botones del pantalón, para cerciorarse de que estaban abrochados. El ademán le avergonzaba profundamente, pero no podía evitado. A los pocos minutos, la sensación de estar desnudo delante de la gente le obligaba imperiosamente a repetido.

Después del entierro, Franz Polzer dijo a su tía que él no quería ninguno de los bienes de su padre. Dinero no había. La casa estaba hipotecada. Polzer no quería ningún traje ni mueble. Ningún recuerdo.

Hermann Ungar
Los mutilados, 1923
(Ttraducción de Ana Mª de la Fuente, Seix Barral 1991)

La clase

I

Él sabía que las miradas de los chicos le acechaban, que el menor descuido podía ser su perdición. Este año había dieciocho chicos sentados frente a él. Sentados en los bancos, de dos en dos, mirándole. Él estaba seguro de que la catástrofe tenía que llegar. Debía hacerse el terrible. Sabía que no lo era. Él defendía su pan, luchaba por cada día de moratoria. Su severidad era parte del sistema destinado a retrasar el fin. Tenía que ganar tiempo. Cada día podía traerle la salvación porque, precisamente ese día ganado, él, el maestro Josef Blau, tal vez haciendo acopio de fuerzas, podría conseguir que le fuera atenuada la pena a la que se había hecho acreedor.

Luchaba por todos los medios para mantener la disciplina. En cuanto se relajara, todo se perdería. A la primera piedra que se desprendiera, caería el edificio entero. Él sabía que quedaría sepultado bajo los escombros. Conocía ejemplos que le habían enseñado que la dulzura y la tolerancia no eran los medios adecuados para mantener a raya a los chicos. Otros profesores habían fracasado por eso. El ser humano, decían, estaba dotado de bondad y comprensión; en tal caso, los chicos de catorce años no eran seres humanos. Su corazón era cruel. Si se derrumbaba la barrera de la disciplina, bien lo sabía él, de nada serviría hacer alusión a la delicada situación del maestro ni pedir consideración. Ellos, desde el momento en que empezaran a perseguirle sus risas burlonas, no le darían cuartel y él tendría que huir, humillado, con la cabeza baja, desposeído de su pan.

La escuela se encontraba en un barrio de gente acomodada. Los chicos estaban bien alimentados y bien vestidos. Él era de origen humilde. Comprendía que la riqueza, cuando se disfruta desde la cuna, proporciona al individuo una libertad de acción y una confianza en sí mismo que no se consiguen con estudios, formación ni conocimientos. El sabía que éste era su punto vulnerable y temía que los chicos lo descubrieran.

Le parecía que sus miradas escrutaban sus movimientos y sus ropas.

El estaba frente a la clase sin moverse, con la espalda apoyada en la pared. Los miraba a todos y cada uno. Sabía que no podía dejar que se le escapara ni el menor asomo de sonrisa en aquellas caras vueltas hacia él. Podría ser una sonrisa de superioridad y desencadenar la revuelta. Si la veía a tiempo, podría sofocarla con la mirada. También podría imponer un castigo, con cualquier pretexto. Lo esencial era estar preparado en cada segundo de las horas de clase para impedir que la disciplina se tambaleara por cualquier motivo.

Por esta razón, el profesor Blau se abstenía de pasear por la clase como solían hacer los otros maestros. El movimiento aflojaba la tensión, era relajante y relajaba. Desaparecía la barrera entre el superior y el conjunto de los subordinados, el sistema perdía rigidez, se hacía flexible. Los pesos no podían desplazarse sin amenazar el equilibrio. El sabía que, al primer paso que diera, en la clase se liberaría un suspiro. La rigidez de los cuerpos cedería. Por otra parte, al mantener una posición fija, no tenía que exponer sus movimientos a la observación de los chicos que, si caminaba, lo seguirían con la mirada. A pesar del peligro de los apuntadores, tomaba la lección a los chicos en el mismo banco, en lugar de hacerles salir a la pizarra. También este desplazamiento podía romper el equilibrio y crear perturbaciones. El orden bipartito sería reemplazado por el tripartito y la bipolaridad de las miradas, de él a ellos y de ellos a él, se rompería con la creación del tercer polo. La puerta de la clase estaba a la altura de la primera fila de bancos, frente a las ventanas. Estas daban al patio. A tres pasos de los bancos, frente a la pared transversal, en la que se hallaba la pizarra, estaba la tarima con la mesa de Josef Blau. La mesa había sido colocada a un extremo de la tarima, de cara a las ventanas. Si Josef Blau, como hacían otros maestros, hubiera caminado hasta las ventanas por el estrecho pasillo que quedaba entre la tarima y los bancos, para colgar el sombrero en la percha destinada al maestro, situada en el rincón entre la mesa y la pared, durante el recorrido hubiera tenido a su espalda los ojos de una parte de los alumnos. Para evitar el dar la espalda a la clase, subía directamente a la tarima desde la puerta y se dirigía a su lugar describiendo un semicírculo no sólo en la traslación sino también sobre su propio eje, para no perder de vista a los chicos. Josef Blau anotaba la entrada en el libro de clase y se situaba junto a la primera ventana, de manera que la pared le protegiera la espalda de las miradas del exterior. Así permanecía, de cara a los chicos, hasta el final de la clase. Al marcharse, hacía el mismo recorrido que al llegar, a la inversa. Tanto o más que el movimiento, las ropas podían hacerle blanco de las burlas de los chicos. A los ojos de los ricos, nada era más despreciable que la pobreza, pensaba Josef Blau. En su misma conmiseración había un sentimiento de superioridad. El sabía que no podía prescindir de la buena ropa, aunque tuviera que hacer grandes sacrificios para adquirirla. Todos los años, al empezar el curso, se encargaba un traje. Pero, a pesar del esmero con que cuidaba sus prendas de vestir, no bien entraba en la clase, advertía con bochorno lo modesto de su indumentaria. El temor de que le brillaran el fondillo del pantalón y las mangas a la altura del codo, le obsesionaba de tal modo que giraba las mangas hacia dentro y mantenía los brazos pegados al cuerpo durante toda la clase.

Los chicos, casi sin excepción, vestían traje de marinero azul, con escote en pico que dejaba ver unos pechos blancos y sin vello. Los pantalones eran ajustados y algunos llegaban muy por encima de la rodilla, por lo que entre el pantalón y el calcetín quedaba al descubierto otro buen trozo de carne. El traje de los chicos molestaba al profesor Blau. Aquella forma de vestirse le parecía una incorrección hacia él, una especie de desafío.

Él era bajo y delgado. Por la desazón que le producían las prendas holgadas y por su sentido del orden, llevaba la chaqueta siempre abotonada. Tenía las piernas flacas y, para no enseñar más piel que la indispensable, usaba altos cuellos de pajarita.

Despierto, sufría la ilusión, tan dolorosa como mortificante, de ser él quien estaba vestido de marinero, mientras sus alumnos se burlaban del vello que le asomaba por el escote y de otras muchas cosas, avergonzándolo mortalmente.

En los ojos de los chicos leía el afán de saltar las barreras y aproximarse a él. Puesto que con la fuerza no lo conseguirían mientras él se mantuviera alerta, lo intentaban con la astucia. Lo seguían por la calle. Por muchas precauciones que tomara, a la larga, no podría impedir que vieran a Selma. Ellos acabarían por enterarse de su existencia y, mientras mirasen al maestro con expresión atenta y sumisa, sus pensamientos libidinosos girarían en torno a su matrimonio. Tal vez estuvieran despojándole de sus prendas de vestir, hasta dejar al descubierto su cuerpo escuálido, e imaginándolo con Selma en aquella situación que lo asemejaba al perro callejero. Si conocieran a Selma, si uno solo de ellos la viera con aquellos vestidos ceñidos a sus amplias curvas, estos pensamientos se harían más reales. Ellos no debían ver a Selma, Él, como el comandante de una fortaleza sitiada, debía asolar las tierras de los alrededores, incluso las fértiles, y convertirlas en desierto, para dificultar por todos los medios la aproximación del enemigo.

Entre él y los chicos no debía existir más relación que la profesional. La relación profesional tenía sus vías trazadas, sus normas. Si abandonaba el terreno en el que regían estas normas, sería imposible volver a él. Lo impersonal, todo lo ajeno a su condición de maestro y alumnos, habría cedido el puesto para siempre a lo personal y relativo. Él debía mostrarse inflexible cuando los chicos trataran de enredado en una conversación particular, como se prende al pez en las mallas de una red. Si, durante el descanso entre clases, se acercaban a él, que solía quedarse apoyado en un rincón del largo corredor, los despachaba secamente. Él no desconocía las teorías de quienes propugnaban el acercamiento entre maestro y alumnos. Pero no había elección. Aquellos chicos tenían la superioridad de los bien alimentados, la seguridad de los bien vestidos; si llegaban a descubrir las miserias que intuían en él, su risa podría destruirlo. Había uno que no llevaba traje de marinero. Se llamaba Johann Bohrer. Su padre era pasante de abogado. Bohrer llevaba chaqueta marrón y pantalón largo. Las mangas de la chaqueta le brillaban. Sus manos no eran blancas como las de los otros chicos, sino rojas e hinchadas de frío. Josef Blau evitaba mirar y preguntar a aquel chico. Le parecía que Bohrer podía levantarse bruscamente, acercarse a él, el maestro Josef Blau y, entre las risas de toda la clase, darle unos golpecitos en el hombro. Los chicos podían compararlo con Bohrer, con quien compasivamente compartían el desayuno. Ninguno podía darse cuenta de su angustia con tanta claridad como Bohrer. A pesar de que Josef Blau intuía la respuesta, obedeciendo a una voluntad superior que lo empujaba hasta el borde del abismo, preguntó a Bohrer qué querría ser de mayor. Bohrer, sin levantar la mirada, en voz baja, como si comprendiera la vergüenza de Blau, respondió que él quería ser maestro. Durante un momento, Blau quedó anonadado. Palpó la pared con la mano. Cerró los ojos.

Pero ya se había hecho en la clase el murmullo del movimiento y le llegaba a los oídos. ¿Era esto el fin? ¿ Comprendían ahora los chicos que para el hijo de un pasante no había más profesión que la de maestro? ¿ Que la profesión de Josef Blau era profesión de pobres? ¿Los verían ahora ya para siempre el uno al Iado del otro, Josef Blau y Johann Bohrer, el de las manos coloradas? ¿Estaba marcado para siempre? Se sobrepuso. Su mirada recobró la fijeza. Comprendió que debía recurrir a medios más enérgicos para consolidar su autoridad y pensó en la posibilidad de que disponían los maestros cuando existía el castigo corporal. Hubieran debido hacer que fueran los mismos alumnos los que lo aplicaran. Así se habría roto la solidaridad, se los hubiera podido enfrentar unos con otros como el destino enfrenta unas con otras a las criaturas humanas que le están sometidas. El castigo corporal era mejor que las amonestaciones, las malas notas, el quedarse después de clase y los deberes suplementarios. Éstos eran castigos que no herían, que los chicos podían cumplir con una sonrisa de superioridad. El castigo corporal hacía patente al alumno su inferioridad frente al poder del maestro. El maestro Blau comprendía y aprobaba los principios que habían conducido a la supresión de estos castigos. No obstante, él los hubiera aplicado, de haber podido, porque también los chicos hubieran utilizado todos los medios para destruirlo a él. No hubiera vacilado, ya que se trataba de su pan. Si no quería dar por perdida esta lucha desde el principio, tenía que reprimir toda inclinación a la tolerancia. Josef Blau sabía que al fin sería derrotado, pero luchaba por retrasar la hora de la derrota. Él no sabía dónde empezaría el horror. El peligro amenazaba por muchos frentes. En el mundo de la escuela y en el mundo ajeno a ella. El contacto entre estos dos mundos aceleraría la catástrofe. Él comprendía que, en su empeño por luchar contra su destino, se aferraba a un clavo ardiendo. Pero, contra esa ley que tan cruelmente lo perseguía, no había más que clavos candentes.

Salió de la clase con dieciocho cuadernos forrados en papel azul debajo del brazo. Oyó la algarabía que se alzó tan pronto y cerró la puerta. Josef Blau ya no veía a los chicos, pero sabía que se habían levantado y rodeaban el banco de Karpel. Karpel, con quince años, era el mayor. Blau intuía que en Karpel se concentraba y multiplicaba la hostilidad de todos sus alumnos. Cuando llegara el fin, y si este fin se iniciaba aquí y no en casa, partiría de Karpel, con su pelo negro peinado con raya en medio. La cara de Karpel ya no era fina y femenina como la de los otros chicos. Era delgado y pálido, de nariz prominente y ojeras profundas. Parecía tener la cara sucia por la oscura pelusa que le cubría las mejillas. La idea de que también el cuerpo de aquel muchacho tuviera vello de hombre era tanto más turbadora dado que Karpel también llevaba la blusa de marinero abierta hasta la cintura como sus compañeros. Producía a Blau la misma impresión que, a una persona decente, la visión de un hombre vestido de mujer; porque, en cualquier momento, podía quedar al descubierto una parte del cuerpo cubierta con vello de hombre.

Josef Blau sentía la superioridad de este chico que lo despreciaba, aunque todavía no había dado expresión audible a su desprecio. Sin duda, estaba concentrando fuerzas y odio contra el maestro, para desatarlos cuando llegara el momento de dar a los otros la señal de lanzarse sobre la presa. El alumno nada tenía que perder. Si era expulsado, su padre, con lo rico que era, encontraría para él otras escuelas. Pero el maestro estaría preparado. No les resultaría fácil atacarlo mientras él tuviera los ojos en ellos, taladrándolos con la mirada. Cada vez que la mirada de Blau se posaba en él, Karpel bajaba la cabeza. Y escondía los dedos debajo del pupitre cuando los ojos del maestro los observaban. ¿Por qué no mantenía quietas sus manos de uñas relucien­tes y bien cuidadas? ¿ Por qué razón las escondía a la mirada del maestro si no era porque sabía que las uñas de Blau no estaban cuidadas y que la vista de sus ma­os avergonzaba al maestro, y todavía no había llegado el momento de avergonzar a Blau?

Josef Blau apretó el paso. Ya se oía, en lo alto de la escalera, el ruido de los chicos que se acercaban. Una vez en la calle, entró en el primer portal. Quería dejar pasar a los chicos. Ahora salían. No lo veían, ya que el portal estaba oscuro. Él sí podía verlos, cómo bajaban saltando las escaleras exteriores, cómo se estiraban y desperezaban. Hacían oscilar los libros atados con las correas. Estaban frente a él, Karpel en medio del grupo. Karpel dijo algo y Blau oyó el coro de risas que sonó al otro lado de la calle. Karpel tenía las manos hundidas indolentemente en los bolsillos del pantalón y sujetaba los libros bajo el brazo izquierdo. Aquel chico tenía experiencia. Ya conocía los vicios prohibidos. Quizá hasta conocía a la mujer. Blau se avergonzaba de la experiencia del alumno. Karpel no se avergonzaba.

Karpel sacó del bolsillo una hoja de papel. El papel pasó de mano en mano. Los chicos se reían. Sin duda, era un dibujo obsceno lo que mostraba Karpel. Quizá lo representara a él, el profesor Blau, dibujado por el experto Karpel en circunstancias ridículas, pero Josef Blau no podía salir, ponerse en medio de los chicos e incautarse del dibujo.

Lo hubieran rodeado por todas partes. Ahora había en todos burla y arrogancia. Lo hubieran recibido con risas, porque, en aquel momento, lo verían tal como lo había dibujado Karpel. Allí no había orden al que tuvieran que someterse, el orden que le asignaba un lugar frente a los chicos. Aquí, entre la gente, las casas y los coches, en medio del ruido de la calle, él hubiera tenido que empezar por crear el orden. Los chicos estaban de pie, el orden se había roto. Estaban en movimiento, aquí su triunfo sería fácil. Y él no iba a consentir que consiguieran su triunfo tan fácilmente.

Josef Blau esperaba. Cuando los chicos se fueron, salió del oscuro portal a la calle.

Hermann Ungar
La clase, 1927
(Ttraducción de Ana Mª de la Fuente, Seix Barral 1991)

Un hombre y una muchacha

Hermann Ungar

 

Dolorosa presencia de un autor silenciado
Robert Saladrigas
(artículo publicado en LA VANGUARDIA, 29 diciembre 1989)

 

La vorágine del destino
Juan A. Masoliver Ródenas
(artículo publicado en LA VANGUARDIA, 22 marzo 1991)

 

NOVELAS Y RELATOS

Chicos y asesinos, 1920
Un hombre y una muchacha. Historia de un asesinato
(Seix Barral 1991) traducción de Ana Mª de la Fuente

Los mutilados, 1923
(Seix Barral 1989) traducción de Ana Mª de la Fuente

La clase, 1927
(Seix Barral 1991) traducción de Ana Mª de la Fuente

Los viajes de Colbert, 1930

Hermann Ungar nació el 20 de abril de 1893 en Boskovice (Moravia), y murió en Praga el 28 de octubre de 1929

 

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