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Dolorosa presencia de un autor silenciado
Probablemente la explicación haya que buscarla en el sentido de su obra, estrechamente identificada con la problemática naturaleza del propio Hermann Ungar. Judío oriundo de Boskovice, Moravia, feroz individualista y autor secreto de piezas de teatro que no mostraba a nadie, nunca se relacionó en Praga con el núcleo de artistas que presidían Kafka y su amigo Brod. Territorios comunes Sin embargo, entre Kafka –diez años mayor- y Ungar existen varios territorios comunes. Al margen de que se decantó también por la expresión alemana y trabajó durante un año en un banco hasta ser nombrado agregado comercial en la embajada de Checoslovaquia en Berlín, la obra de ambos se alimenta del infierno personal trascendido a los personajes, víctimas de terrores íntimos que los llevan a bordear las zonas abismales de la locura. Siendo así, ¿cómo es posible que la atmósfera irrespirable de la obra de Kafka haya sido unánimemente reconocida, mientras la de Ungar era condenada al ostracismo? Después de leer con asombro y sorpresa “Los mutilados”, creo que un detalle fundamental establece la diferencia entre la suerte reservada a los dos maestros checos. La obra de Kafka se abre deliberadamente a la alegoría, y es por este resquicio que sus lectores encuentran el alivio indispensable a la elevada tensión narrativa del inquietante universo kafkiano. Muy al contrario, Ungar desarrolla, sin concederse ni conceder reposo, un feroz realismo expresionista en el tratamiento de los conflictos interiores del hombre, que no admite la menor fisura. De este modo consigue que la experiencia de seguir la historia de Franz Polser, cruzada con la de Klara Porges, el inválido Karl Fanta, su esposa Dora y el místico enfermero Sonntag, resulte no ya opresiva, sino dolorosa. El arranque de la novela parece hundir claramente las raices en el orbe real de Kafka. La luz agrisada y el espacio sin relieves, armonizan el lugar y el tiempo pese a su carácter apátrida. Franz Polser es un modesto empleado de banca que ha buscado refugio a la hostilidad del mundo exterior, en una rutina severa que ciega para él todos los horizontes del riesgo. Vive así plácidamente en la mecanicidad de su inframundo, hasta que se hospeda en casa de la viuda Porges y ésta no tarda en seducirlo y someterlo a su voluntad. Los muros del frágil reductor protector se vienen abajo, y a partir de ese momento el relato entra de lleno en el delirio infernal del sexo, el egoísmo. la maldad desatada y la patología de la locura. Aquí Ungar rompe irremediablemente toda posible dependencia de Kafka, de su capacidad de abstracción, para adentrarse solo en su peculiar concepto de la escisión humana entre el bien y el mal y de la introversión de las represiones y sus efectos. Lo que quizá más impresión causa en ese proceso de descendimiento al fondo de la conciencia enferma, es que en Ungar la eterna dualidad queda reducida a la virtual prepotencia de lo maligno. No hay lugar para que siquiera se manifieste el rasgo simbólico de la inocencia. El jovencísimo Franz Fanta, capaz de experimentar la medida del horror moral, finalmente sucumbe a la influencia perniciosa de Klara Porges. Su padre Karl, intenta sobreponerse a las terribles mutilaciones aproximándose a lo demoníaco a través del cinismo exacerbado. Sonntag, antiguo matarife, convierte la exaltación religiosa en instrumento de un extraño poder. La neurótica Frau Porges es a su vez víctima de la ambición sin freno. El pusilánime Polzer llega al asesinato a impulsos del miedo cerval y de la magnitud de sus traumas infantiles... Este es el mundo repulsivo y sin oberturas de Hermann Ungar, su visión de lo humano y su forma de buscar la luz de la verdad sobre los misterios del comportamiento. Al igual que Kafka bajo la influencia de Flaubert que rehuía la prosa preciosista, el depurado instrumento verbal de Ungar se ciñe a la precisión de las imágenes, no permite la intrusión de los sentimientos personales, acentúa la fuerza de lo visceral, se hace persuasivo a base de ahondar en lo descarnado como si el autor escribiera removiendo los posos de su propia miseria. De manera que es poco menos que imposible no vincular la peripecia vital de Ungar con el ámbito de perversidad que diseña su texto. Párece evidente que Ungar no quiso crear sólo una obra cuya dureza condensara sus singulares fervores de artista, sino un engranaje dialéctico mediante el cual pudiera liberarse de los espectros del alma por el hecho de nombrarlos. Ignoro si consiguió su propósito terapéutico, aunque a la vista de los datos biográficos me permito dudarlo. Lo que sí logró es configurar, una desasosegadora lírica de la virulencia y la locura; que forzosamente tuvo que chocar de frente con las inclinaciones estéticas de la época. Demasiado brutal y demasiado angustioso, sin rodeos, para el intelectualismo centroeuropeo de entreguerras. Hoy lo sigue siendo, pese a que la sensibilidad es distinta. La lectura de Ungar no tiene nada de placentera. No es lo mismo que contemplar bajo techado los cielos tormentosos de Turner o, desde lo alto de la roca, el mar embravecido de Friedrich. Leer a Ungar significa estar en pleno núcleo de la tormenta y navegar a la deriva por entre el oleaje asesino. La experiencia puede ser escalofriante, pero vivida a fondo se convierte en un incuestionable punto de referencia. Un narrador de talla Hermann Ungar nació en Boskovice (1893), en una acomodada familia del imperio. Escritor en lengua alemana como Kafka y Rilke, estudió Filosofía y Derecho y fue dramaturgo e intérprete en el Teatro Municipal de Eger. En 1920 ingresó en un banco de Praga, luego ejerció de diplomático en Berlín y en 1929, el mismo año de su muerte a causa de una apendicitis aguda, regresó a Praga con motivo del estreno de su obra teatral "El general rojo". La obra narrativa de Ungar se reduce a dos novelas, "Los mutilados" (1923), "La clase" (1927), y los libros de relatos "Niños y asesinos" (1923) y "Los viajes de Colbert" (1930), éste aparecido póstumamente con un prólogo de Thomas Mann. Su injustó olvido ha perdurado hasta el día de hoy.
© Robert Saladrigas, 1989 |
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