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Un hombre y una muchacha
Me crié sin padres. Mi padre murió poco después de mi nacimiento. Era abogado en la capital de provincia en la que vine al mundo. No conservo ningún recuerdo suyo, salvo una carta que escribió a mi madre. Después de la muerte de mi padre, que, pese a su prematura desaparición, dejó algún dinero a mi madre, ella, presa de una pasión irresistible o de simple afán de aventura, se marchó con un ingeniero, abandonándome en casa con la criada y sin medios de subsistencia. Desde entonces no tuve de ella más noticia que la mencionada carta, toda mi herencia, que fue enviada a mi municipio desde una ciudad de Canadá, cuando yo tenía seis años. Es natural o, cuando menos, comprensible que nada me una a mis difuntos padres. Aún hoy sigo sin saber lo que es el amor filial. Y es que en mí no se desarrolló el órgano de este sentimiento, ni concibo lo que significa amor de madre o de padre; cuando lo observo en los demás me deja insensible. Lo que sí me ha faltado y he echado de menos es una mesa amable a la hora de comer, un techo acogedor y una buena cama, pero nunca un padre ni una madre. La palabra «huérfano» me sugiere una infancia triste y miserable, pero no otra imagen. Decía que mi madre me dejó solo y sin recursos. La ciudad tuvo que ampararme y para ello me consignó al asilo fundado por un rico ciudadano. En el asilo había cuatro plazas para ancianos y dos para niños, y, durante catorce años de mi vida, yo fui uno de los niños. Tuve que crear mi propio código de conducta. No tenía tradición que seguir. Nada me ataba al pasado. Nada aprendí de mi padre y, por desgracia, nada heredé de él. Me enfrentaba a la vida sin las ideas y los principios que, si no me equivoco, se inculcan en la casa paterna. Lo nuevo me asombraba y atraía. También me parece que quien se ha criado con sus padres tiene que conocer la relación entre los sexos aunque no sea más que por ver convivir a un hombre y una mujer y sentirse ligado a una madre. El despertar de los sentidos me pilló desprevenido y sin haberlo intuido ni por asomo. Pero con estas consideraciones me adelanto a los acontecimientos, que deben ser relatados ordenadamente: qué aspecto tenía el asilo, quiénes lo habitaban y qué ocurría en él. El asilo estaba instalado en una casa con tejado a dos vertientes y frontón, estucada de un verde sucio y con muchas ventanas, cada uno de cuyos batientes tenía ocho cristales. La casa en sí daba la impresión de desorden total. Creo que estaba formada por dos edificios unidos. Dos gastados peldaños de piedra conducían a la puerta, a la izquierda de la cual había un banco, si así puede llamarse a una losa pulimentada por años de uso, colocada sobre dos achaparrados bloques. En este banco de piedra me senté muchas veces a descansar después de jugar a canicas o botones. El interior del asilo no tenía mejor aspecto que el exterior. Las empinadas y gastadas escaleras del primer piso, la mohosa puerta del zaguán que al abrirse ponía en movimiento una campanilla estridente, las manchas oscuras de la agrisada pintura de las paredes; nada de ello es apto para despertar en mí gratos recuerdos de infancia. Sé que en aquella casa no conocí la alegría. No recuerdo haber oído en ella ni una risa. Quizá estuviera confiado y revoltoso cuando jugaba con otros niños en el callejón o en la sucia plaza de la escuela, pero, nada más entrar en la casa, sentía una opresión en el pecho que aún hoy noto cada vez que pienso en el asilo. A la derecha del zaguán estaba la puerta de la vivienda del director, y a la izquierda unas escaleras que conducían a las habitaciones que ocupábamos nosotros. Sólo dos o tres veces me asomé a la vivienda de nuestro director, Herr Mayer. Allí había mesas con tapetes, fotos de familia, un sofá y sillones. Aquellas habitaciones me parecían el no va más del lujo terrenal, y Herr Mayer, el más feliz de los mortales. Hoy sé que también él era un pobre hombre que dependía de una amarga caridad. El asilo propiamente dicho, donde yo vivía, se dividía en cuatro habitaciones. La primera, en la que desembocaba la escalera que subía del zaguán, era relativamente grande y tenía tres ventanas. En el centro estaba la mesa larga, cubierta con un hule, en la que comíamos. En la pared había un gran retrato de nuestro benefactor; aquel retrato me daba miedo. No me atrevía a mirarlo más que a hurtadillas y fugazmente. Me parecía que el benefactor me ponía cara de mal genio, como si le molestara que yo viviera allí de su caridad. Yo le hacía responsable de mi infancia desgraciada. Si él no hubiera fundado el asilo, me decía, yo no estaría allí sino con mis padres, como los otros niños, y tendría comida suficiente, buena ropa y una pelota. Mi odio hacia el retrato era tan fuerte que una noche salí de puntillas a la sala, como llamábamos a aquella habitación, y tapé el retrato con un trapo. De día, sintiendo en mí la mirada del benefactor, no me hubiera atrevido. El trapo siguió allí varios días. Nadie parecía fijarse en él. Hasta que Herr Mayer se dio cuenta y lo mandó quitar. Tres dormitorios daban a la sala, para dos personas cada uno. Arrimadas a las paredes más largas había dos camas de madera y, en medio, una mesita. Dos sillas, varios ganchos en las paredes y una caja negra para la ropa completaban el mobiliario. Teníamos que lavarnos en una pila que había en la sala. Desde las ventanas de la habitación se veía el estrecho callejón y los desiguales tejados de las casas vecinas. Cuando yo vivía en el asilo no estaban ocupadas todas las plazas. No por falta de pobres, ancianos o niños desamparados sino porque desde los tiempos de la fundación las circunstancias habían cambiado, todo estaba más caro y las rentas del capital no bastaban para mantener a seis internos. En la casa, pues, éramos tres ancianos y yo. Dos plazas, una de anciano y una de niño, habían sido suprimidas. Ser el único niño no era una ventaja. La combinación de niños y ancianos en un mismo asilo no se debía al simple capricho del benefactor. Me parece que con la admisión de niños se pretendió aunar la beneficencia con la utilidad, consiguiendo mano de obra barata. Puedo decir que mi capacidad de trabajo estaba bien aprovechada. Al levantarme, tenía que cepillar la ropa y limpiar los zapatos de los viejos, de Herr Mayer y de su esposa a la que casi nunca veía, subir carbón del sótano para Stasinka, la criada, partir leña, acarrear agua e ir a la tienda, antes de que, ya cansado, pudiera salir para la escuela. No es de extrañar que me pareciera una lástima que no hubiera allí otro niño con el que compartir la carga. Me mortificaba tener que servir a los viejos, aunque no a Herr Mayer ni a su esposa, a los que consideraba personas de clase superior. Mayer estaba por encima de mí, era el señor; y también a Stasinka, la criada, la ayudaba de buen grado. ¡ Pero los viejos eran como yo! ¡No eran más que yo! ¿Por qué tenía que limpiar los zapatos, asear la ropa y servir a la mesa a aquellos viejos sucios a los que despreciaba? Como no éramos más que cuatro en la casa, una de las habitaciones estaba vacía. Dormíamos en las otras dos, Jelinek y Klein en una, y el viejo Rebinger y yo en la otra. Digo el viejo Rebinger a pesar de que también Jelinek y Klein eran viejos, porque Rebinger lo era todavía más. Cada noche, yo temía y esperaba que se muriera. Pero él no se moría. Cuando me fui del asilo aún vivía y seguía como había estado desde que yo recordaba. Con estas personas, en esta casa, pasé los días de mi infancia, aparte las horas de colegio y los momentos de juego en la calle, con otros niños. Nunca fui buen estudiante. Yo era un niño pobre y, además, del asilo. Esto significa mucho en una ciudad pequeña, en la que los maestros se tratan con las familias de los niños de buena casa, dan clases particulares y mantienen relaciones de índole material y social. Si yo contestaba bien, si llevaba algún ejercicio bien hecho, no se me alababa como a los otros. Si, por el contrario, como solía suceder, hacía algo mal, me llevaba un buen rapapolvo y muchas veces incluso -a eso el maestro sólo se atrevía con los más pobres- un bofetón. Por si no era suficiente, la súbita desaparición de mi madre hacía que se asociara a mí una cierta depravación, y mis compañeros me martirizaban con ello y hasta inventaron una canción con la que me persiguieron hasta el día en que dejé la escuela. A pesar de lo estúpidos y ramplones que eran los versos, cada vez que los oía me enfurecía, y aún hoy los recuerdo bien, a pesar de las muchas cosas vividas después y que hubieran debido impresionarme más, pero que he olvidado.
También la musiquilla que ponían a estos versos burlones me suena todavía en los oídos. A la hora del recreo, mis compañeros sacaban el almuerzo de la cartera, y yo los miraba con ojos muy abiertos. Adquirí la costumbre de pedir y a veces me daban una pizca de pan con mantequilla. Pero casi siempre lo único que conseguía era que se rieran de mí. Así pues, para mí la escuela no era una liberación de Rebinger, Klein y Jelinek. No me gustaba ir a la escuela, a pesar de que me permitía escapar del asilo durante unas horas. Porque, por lo menos, los tres viejos del asilo eran buenos conmigo. Ellos sabían lo importante y necesario que yo era para ellos y se guardaban bien de maltratarme. Ciertamente, me repugnaban, los despreciaba y odiaba y, de haber sido lo bastante fuerte, les hubiera pegado con gusto. En el asilo me comportaba con arrogancia. En la escuela me despreciaban y se reían de mí. En el asilo, yo, si no importante, era necesario. El único de los viejos que me inspiraba cierta admiración era Jelinek. Todos los días, a las diez de la mañana, Jelinek se iba a desayunar a la taberna. Ello le costaba, como él no dejaba de señalar dándose importancia, ocho kreuzer. Mucho antes de las diez, todos sentíamos un vivo nerviosismo. Sólo Jelinek parecía tranquilo. Pensábamos: se acerca el momento en que Jelinek, un interno del asilo como nosotros, va a humillarnos una vez más. Y lo esperábamos con ansiedad. Rebinger y Klein, desde que estaban en el asilo, nunca habían podido permitirse un desayuno «de tenedor» en la taberna. La taberna no era un lugar elegante, desde luego, pero allí Jelinek era un cliente, un señor, un comprador. Antes de marcharse, paseaba por la sala, regodeándose. Klein y Rebinger aparentaban indiferencia. Pero a Rebinger, de la ira, le temblaba el mentón y de su boca desdentada colgaba un hilo de saliva que le caía en la solapa. Klein trabajaba con tanta furia en el paraguas que estaba reparando -había sido paragüero y hacía alguna que otra compostura- que casi rompía las varillas. «Bueno, ya es hora de irse», decía Jelinek, con augusta calma, poco antes de las diez, y se iba, andando despacio y con dignidad. Entonces estallaba la rabia de Rebinger y Klein. Yo creo que consideraban el desayuno de tenedor de Jelinek como una afrenta. Y empezaban a contar historias, rivalizando en la descripción de fastos de su propia vida, que hacían palidecer la taberna, el desayuno de ocho kreuzer de Jelinek y toda la ciudad. Jelinek podía permitirse el dispendio porque hacía negocios. Yo le imaginaba dedicado a misteriosas operaciones, pero los negocios de Jelinek no encerraban ningún secreto. Consistían en ir de casa en casa recogiendo botellas a cambio de unas monedas y venderlas, con un pequeño beneficio, a un tendero. Para mí, Jelinek era como un gran comerciante cuyos barcos surcaran los mares cargados de mercancías. A su lado, la actividad de Klein, sus paraguas rotos, que yo tenía delante de los ojos día tras día, me parecía prosaica y mísera. Jelinek, con su bigote gris y lacio y su voz chillona y cascada, era el único de mis compañeros de asilo que me inspiraba algún respeto. Klein estaba casi ciego, y sus ojos cansados atisbaban a través de unas gafas torcidas. Iba mal afeitado y siempre tenía entre las rodillas algún paraguas en el que manipulaba. Por Klein yo podía sentir a veces cierta compasión que, a lo sumo, me hacía entregarle el objeto que se le había caído al suelo o se le había extraviado. Su paciente calma desarmaba mi odio, del que ni Jelinek se salvaba. Con Rebinger mi corazón era feroz, duro, implacable. El cuerpo que le temblaba constantemente desde la punta de los dedos hasta las rodillas, sus párpados rojos y sin pestañas, sus ojos húmedos, su boca desdentada, siempre en movimiento y de cuya comisura colgaba un fina baba, su charla continua e incoherente, todo su humano desvalimiento, me hacían enemigo suyo. Yo era un niño y estaba encadenado a aquel viejo que mojaba la cama y que parecía librar un combate con la muerte noche tras noche. ¿Era yo un malvado porque no me conmovieran los achaques de este viejo, y el verme encadenado a las miserias de aquel cuerpo temblón y aquella mente apagada me pareciera un castigo más cruel que la peor condena? Detrás del asilo había un patio pequeño y sucio desde el que se subía a un jardín. Una de las peculiaridades de la casa era que no se podía pasar de una parte a otra, ni siquiera de una habitación a otra, sin subir o bajar escaleras. El jardín era pequeño. Tenía varios árboles y, en el centro, un viejo nogal debajo del cual había un banco de madera. El jardín estaba separado de otros patios y jardines por una ruinosa tapia de la altura de un hombre. En un rincón, al que se llegaba cruzando el jardín junto al nogal, había un pozo sobre el que colgaba un cubo; si se hacía girar la polea, el cubo bajaba al pozo suspendido de una cadena que rechinaba. De aquel pozo había que saar toda el agua que se gastaba en la casa. Casi todas las tardes, Rebinger se sentaba en el banco del nogal, con las manos apoyadas en el bastón y rezongando. Cuando pasaba Stasinka, la criada, con un cubo en cada mano mirando al vacío con sus ojos inexpresivo s y arrastrando los pies calzados con zuecos de madera, él la saludaba moviendo la cabeza. La mirada del viejo se posaba en los pechos de la muchacha, grandes y caídos, que se movían a cada paso. Yo hacía girar la polea y observaba la mirada de Rebinger y los pechos de Stasinka, y me parecía que Rebinger sabía algo que yo ignoraba. Sin darme las gracias, Stasinka se volvía por donde había venido. Rebinger la seguía con la mirada, estirando sus labios hundidos en una sonrisa sucia. Y la saliva le caía en la astrosa chaqueta. Viví muchos años bajo el mismo techo que Stasinka y habré hablado mucho con ella, pero, por curioso que pueda parecer, aunque recuerdo su manera de mirar, de andar y de mover el cuerpo y todavía me parece sentir su olor cada vez que pienso en ella, no puedo acordarme de su voz. Es como si nunca hubiera hablado, como si nunca la hubiera oído reír. En mi recuerdo, Stasinka es muda. La oigo respirar, resoplando por la nariz, veo su cara ancha y pálida, veo hasta el dibujo de su vestido, pero no puedo oír ni una palabra dicha por ella. Yo tendría unos ocho años o poco más cuando Stasinka entró a servir en el asilo. No creo que Stasinka me causara impresión alguna la primera vez que la vi. Eso vino después, poco a poco. Pensándolo bien, me parece que quizá -digo quizá-, de no ser por Rebinger, Stasinka nunca me hubiera inspirado más que indiferencia. Rebinger me abrió los ojos y aún veo claramente el momento en que sucedió. Yo estaba en el jardín recogiendo del suelo, a hurtadillas, manzanas medio podridas. Rebinger, sentado en el banco, guiñaba los ojos al sol. Entonces vino Stasinka por el jardín, con sus cubos, camino del pozo. Yo estaba a pocos pasos de Rebinger y le vi mover los labios y apoyar el bastón en el suelo temblando como para levantarse. -¡Vaya puta gorda! -dijo, parándose a cada palabra, como para recobrar fuerzas-. ¡Puta gorda! La manzana se me cayó al suelo. Observé la mueca de Rebinger y seguí la dirección de su mirada. Entonces, asombrado, vi a la criada como si fuera la primera vez. El balbuceo gangoso de Rebinger me sonaba en los oídos: «¡Puta gorda!» Yo nunca había oído aquella palabra. No sabía nada y lo sabía todo. Algo nuevo irrumpió en mí, porque en aquel momento descubrí a Stasinka, la puta gorda. Nunca había visto a una mujer más que trabajando de firme; nunca, como una madre cariñosa. Ahora, de pronto, brotaba el chorro de una fuente hasta entonces dormida, inundándome. Levanté los brazos y eché a correr. Me parece que la primera impresión que producen los sentidos al despertar es imborrable, como si uno fuera para siempre de la primera mujer con la que se tropieza, aunque tal vez con un amor que la religión y la moral despojan de pasión, como es el amor a la madre. Mi pasión por Stasinka no se ha extinguido, aunque Stasinka fue siempre bruta y tonta, como yo advertiría cuando fuera mayor. Las primeras consecuencias del encuentro en el jardín fueron un dulce temor que me invadía en presencia de Stasinka y una hostilidad secreta contra Rebinger. Yo, despierto en la cama, escuchaba con malsano placer y la cara crispada de horror, sus espasmos nocturnos. De buena gana le hubiera dejado que se ahogara tosiendo sin pedir ayuda. Intuía vagamente que Rebinger, aquel viejo achacoso hundido en la noche, había trastornado mi vida entregándola al pecado y la destrucción. El sufrimiento de Rebinger alimentaba mi maldad y mi odio. A pesar de que la presencia de Stasinka, su imagen, me sobrecogía hasta lo más profundo del alma y me hacía temblar las rodillas de miedo ante algo amenazador y desconocido, en sueños anhelaba estar a su lado. Durante el día acechaba en el oscuro corredor, deseoso de aspirar su olor o sentir el roce de su vestido cuando saliera de la cocina. Me sentaba al lado del pozo a esperarla hasta que venía a buscar el agua. Si Rebinger estaba en el banco debajo del árbol, me escondía entre los arbustos sin apartar la mirada de su cara. No hubiera podido estar frente a él sin esconderme. Entonces, sin la interposición de las hojas y las ramas, mi odio me hubiera convertido en un asesino, obligándome a saltar sobre el viejo y apretarle la garganta con mis dedos fuertes. Me escondía para huir de mí mismo. Cuando ella llegaba, yo hacía girar la manivela, temblando. Ella no me miraba. No apartaba de la cadena su mirada animal y se iba sin darme las gracias. Pero una fuerza irresistible me impulsaba a seguirla. En silencio, empecé a hacer su trabajo. Ella se quedaba inmóvil, de pie o sentada, resoplando por la nariz y dejándome hacer. Yo levantaba la cabeza de la leña que estaba partiendo para lanzar una mirada temerosa a sus pechos caídos y macizos que subían y bajaban al compás de la respiración. Entonces empecé a ganar mis primeros kreuzer. Los domingos recogía los periódicos en la oficina de Correos y los llevaba a los abonados. El domingo no se repartía correo en el ciudad. Con esto me ganaba entre veinte y treinta kreuzer a la semana. Compraba caramelos, una cinta de seda o una peineta que daba a Stasinka. Ella cogía mis regalos en silencio. Con el tiempo, conseguí entrar en la cocina, que formaba parte de la vivienda de Herr Mayer. Por la noche, cuando los Mayer se acostaban, abría la puerta sin hacer ruido y entraba. Stasinka estaba fregando los cacharros o preparando la tarea del día siguiente. Yo me acercaba y le quitaba el trabajo de la mano. Así pasó el tiempo, mucho tiempo, y yo crecía en el asilo, entre tres viejos y una criada. No debía de faltar mucho para que cumpliera los catorce años y tuviera que dejar el asilo cuando se produjo un hecho que conservo bien grabado en la memoria. Era de noche. Estábamos en la cocina. Encima de la mesa ardía el pequeño quinqué. Stasinka y yo, en cuclillas, limpiábamos lentejas en un gran barreño. Stasinka estaba muy cerca. Yo no me atrevía a mover los brazos ni los pies, ni siquiera las manos. Sólo los dedos, como aparatos ajenos a mi cuerpo, iban quitando las lentejas malas. Era como si la presencia de Stasinka fuera una carga material que pesara sobre mí, sobre ella y sobre todos los objetos. Sentía su aliento en el oído y en la mejilla. Mi nariz aspiraba el olor cálido de su cuerpo. Ella estaba agachada como un animal grande y cansado, con todo el peso de sus carnes inertes, sus ojos sin brillo y sus manos gordas rozando las mías en el barreño. Empezaron a temblarme los pies. Tenía la sensación de que mi cuerpo iba a desplomarse por falta de apoyo. Pero temía acercarme a Stasinka aunque no fuera más que el ancho de un cabello. Me daba horror, como si ello pudiera aparejar que algo monstruoso y demoledor se precipitara sobre mí para destruirme. Mi cuerpo empezó a oscilar. Convulsamente, se aflojó el agarrotamiento de mis músculos. Sentí que mi hombro se acercaba al de ella, pero me parecía que tenía que salvar una distancia infinita. Ahora ya la rozaba. Pero entonces Stasinka me apartó de un empujón. Y, tranquilamente, volvió a meter las manos en las lentejas. Respiré profundamente. Mi timidez infantil desapareció y se despertó en mí el animal, la pasión, la sangre. Yo era libre, estaba dispuesto a ser el amo. Durante unas décimas de segundo, mis manos cogieron mi cabeza con impotencia pero en seguida se tendieron hacia adelante. Me levanté de un salto, tratando de asir aquellos pechos llenos que subían y bajaban. Stasinka se puso de pie sin decir palabra. Me levantó en vilo como si no pesara. Abrió la puerta. Me dio un puñetazo en las costillas y me tiró al suelo en el umbral. Después, tranquilamente, cerró la puerta. Y yo, retorciéndome en el suelo, sufrí mi primer desengaño amoroso. Durante los últimos meses de mi estancia en el asilo ya no ayudaba a Stasinka. Sólo la acechaba y la seguía. Ya no quería servirla. Quería ser más fuerte que ella. Por la noche me acercaba a la cocina y oía su respiración sosegada y ahíta. La espiaba, pegando el oído a la puerta, cuando hacía sus necesidades, y temblaba de deseo reprimido. La seguía a la bodega, ansiando el momento en que pudiera tocar sus pechos. Pero temía su mirada mate y abúlica. Así, agitado por deseos insatisfechos, pasé mis últimos meses en el asilo. Ya había terminado la escuela y se acercaba el día en que debía despedirme de la infancia y salir al mundo, a desenvolverme solo, librado a mis propias fuerzas. No me fue difícil despedirme, y menos cuando iba a quedarme en el pueblo y mi marcha no significaba un adiós para siempre. Si quería, después del trabajo podría ir al asilo todos los días. Pero no sentía afecto por la casa ni por sus ocupantes, ni siquiera gratitud. Me alegraba de marcharme de aquella casa de mi triste niñez. Me alegraba de dejar a los viejos y a Herr Mayer. Me alegraba de no tener que seguir viendo el retrato del benefactor, y mi alma estaba llena de escenas de un futuro feliz, en el que yo no debería nada a nadie sino que sería el amo y estaría por encima de otros. Stasinka, la criada, se quedaba y yo me iba. Ya no podría seguirla por la casa, ni sentir su presencia. Pero sabía que un día volvería y que me presentaría a Stasinka como un señor importante. Con poder sobre las personas y riendo, la obligaría a inclinarse ante mí. Dos días antes de mi marcha, fui llamado a casa del administrador del asilo, un respetado ciudadano. Me hizo un discurso del que no entendí casi nada, porque me distraía la riqueza de la habitación en que me recibió. Sólo sé que me exhortó a recordar durante toda la vida al benefactor y su buena obra. Hoy me parece que con aquel discurso pretendía, sobre todo, tranquilizarse a sí mismo por el hecho de que yo saliera al mundo solo y desvalido. Porque me dijo que el efecto benéfico de la semilla que el asilo había sembrado en mi pecho, me impediría perderme en la lucha por la vida que tenía ante mí. Y me despidió con la dádiva de diez gulden que el benefactor había fijado para los chicos que salieran del asilo, para no volver a preocuparse de mi destino. La mañana de mi marcha me levanté como todos los días, y como todos los días limpié los zapatos y la ropa de Klein, Jelinek, Rebinger y Herr y Frau Mayer. Luego, me despedí de Herr y Frau Mayer. Herr Mayer me sostuvo la mano y dijo unas palabras deseándome suerte. Me pareció que era el único que sentía de verdad lanzarme a lo desconocido y que ahora buscaba en vano algo bueno que decirme. De algún modo, debí de percibir su bondad y, puesto que al fin y al cabo abandonaba un hogar, aunque fuera pobre y triste, me eché a llorar. Herr Mayer me dio un beso en la frente. Entonces fui a la sala donde estaban los viejos, envolví mi chaqueta en una hoja de periódico, reuní mis pertenencias, di la mano a los viejos y me fui. En el patio, me puse debajo de la ventana de la cocina y grité: -¡Adiós, Stasinka! ¡Me marcho de aquí, adiós! En la ventana apareció la cabeza de Stasinka y sus ojos me miraron con cansancio. No tenía que ir muy lejos. A unos cinco minutos del asilo estaba la fonda La Campana en la que iba a entrar a trabajar de mozo. Porque yo quería ser camarero. Este oficio me parecía el más prometedor de todos los que se me ofrecían, pero también me atraía por motivos que no hubiera podido explicar. Tal vez fuera el desayuno de tenedor de Jelinek y la escena de todas las mañanas en el asilo lo que daba especial atractivo a un oficio que estaba asociado con la vida de hotel. Fuera lo que fuese lo que me indujo a tomar esta decisión, entré en casa de la viuda Glenen de mozo. La viuda era una mujer vieja de pelo gris, un poco bizca, gruesa y decidida. Se la veía capaz de bregar con los clientes borrachos. El comedor, largo y oscuro, no tenía nada de elegante, desde luego. Gente con el sombrero puesto, hedor a pipa, salivazos en el suelo, jugadores de cartas que hablaban a gritos y una gramola que en vano trataba de hacerse oír en medio del barullo. En un rincón, detrás de un pequeño mostrador, rodeada de botellas, vasos y relucientes tubos, presidía la viuda Glenen. Por delante de ella tenía que pasar todo el que entraba o salía de la sala y ella, con ademán seguro y mesurado, introducía la moneda de níquel o de plata en el cajón. Al principio, mis obligaciones consistían en ir de mesa en mesa recogiendo los vasos de los clientes que se habían ido y fregados en un barreño detrás del mostrador; luego, a una señal de Frau Glenen, bajaba a la bodega a buscar talo cual botella. Además, tenía que fregar el suelo, encender el fuego, partir leña, cepillar ropa y limpiar zapatos, en suma, hacer todo lo que hubiera que hacer mientras Franz, el camarero, bajo la severa mirada de la señora, llenaba los vasos que le tendían los clientes o yo mismo y limpiaba el establo y el patio. El trabajo no era poco y por la noche estaba tan cansado que me dejaba caer en el jergón de paja que ponía en el comedor y me quedaba dormido en el acto. Por ello, al principio no podía ir al asilo; ni siquiera tenía tiempo para pensar en Stasinka. Después, cuando me hube acostumbrado al trabajo y aprendí a escabullir el hombro de tal o cual tarea, al anochecer solía escapar de La Campana y, cruzando los jardines y patios traseros y saltando tapias, entraba en el jardín del asilo. Allí me quedaba escondido entre los arbustos, esperando a Stasinka. Cuando ella llegaba, yo salía lentamente y, como antaño, hacía girar la polea. Ella me dejaba hacer. Nunca pareció sorprenderse. Luego me se marchaba, yo le miraba las caderas que se contoneaban rítmicamente por el peso de los cubos llenos de agua, y desaparecía en la casa. Entonces me iba por donde había venido. A la larga, no podía gustarme el trabajo de la taberna. Tenía otros planes. Me bailaban en la cabeza los hoteles elegantes inundados de luz de los que me hablaba Franz, que había estado en la capital. Y me veía andar entre mesas ocupadas por personas elegantes, vestido con chaquetilla negra y con el bolsillo lleno de tintineantes monedas. Franz estaba ahorrando para ir a buscar trabajo a la ciudad y yo decidí irme con él. Desde luego, con los kreuzer que a veces conseguía del mozo de la cuadra al que ayudaba a enganchar los caballos, no podía esperar reunir las cuarenta coronas que, según el cálculo de Franz, se necesitaban para empezar. Pero el dinero no me preocupaba. Y cuando, una noche, Franz me anunció que a los dos días pensaba marcharse, dije que le acompañaría. Preparativos no tenía que hacer. Todas mis pertenencias las llevaba puestas. No tenía que despedirme de nadie más que de Stasinka. Eso lo haría la última noche. La víspera de nuestra marcha, Franz fue a despedirse de amigos y parientes. Yo me quedé. En la taberna había calma. Frau Glenen dormía profundamente en la tercera habitación. De vez en cuando se oía rechinar una cadena en el establo, agitada por un caballo. Me levanté del jergón y me acerqué al mostrador sin encender la luz. Fui al cajón del dinero e introduje por la ranura la hoja del cuchillo. Poco a poco, traté de hacer palanca. Pero como el cajón no se abría, aflojé los tornillos de la cerradura para tratar de ensanchar la rendija. Lo conseguí. Entonces metí el cuchillo e hice palanca al tiempo que tiraba con fuerza del cajón. La cerradura saltó y el cajón se abrió. Cogí doscientas coronas en billetes que estaban cuidadosamente amontonados y cerré el cajón. Luego salí de la casa y fui a despedirme de Stasinka. En toda mi vida he robado dos veces. Aquél fue mi primer robo. Del segundo hablaré después. Hay que adelantar que, esencialmente, el segundo robo se diferenció del primero en que entonces yo sabía que obraba mal, mientras que la primera vez no lo pensé. Me parecía perfectamente natural coger el dinero del cajón, ya que lo necesitaba con urgencia. Y hoy, cuando sobre muchas cosas de la vida pienso de modo distinto a entonces, cuando las hacía, creo que con aquel primer robo no hice nada malo; la naturalidad con que robé me absuelve ante mí mismo. Decía que cogí el dinero y fui a despedirme de Stasinka. Como tantas veces, salté tapias hasta llegar al jardín del asilo y me acerqué a la ventana de Stasinka. Era un cálida noche de verano y la ventana estaba abierta. -Stasinka -dije suavemente-. Stasinka. Como nada se movía, cogí un puñado de arena y grava y lo tiré a la ventana. Apareció la cabeza de Stasinka, despeinada y con cara de sueño. -Baja -susurré-. Me marcho. Quiero decirte una cosa, Stasinka. Ella desapareció. Pasaron varios minutos. Yo estaba entre la esperanza y la desesperación. Por fin, en la escalera sonaron unos pasos pesados que me sacaron de mi incertidumbre. Stasinka salió de la casa. Se cubría apenas con un paño. -Me marcho, Stasinka -le dije-. He venido a decirte adiós. Ella callaba. Me acerqué. La certeza de no volver a verla en mucho tiempo, quizá nunca más, me dio valor. -Me marcho, ¿oyes? -dije. Estaba muy cerca-. Todavía no estamos en paz, Stasinka. -El verla allí, callada e indiferente, me indignaba-. Ahora ya no puedes levantarme en brazos como a un niño, no. ¿Has oído? ¡Ya no puedes levantarme! La apretaba contra la puerta. Stasinka cedía sin resistirse. -Ahora te enseñaré quién es el más fuerte. ¿Quieres verlo? Estábamos en el oscuro zaguán. Cerré la puerta detrás de nosotros. Por la enrejada ventana entraba un poco de luz. No se oía nada más que su respiración regular y pesada. La abracé con fuerza. Ella levantó las manos para rechazarme. -¿Quieres empujarme otra vez, verdad, Stasinka? ¡Anda! Le encajé la pierna en la corva, obligándola a tenderse en el suelo. Sus ojos me miraban de un modo extraño, inmóviles. Me arrodillé encima de ella. Busqué sus pechos. Ella trató de escapar con una brusca sacudida. La agarré del cuello. -Eres una puta, una puta -le dije echándome sobre ella. Ella levantó la mano, como para señalar hacia arriba. Miraba fijamente hacia lo alto, como si viera algo horrible. Volví la cabeza. Y vi -aplastada contra la ventana, desfigurada en una mueca de fauno- la cara de Rebinger. Salté y corrí afuera. Allí estaba, agarrado a los barrotes de la verja. Me acerqué por detrás. Me parecía que mis manos, que se cerraron en torno a su flaco cuello, eran tenazas de hierro. Me gustaba sentir entre los dedos el temblor de su cuerpo. Cuando quedó yerto, lo dejé caer al suelo. Volví a la casa, liberado, como después de una gran hazaña. Stasinka ya no estaba. ' Subí las escaleras. Sabía que, si abría la puerta con brusquedad, la campana no sonaba. Apenas se oyó. La cocina estaba cerrada. Arañé la puerta como un perro. Luego me quedé escuchando y oí la pesada respiración de Stasinka, que dormía. Cuando crucé el jardín, a la primera luz del amanecer, vi la figura de Rebinger que, tanteando la tapia, volvía hacia la casa con paso inseguro. Así dejé el asilo y a Stasinka. Por última vez en mucho tiempo, salté las tapias y crucé los jardines. No volví la cabeza. Lentamente, me fui a la estación. En la ciudad, nos hospedamos en un sórdido albergue. Con nosotros, en la misma habitación dormían otros tres hombres, cada noche distintos. Durante el día íbamos de hotel en hotel ofreciendo nuestros servicios. Los planes de Franz, por lo menos para empezar, no eran tan ambiciosos como los míos. Empezó por los pequeños hoteles y se dio por satisfecho cuando, al cabo de cuatro o cinco días, encontró un puesto de criado eventual en una casa de citas, empleo que, al parecer, era bastante lucrativo, puesto que la clientela cambiaba de hora en hora. La decisión de Franz me pareció comprensible. Porque él tenía sólo cuarenta coronas y yo casi todavía doscientas. Podía permitirme ser exigente. Seguía soñando que llevaba una chaquetilla negra y me movía entre mesas ocupadas por gente elegante. No estaba dispuesto a renunciar a ninguna de mis pretensiones. A lo sumo, habría cambiado la chaquetilla por la librea de los «boys» que haraganeaban en el vestíbulo de los hoteles elegantes. Pero no quería verme como Franz con las mangas subidas y una gorra azul con letras doradas. Eso ni por todo el oro del mundo. De modo que seguí yendo de hotel en hotel sin éxito. Poco a poco fui haciéndome más modesto y ofrecía mis servicios en cafés y restaurantes. Tal vez al poco tiempo hubiera acabado de mozo en un hotel de mala muerte como Franz, de no haber conocido a una persona que me libró de ello. La cama de Franz fue ocupada por un muchacho rubio al que no sin extrañeza volví a ver a mi lado en noches sucesivas. Inevitablemente, por ser los únicos clientes fijos de la habitación, entramos en conversación. No tardé en averiguar que mi vecino se llamaba Kaltner, que había vivido varios años en América y que había ahorrado algún dinero. Pero había tenido la desdichada idea de venir a probar fortuna y ahora, desengañado de que aquí se pudiera hacer dinero, pensaba volver a América dentro de unos días. Ya tenía el pasaje en el bolsillo. Kaltner me hablaba de América, de que allí, si tenías ganas de trabajar, podías prosperar y que él a todo el que preguntaba le aconsejaba que se fuera. Me atraían las perspectivas que, según Kaltner, se me ofrecían en América. Kaltner me presentó en un café a un hombre mayor, de barba cerrada, que me miró insistentemente a través de unos lentes con montura de oro que se puso en el tercio inferior de su delgada nariz. -¿Tiene ciento veinte coronas? -me preguntó bruscamente, después de su larga observación. Cuando le dije que sí, se puso a escribir en una cartulina marrón-. Por favor -dijo. Le entregué ciento veinte coronas y él me dio el pasaje. Fue todo tan rápido que no llegué a preguntarme si realmente quería irme. Pero, ni aun de haberlo deseado, me hubiera atrevido a contradecirle. Al día siguiente me encontraba camino de Hamburgo para, al otro día, embarcar en un barco viejo y sucio llamado Neptuno. No llevaba conmigo más que tres panes y veinte marcos. Si mi primer viaje en tren me dejo indiferente, mi salida al océano tampoco me causó impresión alguna. No soy sensible a los encantos de la naturaleza, de lo que nadie que sepa que crecí en un asilo se asombrará, porque después de lo que he contado habrá comprendido lo que fue mi niñez. De todos modos, tampoco tenía tiempo que dedicar a la ociosa contemplación, porque en el barco pasaba mucha hambre y subsistía gracias a que acarreaba agua, ayudaba a lavar la ropa y hacía otros pequeños trabajos para los pasajeros del entrepuente que me pagaban con un bocado de salchicha rancia, un pedazo de pan o un trago de aguardiente. Podría pensarse que la convivencia con los emigrantes, aquellos seres sucios y hambrientos, me habría hecho compasivo con la miseria humana. Pero la pobreza de mis compañeros de viaje despertaba en mí repulsión y desprecio. ¡Hay que ser rico, pensaba, hay que ser poderoso y tener oro, mucho oro en el bolsillo! Y entonces ir a ver a Stasinka, la criada del asilo. Éste fue el único sueño de mi juventud. Ya en el barco, me enteré de que en Nueva York había barrios en los que vivían alemanes y judíos, es decir, donde se podía salir adelante sin hablar inglés. Desembarcamos por la mañana y me hice llevar a aquel barrio por un compañero de viaje que había ido a Europa a recoger a su mujer. Una vez allí, me puse a buscar la forma de ganarme la vida. Tuve suerte. Aquella misma tarde, ya trabajaba de camarero en un pequeño bar. El trabajo no me gustaba. Había mucho que hacer, cosas desagradables, y apenas ganaba lo suficiente para comer. Todos los días había broncas que yo tenía que resolver a una señal del jefe poniendo en la calle a los clientes. Pronto dejé el empleo y, tras una breve temporada durante la que cambiaba de ocupación todos los días, entré en un cabaret en el que estuve varios meses. Allí las cosas me iban bastante bien. Una de nuestras damas, una alta y delgada de unos treinta años y cabello muy rubio, se encaprichó de mí, de manera que, además de mi diario jornal, recibía una parte del suyo. No obstante, tampoco en América hubiera prosperado sino que habría sido camarero durante toda la vida o, a lo sumo, dueño de un pequeño bar, de no haber tenido el valor y la desfachatez necesarios para ayudar un poco a mi suerte. Comprendí que tampoco en nuestro cabaret llegaría mucho más allá, por lo que decidí marcharme y, para evitar las despedidas, un día dejé de presentarme. Entré de primer camarero en un bar en el que se jugaba mucho y fuerte y, por lo tanto, había algo que ganar. Mi actividad en aquel bar fue decisiva para mi vida. Llevaba dos meses en el Chicago-Bar cuando una madrugada mi mirada tropezó con un grueso caballero dormido que por su aspecto podía ser un próspero ganadero o granjero. Yo estaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina. El que dormía era el último cliente. Yo estaba cansado y miré el reloj bostezando. Las cuatro y media. Miré al mixer que daba cabezadas detrás de la barra y otra vez al cliente dormido. Mi mirada se quedó fija en su espalda. La chaqueta se le había levantado y, bajo la tirante tela del pantalón, se perfilaba claramente el contorno de una billetera repleta. Lentamente, me acerqué al durmiente, cogí el vaso vacío de encima de la mesa y lo llevé al bar. Era indudable: el cliente y el mixer estaban bien dormidos. Saqué la navaja y, al pasar, hice un corte en el bolsillo del pantalón, volví a la puerta de la cocina y me apoyé en el marco. El corte del pantalón se abría a cada respiración del hombre. Ya empezaba a asomar una billetera de cuero marrón de las que suelen llevar los ganaderos. Yo no me movía. Mis ojos iban ininterrumpidamente del cliente al mixer y del mixer al bolsillo. Al cabo de unos minutos, la billetera ya era visible casi por completo. La parte superior asomaba por el corte del pantalón y sólo el borde inferior se sujetaba ligeramente. Despacio, me acerqué al hombre y cogí la billetera con dos dedos. Luego me fui rápidamente a la puerta y salí a la calle. Para no llamar la atención con mi chaqueta blanca de camarero, tomé un coche y me hice llevar a casa. Hasta que llegué no abrí la billetera. Dentro había cuatro mil dólares en billetes. Cuatro mil dólares ya es dinero, Stasinka, ya es dinero. Inmediatamente hice el equipaje y tomé el primer tren que iba al Oeste. Éste fue mi segundo y último robo. A partir de entonces ya no necesité robar. En la billetera, además de dinero, había direcciones de ganaderos de todos los Estados. Aproveché las relaciones de mi predecesor y, al cabo de dos años, había ganado veinticinco mil dólares. Entonces volví a Europa en camarote privado. Era natural que volviera a Europa. Nunca fui un soñador. En América había trabajado mucho y no había tenido tiempo de soñar con Stasinka. Al pensar en ella, veía su manera de andar arrastrando los pies, sus grandes pechos y la mirada animal de sus ojos. La añoraba. Sabía que tenía que volver al asilo y ser dueño de Stasinka. Una tarde de verano llegué a mi ciudad natal. En la estación nada había cambiado, pero enfrente había un hotel nuevo. Allí me alojé. Durante la cena hice llamar al dueño y me enteré de que en el asilo todo seguía igual, sólo que Jelinek, Klein y Rebinger habían muerto. En su lugar había otros tres viejos. Dije al hostelero, que parecía sorprendido por mi interés, que me había criado allí y entonces pregunté por Stasinka. Seguía siendo la criada. Cuando oscureció me puse en camino. Como solía hacer cuando trabajaba en La Campana, me deslicé por los jardines, saltando tapias. Conocía el terreno palmo a palmo. Ya estaba en el jardín del asilo y, como la otra vez, lancé un puñado de arena a la ventana de la cocina que estaba abierta. Apareció la cabeza de Stasinka. -Stasinka -dije-. He vuelto. ¿Me conoces, Stasinka...? ¡Baja, Stasinka! La cabeza desapareció. Sabía que ella obedecería. Salió a la puerta, apenas cubierta por un paño. -He vuelto a ti, Stasinka -dije-. Mírame, Stasinka, mírame bien. He prosperado. Stasinka, ¿ sabes lo que quiere decir prosperar? Ella me miraba resignada. Seguía teniendo los pechos grandes y caídos y todavía resoplaba por la nariz. -Ahora no me rechazarás, Stasinka. -Me acerqué-. Ahora ya no. Ahora soy un señor, ¿ comprendes?, un señor. La abracé. Ella se quedó quieta, como cansada. Mis dedos buscaron su pecho, pero Stasinka extendió la mano y me apartó de un empujón. Sus ojos estaban inmóviles, mirando al suelo. -Stasinka, ya no soy un huérfano. Stasinka, ahora soy más fuerte que tú. Stasinka, la criada, dio media vuelta y, moviendo las caderas con un suave contoneo como si volviera del pozo con un pesado cubo en cada mano, se fue hacia la puerta. ¡Ya te ajustaré las cuentas, ya te ajustaré las cuentas!, pensé. -Stasinka -dije, esforzándome por hablar sosegada y amistosamente-, no he venido a verte para eso. No temas, no es para eso. ¡Yo quiero... quiero llevarte conmigo a América! Ella se quedó quieta en la puerta. Y yo empecé a hablarle de América. No sabía qué era lo que más podía atraerla, lo que ella podría entender, y le hablé de todo, desordenadamente: de los hermosos vestidos que llevaría, de la vida descansada que allí tendría, del dinero, de la comida y otra vez de la comida. De pronto, se adueñó de mí la idea de llevármela a América. -Pero tiene que ser en seguida -le dije-. ¡Mañana vendré a buscarte! De madrugada. ¡Y nos iremos juntos, Stasinka! Ella entró en la casa. Sabía que al día siguiente se iría conmigo, me obedecería. Entonces estaría en mis manos, y yo estaba deseando ver como claudicaba por efecto de mi fuerza. Por la mañana fui a buscarla. Ella salió sin sombrero, con sus cosas metidas en un hato. Me siguió hasta la estación a varios pasos de distancia. Saqué billetes de primera clase para los dos. Stasinka tenía que ver quién era yo. Pero ella fue sentada en su asiento, sin hablar, con los ojos quietos. En Hamburgo le compré un sombrero y un vestido. No mostró ni asombro ni agradecimiento. Los aceptó en silencio. Embarcamos, yo en primera y ella en tercera. Quizá, si veía la diferencia, comprendería. Todos los días la llamaba a mi camarote y le hacía servir comida. Ella comía en silencio, respirando con fuerza. Mucho después de que se fuera, permanecía en el camarote el olor de su cuerpo. Lo aspiraba como se aspira el humo de un cigarro. Ahora ya no deseaba poseerla. Sólo quería que Stasinka se rebelara contra mí, quería oída gritar. Pero ella callaba y sus ojos me miraban sin luz. En Nueva York nos instalamos en un pequeño hotel. Stasinka, en un cuartito del ático. Para mí tomé una habitación del primer piso. Entonces empecé a poner en práctica el plan que me había cruzado por la cabeza como un relámpago cuando estaba delante de Stasinka en el jardín del asilo. Sabía moverme por Nueva York, y fui a un café frecuentado por judíos, rusos y polacos. Era un local pequeño, de paredes tiznadas de humo, con divanes de pana que alguna vez habrían sido rojos. Había numerosas mesitas de mármol, a las que se sentaban los clientes, muchos con el sombrero puesto. Algunos iban de mesa en mesa o se quedaban de pie entre las mesas. La estancia estaba llena de las voces de aquellos hombres que gesticulaban y del estrépito de los cacharros que eran llenados y fregados en un rincón. Un camarero de cara blanca y mirada soñolienta, con un frac reluciente de mugre, llevaba unos vasos de té en una bandeja. Busqué sitio. En un rincón había un hombre con aspecto de judío de Galizia. Estaba solo. Me senté a su mesa. El hombre me miró fijamente durante un rato y dijo: -¿Recién llegado a Nueva York? -En efecto -respondí lacónicamente. Él advirtió en seguida que yo no era un pardillo. Lentamente se mesó la barba pobre y castaña. Tenía una mano fina y delicada como la de un niño. Sus ojos irritados y sin pestañas recorrían inquietos el local. A través de los sucios cristales de las ventanas entraba la luz mortecina de un día lluvioso. Miraba a la calle con indiferencia, esperando que mi vecino volviera a hablarme. Al cabo él preguntó: -¿Usted hace negocios? -No; yo robo. Él sonrió. -Negocios, lo que me figuraba. ¿Y qué clase de negocios, si me permite preguntar? Sepa que yo también los hago. Quizá podamos trabajar juntos. Contemplé fijamente a mi interlocutor. Luego miré en derredor con cautela, como para asegurarme de que nadie nos escuchaba. -¡Cosas! -dijo él acompañando la palabra con un ademán displicente-. ¿Por qué tener miedo? Yo me llamo Seidenfeld. O mucho me equivoco o usted trafica en mercancías robadas. -Mi mercancía todavía no la ha robado nadie -dije con acento significativo. Ahora fue él quien miró fijamente. Sostuve su mirada con calma. -Comprendo -dijo Seidenfeld, y nuevamente su mano delicada acarició la barba-. Comprendo. ¿Joven? -Unos veintiocho. -Un poco vieja. ¿Se la puede llamar bonita? -Se puede. ¡Gorda! -¿Gorda? Ahora eso no gusta. A no ser en casa de Beller. Allí van los polacos. A ellos les gustan gordas. Se puede probar. Tráigala. -Veinte dólares -dije. Fue una idea repentina. Yo tenía que ganar algo, aunque no fuera más que un cochino dólar. Tenía que venderla. Venderla. Y ganar un dólar. Este pensamiento me hizo sonreír triunfalmente. -¡Veinte dólares! -gritó Seidenfeld como si acabaran de herirle de muerte-. Veinte dólares, ¿con eso me sale ahora? Tamborileaba con los dedos en la mesa. ¿Cómo puede tener manos tan pequeñas y delicadas?, pensé. -¿Y usted cuánto ofrece? -pregunté. Se volvió hacia mí y me miró a la cara. Entonces vi que no tenía los dos ojos iguales. El izquierdo estaba entornado. En tono grave, al que un enérgico ademán de la mano derecha pretendía infundir todavía más énfasis, dijo: -¡Antes tengo que ver a esa puta! Entonces me acometió una risa espantosa que me convulsionó e hizo toser. Reía y tosía a la vez. En aquella risa destemplada se volcaban mi infancia, mi adolescencia y mi pasado. La gente se volvía hacia nosotros y Seidenfeld me miraba como si me hubiera vuelto loco. -¿Ustedes oyen esto? ¿Y ahora se ríe? ¿Se puede comprar a ciegas? ¿Ha comprado usted? -Tiene razón -dije, respirando profundamente. Tuve que enjugarme las lágrimas-. Tengo una idea, Herr Seidenfeld. Ciertamente, tiene usted que verla. Fui en busca de Stasinka. Ella se sentó en la mesa y nosotros cerramos el trato en su presencia. Yo la miraba por el rabillo del ojo. Los pechos le subían y bajaban. Pero por lo demás parecía una mole de carne muerta. Seidenfeld me dio cinco dólares. Luego acompañé a Stasinka a casa de Beller. Nosotros íbamos en el coche y Seidenfeld en el pescante. Yo hacía tintinear en el bolsillo las monedas que él me había dado. -Stasinka -dije-, tú no me quisiste. Pero yo a ti sí te quiero y ahora, en mi lugar, te regalo a mil polacos. Una vez más, la agarré brutalmente del pecho, aquel pecho grande y pesado que desde niño, durante todos aquellos años, había visto subir y bajar delante de mí. En el oscuro callejón en que se encontraba el establecimiento de Beller, me apeé de coche y me marché. A la noche siguiente, hice una visita al Nuevo Mundo -así se llamaba la casa a la que había llevado a Stasinka-. Me abrió la puerta un negro sonriente que me condujo escaleras arriba. En el salón en que entré sin quitarme el sombrero, se oía la música mecánica de una pianola. El olor a sudor y a bebidas fuertes que me envolvió era peor que el de mis tiempos de camarero. Junto a las paredes había divanes multicolores y en los rincones, mesitas. El centro de la habitación estaba despejado, probablemente para bailar. Ardía una cansada luz de gas, y los contornos de todas las cosas se difuminaban en la penumbra. Varias muchachas, cinco según me pareció, estaban recostadas en los divanes. Vi a Stasinka sentada en un rincón. Llevaba un retal de seda roja que le dejaba los pechos casi al descubierto. Su mirada inexpresiva estaba fija en el suelo. Me senté en el rincón opuesto. Se me acercó una judía de dientes ennegrecidos. Pedí whisky. Me parecía oír el rumor de la respiración de Stasinka. Por un momento sentí sus ojos fijos en mí. Luego volvió a mirar al suelo, sin moverse. Entraron alborotando varios hombres que, por el aspecto, parecían estibadores del puerto. Se sentaron en la mesa de al lado. Frau Beller, una negra flaca de ojos implacables, hizo una seña a las muchachas. Ellas se levantaron cansinamente y se sentaron con los hombres. Stasinka no se movió. De buena gana le hubiera preguntado a la muchacha que estaba en mi mesa qué había hecho Stasinka al llegar a la casa. Si había llorado, gritado, lanzado maldiciones o guardado silencio. Pero no quería manifestar interés por Stasinka. -¿Es nueva? -pregunté, lanzando una fugaz mirada al rincón de Stasinka. -Sí, nueva -dijo la muchacha. Era como si la llegada de una «nueva» a la casa fuera algo tan corriente que no merecía comentario. -Es muy callada -dije, tratando de continuar la conversación. Pero la muchacha se limitó a encogerse de hombros, como diciendo: cada cual con sus manías. Un hombre corpulento se levantó de la mesa de al lado y se acercó a Stasinka. Mientras él hablaba, ella seguía quieta. Yo sabía que aunque hubiera entendido lo que el hombre le decía también se habría quedado quieta. La dueña se acercó y lanzó a Stasinka una mirada severa con sus ojos ruines. Stasinka se levantó y se alejó moviendo las caderas como si volviera del pozo del asilo, con un pesado cubo en cada mano. El hombre la siguió. Stasinka iba con la cabeza baja, como diciendo: «Lo manda la señora.» Me levanté rápidamente y la seguí con la mirada hasta que desapareció por la puerta baja de su habitación. Me quedé en la salida al corredor. La muchacha que estaba en mi mesa se me acercó y me dijo al oído algo que no entendí. Se apretaba contra mí. La rechacé y me marché de prisa. Esperaba sentir un gran júbilo, ahora que había humillado a Stasinka. Pero, después de verla desaparecer en su habitación del Nuevo Mundo, no había en mí ni asomo de alegría. Cuando bajé la escalera y pasé por delante del negro sonriente, me parecía que había hecho algo sólo a medias y que tenía que volver sobre mis pasos para matar a palos a Stasinka. Aquella alma opaca y abúlica que aceptaba mansamente mi crueldad hacía que yo, con todo mi odio, me sintiera impotente ante Stasinka, la criada. Aquella noche, en el Nuevo Mundo de Beller vi a Stasinka por última vez en mi vida. Al día siguiente conocí a un hombre que me propuso un negocio. El asunto me pareció bueno e invertí mi dinero. Se trataba de una especulación con un yacimiento de petróleo recién descubierto. El trabajo me absorbía de tal manera que no me dejaba tiempo para ir a ver a Stasinka. Al cabo de dos semanas vendí mi parte con un beneficio de doce mil dólares, lo cual fue una suerte, ya que después resultó que el yacimiento no existía. Entonces tuve ocasión de visitar el establecimiento de Beller. Con asombro, descubrí que Stasinka ya no estaba. Pregunté a Beller. Él era un hombre rubio y obeso, de ojos pequeños, con una mejilla gorda y la otra flaca y la nariz torcida. Me dijo que la muchacha había encontrado trabajo en una ciudad pequeña. Que allí encajaba mejor. Me dijo el nombre de un pueblo del Oeste. Ni por un momento dudé en seguir a Stasinka. Pero ya no estaba en aquel pueblo. Seguí su rastro hasta una ciudad vecina y luego otra, pero infructuosamente. Al cabo de cuatro semanas, abandoné la búsqueda y me fui a San Francisco. En San Francisco se me ofreció la oportunidad de invertir en una pequeña fábrica de tubos para chimenea. Así lo hice y ello fue la base de mi actual fortuna. La fábrica prosperaba y año tras año era ampliada de una u otra forma. Pero es que, además, yo realizaba afortunadas especulaciones y me dedicaba tenazmente a socavar la posición de mi socio, el cual tuvo que acabar por venderme su parte por una suma relativamente pequeña. Una vez al año mandaba publicar un anuncio en los periódicos, pidiendo a Stasinka que se pusiera en contacto conmigo. Nunca recibí respuesta. Sin embargo, no perdía la esperanza de volver a verla. Me parecía que ella estaba en deuda conmigo y que yo tenía derecho a exigir al destino que me permitiera saldar la cuenta. Tenía poder y dinero y mandaba en mucha gente. En mi fábrica, miles de hombres, mujeres y niños trabajaban para mí. Era un amo duro e implacable con todos los que estaban en mi poder. Pero Stasinka se había sustraído a él. Mi firme convicción de volver a veda quedó defraudada. Desde luego, volví a saber de ella pero no como yo esperaba. Estaba en mi despacho cuando el conserje me anunció la visita de una mujer que, a pesar de que a aquellas horas yo no recibía, insistía en verme. La mandé pasar. Era una mujer gruesa y desdentada, de unos cuarenta años y aspecto pueblerino, vestida con una ancha blusa azul que le colgaba sobre la falda. Tenía en brazos a un niño de unos dos años. A la pregunta de qué deseaba, me dijo que era comadrona en un pueblo próximo a la costa. Hacía un par de años, una mujer había dado a luz en su casa y había dejado el niño a su cuidado, con la indicación de que, tan pronto como estuviera en condiciones de soportar el viaje a San Francisco, me lo entregara. La mujer había muerto de fiebres puerperales y ella, la comadrona, me traía al niño para cumplir la promesa hecha a la moribunda. -¿La madre murió? -pregunté. No me cabía la menor duda de que el niño era hijo de Stasinka. La mujer asintió. -¡Miente! -grité. La mujer sacó del bolso un certificado de defunción y varios documentos que demostraban que no me engañaba. Una cartilla de trabajo de Stasinka, en la que constaban los fieles servicios prestados en el asilo, el pasaje y un certificado de su actividad en casa de Beller. Era indudable que Stasinka había muerto. Yo era un hombre rico y poderoso, pero Stasinka, por la que yo había deseado el poder, había muerto. Llamé al conserje. -Acompañe a la señora a la Caja. Que le den doscientos dólares. -Miré al niño-. El pequeño se queda aquí. La mujer se marchó. Me acerqué al niño, que estaba tendido encima de la mesa. Él se encogió chillando. Me tenía miedo. Creí reconocer en sus ojos la mirada animal de Stasinka. ¡Lo mato, lo mato!, pensé. Busqué un arma. Mi mano tropezó con unas tijeras para papel. Me acerqué al niño que había dejado de llorar y me miraba fijamente. Me volví de espaldas. Esperé a que regresaran el conserje y la mujer. -¿Puede quedarse un mes? -le pregunté-. Quiero a este niño. Me encargaré de su educación. Le pagaré bien -le dije. Luego, me senté a la mesa y escribí esta carta al alcalde de mi ciudad natal: «Muy señor mío: »La casualidad me ha puesto en las manos el destino de un ser desamparado, con lo que, por así decir, me hace responsable ante Dios del futuro de esta criatura, un niño de dos años. Yo, por estar soltero, debería confiar su crianza a personas extrañas. Por haberme criado yo también bajo la tutela de extraños, puedo imaginar cuál sería el desarrollo de un niño que no gozara de los desvelos que yo, en mi infancia, tuve la dicha de hallar en el asilo de su ciudad. Entonces se pusieron en mí los cimientos que me permitirían hacerme un hombre de provecho y conquistar la posición de prestigio de la que hoy disfruto. La convivencia con venerables ancianos me enseñó a comprender desde muy niño el lado serio de la vida, y el retrato del benefactor que se encuentra en el comedor me ponía delante constantemente a un hombre que, en la riqueza, no se había olvidado de los pobres. »Ahora, inesperadamente, se me brinda la posibilidad de amparar a un niño y, al mismo tiempo, mostrar mi agradecimiento a mi ciudad natal por una niñez dichosa. Hoy mismo le envío la suma de 30.000 (treinta mil) dólares para que se destine a la creación en el asilo de otra plaza gratuita para un niño, cuyo primer beneficiario deberá ser el niño que le llevará la portadora de la presente. por lo demás, para esta donación regirá el reglamento del asilo. Sólo ruego que, en algún lugar de la sala del asilo, se cuelgue también mi retrato. Hoy mismo se lo envío junto con el dinero. Antes de terminar, no obstante, deseo hacer una reflexión. Hoy soy un hombre rico. ¿Lo sería si en el asilo no se me hubiera educado en la austeridad y la laboriosidad? ¿Debo yo ahora educar al niño que la casualidad pone en mis manos, en el lujo y la riqueza o, por el contrario, darle los mismos fundamentos que yo recibí? Apenas conozco a este niño y ya le quiero. Por ello, deseo que disfrute como yo de la dicha de una niñez sencilla en el asilo.» Firmé la carta, la metí en un sobre y la entregué a la mujer. Después le di el dinero para los gastos y la envié a Europa con el niño. Poco a poco, fui haciéndome a la idea de que Stasinka había muerto. Ella me había confiado a su hijo. El niño me permitiría vencer a la muerta. Yo haría que en él se repitiera mi vida. Él debería sufrir mi infancia. Stasinka, después de su muerte, sería destruida en su hijo. Una semana después de la marcha de la comadrona, recibí una carta de mi ciudad natal en la que el alcalde me recordaba que él fue quien, en calidad de administrador del asilo, tuvo que darme las palabras de despedida. Ahora, a su vejez, se congratulaba del triunfo de aquel muchacho del asilo, por más que él nunca dudó, y ahora su convencimiento se veía corroborado una vez más, de que la laboriosidad y la honradez conducen al éxito. Luego me daba efusivas gracias por mi generosa y noble donación. Pasaron varios años durante los que me entregué por entero a mi trabajo en la fábrica. Para mi no contaba nada más. Sólo me interesaba la prosperidad de la empresa. El poder por el poder. Con los trabajadores seguía siendo mezquino. Hubo una huelga que rompí contratando culíes. Desde entonces soy uno de los patronos más odiados de San Francisco. Cumplí los cincuenta años. Estaba orgulloso de mi importancia. Pero también estaba solo. No tenía ni amigo ni mujer. Tenía, sí, dinero y enemigos. Me llevaría muy lejos y se apartaría del tema de este relato describir aquella época de mi vida. Por otra parte, pienso que lo que he contado de mis comienzos basta para dar una clara imagen de mi persona. Muchas veces, al pensar en Stasinka, sentía furor. Entonces me acordaba del niño que crecía en el asilo y me decía que a través del niño la vencía a ella. Así llegué a la edad madura. Entonces recibí una carta. «Mi muy respetado benefactor: »El día en que, con dolor de mi corazón, dejo la casa en que, gracias a su bondad, me cupo la dicha de ser acogido, siento el imperioso deseo de escribirle para darle las gracias. Con su bondad, usted ofreció a un inocente la posibilidad de desarrollar su alma y practicar el bien. »Ahora me marcho del asilo en el que he pasado una infancia segura y, con ayuda de personas bondadosas, me dispongo a cursar estudios de Magisterio en esta ciudad. Porque, al igual que usted, mi respetado bienhechor, siento la necesidad de dar gracias a Dios ayudando a los inocentes, porque también a mí, un niño inocente, me envió a un benefactor, del mismo modo que a usted le indujo a salvarme, para agradecer, a su vez, los favores recibidos en su propia niñez. No dispongo de sus medios para mostrar mi agradecimiento. Y mis modestas pretensiones no se orientan a adquirir riqueza sino a cultivar el bien en el silencio y la humildad. Por ello he decidido ser maestro y sé que usted aprobará esta decisión. »Puedo asegurarle que su retrato no ha podido ver en mi alma nada malo. Siempre he sentido su mirada sobre mí, como protector de mi "casa paterna" animándome a obrar el bien. Con corazón humilde, contento del modesto destino al que me encaminan las circunstancias, hoy dejo los escenarios de mi niñez y a los ancianos a los que tuve la dicha de poder ayudar. »Respetado bienhechor, sé que usted no necesita agradecimiento. Lo que usted hizo por el huérfano que no conoció a sus padres lo hizo también por mi madre. En el niño en que, como me consta, alienta el alma de la madre muerta, ha hecho usted feliz a una desventurada que sin duda pasó muchos sufrimientos y que, por ser mi madre, debióde saber sobrellevarlos con paciencia. Y a usted le cabe la dicha de pensar: ¡ He hecho una buena obra! »No quiero que conozca el apellido que me dio el asilo, para que no se crea en la obligación de ayudarme con dinero. ¡No lo pregunte! ¡Estoy contento con mi suerte y no conozco otra mejor! El niño al que usted hizo el bien.» Una campana estridente me sobresaltó. Automáticamente, me dirigí a las naves de la fábrica. Crucé las salas de máquinas, andando por el estrecho corredor que se extendía entre hileras de ruedas relucientes que giraban sin cesar. La barahúnda del trabajo me parecía rriuy lejana. Al extremo de la última nave, donde se acondicionan para la carga los productos de mi fábrica, me esperaba el director. Me llevó hasta el último modelo recién terminado y empezó a describir sus ventajas, consultando sus papeles y señalando piezas del grande y reluciente aparato. Oía sus palabras sin entenderlas. Di media vuelta y me fui antes de que acabara de hablar. En mi despacho releí la carta del muchacho al que había hecho el bien. Me admiraba no sentir enojo. ¿No quería yo hacerle daño? ¿No quería que sufriera? ¿Y que con él sufriera Stasinka? Pero el muchacho me escribía para decirme: en mí has hecho feliz a mi madre después de muerta. De este modo, el niño se sustraía a mi poder, lo mismo que Stasinka. Vi otra vez a Stasinka frente a mí más claramente que en muchos años. Vi su mirada muda y sumisa: «Lo manda la señora.» Entonces me ocurrió algo que no me había ocurrido antes. De repente, las lágrimas me resbalaron por las mejillas. Estaba llorando. Mi infancia volvía a mí y la veía condensada en una única imagen. Veía el asilo y la pobreza de mi infancia, y veía el odio y el asco a la pobreza que crecían en mí. Me veía a mí mismo, era el fabricante ante el que temblaba una legión de obreros a los que él odiaba porque eran pobres y despreciaba porque no tenían poder. Veía a Stasinka, la odiada, la inocente, la que soportaba mi violencia como si no la sintiera. Vi al niño al que yo odiaba porque estaba en mis manos, porque tenía los ojos mansos de Stasinka, al que yo quería hacer sufrir y rabiar para que toda su pureza de alma, su corazón sumiso y obediente, todo lo que él tenía de Stasinka, su madre, quedara desfigurado en el reflejo y se malograra. Y ahora: unas manos de niño tiraban de las raíces de mi alma y yo lloraba, conmovido por unas frases bondadosas. Quería someter al niño a mi misma suerte, para hacerla... ¿igual a mí, el poderoso? ¿No era yo burlado por mi propio odio al desear que el ser odiado se hiciera como yo? ¿Intuía, sin darme cuenta, que mi vida, tan brillante, era una vida triste y miserable porque el odio la hacía solitaria y porque la amargaban los enemigos, la frialdad y la arrogancia? Entonces comprendí que también mi vida buscaba calor y bondad, porque no creía poder odiar ni matar con más ferocidad que haciendo que el hijo de Stasinka tuviera mi propia vida. Pero el muchacho era humilde y bueno. Y su bondad me atraía. Yo lloraba por el odio que había sembrado para la destrucción y que el destino había transformado. Las lágrimas me limpiaron el alma de odio. Me parecía que en mi interior brillaba un leve resplandor. Vi a Stasinka a la luz del buen amor, muda criatura del Señor. Una cordera, una santa. Yo, empero, era el elemento que había penetrado en una vida cifrada en Dios para destruir la esencia de la humildad, porque el odio es mal consejero. Pero el buen amor no fue destruido, sino que resultó más fuerte que el mal. Me habla por boca del muchacho y algo de mí le contesta. Stasinka fue sacrificada, pero fue feliz después de muerta. La bondad y la humildad son tan grandes que pueden hacer que el corazón del malvado asesino sienta el resplandor de la dicha. Abrí la ventana. Ante mí se extendía San Francisco, la gran urbe repleta de máquinas y abarrotada de gentes, trepidante, furiosa. Y al oeste vi el mar. Pero sobre San Francisco y la codicia y el odio de sus habitantes, y sobre el mar, y sobre miles de ciudades plagadas de lucha y hostilidad, se había tendido un puente desde un muchacho pobre hasta mí. Asomo el cuerpo. Quiero estar más cerca. ¡Dios, quiero estar más cerca! En la calle hay bullicio. Las personas se cruzan sin verse. En algún lugar, pienso, se ha matado a alguien. Se ha vuelto a sacrificar a Stasinka. Pero yo ya no estoy solo. Oh, hasta mí llega el puente, porque alguien me quiere.
Hermann Ungar |
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