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De la servidumbre
Aparece ahora en España su novela Jakob von Gunten, y lo hace por segunda vez. La anterior fue en Barral, años ha. Se trata de un libro fascinante que Alfaguara ha sacado a la calle con una impecable traducción de Juan José del Solar, y que es la justa y esperada prolongación de aquél soberbio Der gehülfe (El ayudante), y que se verá complementado en plazo breve por Geschwister Tanner (Los hermanos Tanner) y esperemos también que por Die Rose. Eso significaría poder disponer del grueso de su breve producción literaria, breve pero intensa, en la que sólo faltarían las poesías y los volúmenes de ensayos críticos Dichtungen in prosa. Pero este Jakob von Gunten basta para acercarnos al particular universo de Walser. En él está el extracto de su prosa y su posicionamiento conceptual frente al mundo que le toca vivir. Ya Dickens en su novela sobre el club de Pickwikc elaboraba una curiosa elipsis final acerca de la pasión inevitable que surge siempre en toda relación entre amo y esclavo. Bien, el caso es que aun teniendo en cuenta que el mundo de Dickens y el de Walser se diferencian exclusivamente en medio siglo, hay un enorme cambio de estructuras entre la sociedad del autor inglés y la que vive y sufre el escritor suizo. Aunque tal vez sea éste el momento idóneo para intentar una aproximación a su entorno: Robert Walser, cuya influencia apuntará directamente a los grandes de la narrativa alemana del siglo veinte (Kafka, Mann, Musil, y Broch entre otros) es un escritor complejo y al mismo tiempo de lectura sencilla. Lo truculento son los temas que toca, no la forma en que los expone, pues la sobriedad de su lenguaje resulta exquisita en estos tiempos de asfixiantes, larvarios, empalagosos experimentos con la prosa. Hay dos grandes nombres de la narrativa suiza que influirían de una forma u otra en Walser. Uno es Meinrad Inglin y el otro, sin duda, es Jakob Scháffner, autor de la monumental novela Johannes Schatenhold. La otra gran influencia vendrá de Albin Zollinger, el creador de un concepto -o escuela- de la que no se libraría Walser: Die Grosse Unruhe (La gran inquietud). Posteriormente los tentáculos de Walser llegarán hasta el mismísimo Max Frisch, Dürrenmatt y otros escritores suizos contemporáneos. Al igual que Thomas Bernhard, que Siegfried Lenz, que Uwe Johnson, e incluso al igual que Jurek Becker, Ernst Barlach, Erik Kastner o Arno Schmidt, cuya preocupación será más por la palabra y por el estallido etimológico que por la idea pura, Robert Walser es, con todos los honores, un escritor para escritores. El Gunten es una excepcional prueba de ello. Jakob von Gunten debió ser un libro que Kafka leería a hurtadillas en sus ratos de oficinista. No cuesta mucho imaginárselo; al fin y al cabo el quehacer de los que viven inmersos en ese absurdo que es la burocracia siempre ha sido el mismo, sin distinción de países o épocas. El libro, la historia mental de Jakob von Gunten, muchacho de buena familia que de repente siente una enfermiza vocación por la servidumbre, es ni más ni menos eso: un pavoroso y a la vez magistral retrato de la servidumbre. Más aún: del esclavo que absolutamente todos llevamos dentro por culpa de una educación de milenios, algo que ha venido a dar en una moral sórdida y ficticia donde las haya: la de nuestra civilización. Algo, para resumir con un ejemplo, que habría puesto los pelos de punta a Pico della Mirandola y los humanistas de cuando el mundo, la vida interior del mundo, (creían ... ) aún tenía esperanza. Walser habla de cosas a veces inmencionables. En ocasiones ni siquiera lo hace de modo directo, basta con aludir a ellas. Para describir a Sacht, uno de sus compañeros en el siniestro Instituto Benjamenta, centro donde se forman los criados, dice: «tiene un rostro blanquísimo y unas manos largas y delgadas, que expresan un sufrimiento espiritual sin nombre...». El protagonista en ningún instante pierde de vista quién es y para qué está en el mundo: «Tal vez quieran estupidizarnos. En cualquier caso pretenden apocarnos ... » Queda claro que la Escuela Benjamenta es nuestra sociedad, y Walser nos ofrece una versión caricaturizada y audaz, algo morbosa pero que invita a la reflexión, punto éste que no consigue la literatura de nuestros tiempos por más que se empeñe en ello. Otra deliciosa muestra de la finura de Walser para decir lo que desea sería este párrafo sobre las mujeres: «De golpe entiendo la entrañable especifidad de las mujeres. Sus coqueterías me divierten y descubro un sentido profundo en sus triviales ademanes y modismos. Si no las entendemos cuando se llevan la taza a los labios o se levantan la falda, no las entenderemos nunca. Sus almas discurren al mismo pasito trotón que sus deliciosos botines de tacón alto, y su sonrisa es dos cosas a la vez: una costumbre insensata y un fragmento de la historia universal. Su arrogancia y escaso entendimiento resultan fascinantes, más fascinantes que las obras de los clásicos. Sus vicios suelen ser lo más virtuoso que existe bajo el sol, ¿y cuando montan en cólera y se enojan? Sólo las mujeres saben enojarse. Aunque, ¡silencio! Pienso en mamá ... » He aquí lo bello, la magia de Robert Walser: su capacidad para desdramatizar el horror, para juguetear con la locura desde la lucidez. Así, como si fuera un osito de peluche, nuestro osito de peluche.
© Javier García Sánchez, 1984 |
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